Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

OTRO ADIÓS

Llegó el día. El escritor atildado y el amante cortés se hartaron de sus respectivas virtudes. Que "muy bien" de aquí, que "muy bien" de allá, pero ni un libro ni una mujer. Acordaron un encuentro fuera de toda agenda, algo desacostumbrado para ambos, pero que ya empezaba a mostrar los primeros signos de cambio.
La reunión se llevó a cabo en el horario de la siesta, otro punto que ciertamente rompía con lo habitual, puesto que cada vez que se juntaban, lo hacían de noche. No eligieron la cama de todos los días ni el templo de siempre. El escritor propuso un bar y el amante un parque, justo cuando al mismo tiempo se miraron y reaccionaron: también había que terminar con esos lugares comunes.
Escuchar música no les pareció apropiado, sobre todo porque -según apuntó el primero- en esas circunstancias "ponés canciones tristes para sentirte mejor"; y todo el mundo sabe -acotó el segundo- que "la música es aire cuando te vas".
La brújula giraba sin hallar el norte. Cada uno descartó la biblioteca y el cine, porque en esos sitios no se podía hablar. Tras darle vueltas al asunto y entender que no era imprescindible determinarlo, acordaron ir a un sitio cualquiera, a la nada misma, tratando de dilucidar si les convenía "apagar la mente y encender el corazón", o viceversa.
Mientras tanto, y sin habérselas confesado mutuamente, uno buscó una palabra que no quería volver a usar en sus cuentos y el otro una que no quería volver a pronunciar. Una moneda voló en el aire para asignar el primer turno y comenzar a exponer sus hartazgos. Es que, en cierto modo, algunas mañas todavía no las habían dejado.
Salió cara: "adiós". Se miraron fijamente y entonces supieron que lo mismo hubiera dado si salía ceca. Con un dejo de asombro por la coincidencia, el escritor y el amante cayeron en la cuenta de que los motivaba otro adiós, por lo que poco importó quién empezaba el coloquio. Hablaron largo y tendido acerca de todas las cosas que durante años los había definido. Y fueron diciéndoselas, como cada vez que esos alter ego se enfrentaban en una secuencia de “dime y te digo”.
Uno expresaba su característica, el otro retrucaba con la suya. Un vocabulario prolijo, un sentimiento sano. Poesías con rima, besos sentidos. Oraciones bien construidas, abrazos sinceros. Una pizca de ironía en algunos textos, un toque de audacia en algunas ocasiones. Relatos cotidianos, relaciones cotidianas. Historias con catarsis, catarsis con historias. Corrección, prudencia. Reelaboración por errores, reiteración de errores... Y así siguieron por un rato analizando sus clásicas formas, hasta que se hartaron una vez más.
Es que de eso se trataba, de enumerar todo lo que ya no querían ser. Y deliraron. El amante se lanzó a referir desbocadamente cuánto le gustaba lo que veía de aquella mujer y apuntó "sus ojos, su intensidad, que venga por un trago más, tocarla sin intención, su historia de resurrección, la curva de su nariz, escucharla, ser su aprendiz”.
Pero el escritor le señaló que se cuidara porque tal vez "colmaba la necesidad, pero hay vacíos que no se pueden llenar...” y si bien le agregó que "su esencia es más visible” su interlocutor no dejaba de repetir que "podía sentir una energía tan intensa” entre ella y él, que lo hacía correr riesgos impredecibles, pero que aceptaba.
El escritor se hartó de sus relatos conmovedores y mandó todo al carajo. Empezó a escribir en un papel sucio con el último pedacito de lápiz que encontró en un bolsillo "se va todo a la mierda". Y así como el asesino que se descubre como tal una vez que liquidó a su primera víctima y ya no le importan las que vengan detrás, descargó una catarata de insultos que lo tenían a él mismo como destinatario.
Se prometió que los árboles morirían de pie o de cualquier otro modo y estableció que estaría permitido suicidarse en primavera. Se dijo que borraría todas las rayuelas que encontrara en su camino, y que siempre habría penas y olvidos. Convalidó que la felicidad sólo es de los locos, que las princesas no existen más que en los cuentos y que las especies de duendes y hadas son ficticias. Casi envalentonado por el eco de sus pensamientos, tomó aire y continuó escribiendo. Descartó de plano que lo esencial sea invisible a los ojos y tiró por la ventana su colección completa de discos melancólicos. No quiso saber nada más de romances, de Romeos y Julietas, de historias de amor que se complican pero que al final terminan bien, ni escribir sobre lo que provocaba en su ser un perfume, una rosa, una mirada. Y sintió dolor. Se quedó "flotando entre rechazos” aunque supuso que "de ese dolor vendrá un nuevo amanecer”, al que de todos modos le dio pocas posibilidades, porque ya estaba harto de creer lo que nunca se concretaba.
Inmerso también en su hartazgo, el amante abandonó sus sueños de ser "barman para su sedienta deseada, y puso la tristeza en su vaso, recordando bebidas, canciones, y viejos placeres”. Supo de una vez que a él no le correspondía el "vos para mí y yo para vos” pregonado por otros amantes. Entendió cabalmente que no podía "herir de amor el cuerpo” que pretendía, aunque tuviese tan claro "que no habría nada mejor. Lo carcomía la idea de suponer que ya nadie se detenía algún instante a pensar en él con el mismo agitado latir de su corazón, y se enojó consigo por haberlo considerado posible una vez más. Harto de sus desengaños miró al escritor que lo esperaba apoyado en el aire, y se fundieron en un mismo llanto.
Fue como una tormenta de antiguos y renovados hartazgos que salieron por donde ya fue inevitable que salieran. Las lágrimas rompieron el cerco del pecho, subieron a los ojos y se precipitaron a mares, a sabiendas de que ese final era el más probable.
El escritor en lo suyo y el amante en lo propio, ya sabían de qué se trataba. No era la primera vez que quedaban en bancarrota. Ambos tenían la perra manía de jugarse enteros, nunca apostaron una línea, un color, una chance. Siempre un pleno. Todas las fichas en un solo lugar y a esperar que la maldita bola se detuviese en el maldito número elegido. Así perdieron fortunas. Si bien eso los distinguía, no los hacía ganadores y lo tenían claro, pero no podían evitar ante cada nuevo fracaso sentirse desolados. ¿Por qué nunca caía en el lugar elegido esa esfera blanca después de dar incontables vueltas a la ruleta de la vida...?
Hasta ahora no lo saben. Por el contrario, en medio de esa sinfonía de lecciones con autocorrección, intuyeron que lo que necesitaban era una luz, esa luz que transformara la oscuridad en la que se habían sumergido, en un nuevo día. Y entre las palabras de otro adiós, emergiendo en la fusión de escritor y amante, se dejó ver un sol tenue que se las ingenió para hacer aparecer el arcoíris. Pero ninguno de los dos -a pesar del reclamo- tuvo fuerza para creer que fuera cierto, y hartos de sus pesadillas, se fueron sin mirar cómo, desde allí arriba, “en la curva de los siete colores, los sueños se hacían realidad”.


En el texto se utilizaron fragmentos de las siguientes canciones:

- "Adiós". Gustavo Cerati.
- "Me gusta". Ciro y los persas.
- "Apágalo". Miss Bolivia.

- "Somewhere over the rainbow". Yip Harburg.

BREVE ENSAYO SOBRE LA EXTRAÑA SENSACIÓN DE EXTRAÑAR

Síntoma y signo. Lo que se siente y lo que se ve, lo que se palpita y lo que se transmite, parecieran no poder separarse. Uno es consecuencia del otro, aunque no siempre quede claro cuál ha sido el primero, y -en no pocos casos- podríamos acordar que se generan mutua y simultáneamente.
Las relaciones humanas saben de este sube y baja de plaza que -aun con movimientos de vaivén, de estar arriba y estar abajo- torna lo cotidiano en poderosas sensaciones. Y así como se ama, se odia, alguien se enfada y se arrepiente, se alegra y se entristece, quiere y reniega, lucha y se desanima. En un momento se siente cercano a Dios, en otro cree haber quedado atrapado en el tridente de Lucifer.
En las cuestiones más profundas del corazón como amar, respetar, acompañar, escuchar o perdonar, ese ir y venir de síntoma y signo es fuerte, es contundente, no pasa inadvertido, deja huellas.
Acostumbrados como estamos los occidentales a poseer antes que fluir, cuando una persona nos llega al cuerpo y al alma queremos que se quede allí para siempre. Desconociendo que cada uno de nosotros también fluye y es libre, nos empecinamos en sostener y aferrar. Como consecuencia sobreviene el dolor, y más tarde al resistirnos, el sufrimiento.
Una primera aproximación, quizá antojadiza, a lo que significa esa extraña sensación de extrañar -un lugar, una situación, un ser querido- nos permite suponer que si algo se "ex-traña" es porque se quedó "fuera" de nuestro dominio, ya no está en las "en-trañas".
Los orientales suelen hablar de amor "entrañable" porque es ahí donde lo hacen residir, en lo más profundo. Nosotros, por lo general, ponemos ese sentimiento en el corazón, mucho más palpable, más cercano. Para saber del amor entrañable ellos afirman que debemos ir a nuestro interior y ejercitarnos con mucha atención para detectarlo. Lo contrario sucede en nuestra cultura: bastará con ponernos una mano en el pecho para saber a qué velocidad estamos latiendo.
Curiosamente -o no tanto para el observador avezado- la sensación de extrañar se presenta en distintas circunstancias, con el mismo poder de desasosiego.
Si un familiar se marchara de nuestro lado por un período largo o indeterminado, sentiríamos que lo extrañamos inclusive antes de que se vaya, aunque ya sabemos que partirá y tratemos de detener el tiempo para que eso no suceda. Es entonces que se queda fuera de nosotros, de nuestro mundo, de nuestro alcance. Algo similar experimentamos ante la muerte, frente a lo irremediable, ante lo que no podemos controlar. Empezamos a extrañarlo en la convalecencia o en sus últimas horas de vida. Y también después, cuando la noticia se confirma y ya no está entre nosotros, con nosotros.
Otra vez gana el quedarse afuera, y extrañamos. Cuando se terminan los días de vacaciones y debemos regresar. Cuando un querido compañero de trabajo cambia de oficina o se va. Cuando vemos crecer a los chicos de la familia y añoramos la época en que daban los primeros pasos. Cuando caemos en la cuenta de que se nos han pasado tanto los años y quisiéramos recuperar viejas sonrisas o animar fotos amarillentas. Siempre extrañamos aquello que ya no es, o creemos que no será. Se nos queda afuera, porque queremos tenerlo de la misma forma que antes, aunque finalmente comprobemos que es imposible.
Lo mismo ocurre cuando queremos a alguien, y por algún motivo -temporal o definitivamente- queda afuera de nuestra órbita. Nos sentimos “desorbitados", justamente porque ya no sabemos cómo o no podemos girar en derredor de eso que llamamos amor, y mucho menos hacer que ese sentimiento gire en derredor de nosotros, como quisiéramos que sucediese por los siglos de los siglos. Y amén.
La condición de la libertad y del desapego nos impone reglas que no estamos dispuestos a seguir porque nos deja como a niños sin caramelos, entristecidos, vacíos. No están con nosotros, no nos habitan. Están afuera, y cuanto más queremos conservarlas, más se escapan. Nos resistimos de diversas maneras al dolor que nos provoca extrañar. Nos aturdimos con música, nos sobrecargamos de tareas, procuramos distracciones, rogamos que aparten ese cáliz de nuestro lado, multiplicamos las búsquedas para sentirnos acompañados, y todo parece inútil.
Recurrentemente volvemos al punto de partida y extrañamos. En ese rechazo del dolor es que empezamos a sufrir y se mezclan aún más las sensaciones. No soportamos un instante sin la compañía de ese ser que abrazamos físicamente, pero al que todavía no aprendimos a abrazar con el alma. Deseamos volver a tener su rostro al alcance de la mano para acariciarlo. Deseamos volver a besarlo una y otra vez. Deseamos hablarle y escucharlo. Deseamos seguir compartiendo la almohada en noches eternas. Lo deseamos.
Pero todo parece decirnos que ahora no, que más tarde tampoco, que mañana es improbable y más adelante, imposible. Dudamos si salió para no volver, si en cambio lo hizo para que supiéramos de su existencia, o si en realidad todavía no entró y eso es lo que queremos. Como sea, sigue estando afuera, "se ex-traña".
Afirman los gurúes de esta era, que es mejor soltar y fluir antes que pretender asir y mantener, pero en estado de emoción pura es difícil razonarlo. Sin embargo, sabemos que no hay otro camino a casa que volver a las en-trañas y dejar que se manifieste el amor, que no es tener sino dar, que no es pretender sino ofrecer, que no es exigir sino generar, que es placer pero también compañía desinteresada, que es "quedarse adentro" sin obligación, por decisión propia.

Ese es el espacio que quizá debiéramos guardar y cuidar en nuestro interior, para que el forastero no se sienta desdichado, y para que el amado se sienta a reparo. Pero también para que nosotros mismos podamos encontrar refugio en ese lugar de paz.

LA TABLA

Cada vez que veo un bollito de papel me conmuevo. Sé que suena exagerado dicho de este modo. ¿Qué puede ser tan importante, más allá de que esté en el suelo o en un cesto? Quizás se deba a lo que alguna vez experimenté al ver a un hombre que, sin registro de lo que hacía su mano, ponía en esa esquela apretujada toda su desazón. Me quedó grabado, porque al ver esa acción apuré el paso para hablarle. Necesitaba conocer el motivo.
Es esa sensación la que regresa cada tanto...

No sabía cómo hacer para que no se incomodara al abordarlo. Fui pensando la manera mientras apuraba la cuadra y media que nos separaba. Ese tiempo me sirvió para observar su modo de caminar, como perdido en el espacio, el movimiento lateral que de vez en vez hacía con su cabeza como si no entendiera lo que le pasaba o lo negara, y lo aprisionado que llevaba contra su pecho un cuaderno gastado y anillado de espiral.
Máxima fue la sorpresa cuando al igualar su posición y a punto de lanzar la pregunta que había pensado, lo vi lagrimear. Cambié sobre la marcha el plan que tenía en mente y quise saber la razón de esa tristeza.
Estábamos por llegar al cruce de Avenida Rivadavia y Montevideo. Venía siguiéndolo desde la Plaza del Congreso, donde me había bajado de un colectivo y lo vi queriendo tirar el papel en un tachito de Callao, que le rebotó y cayó al piso. Crucé Rodríguez Peña a unos 30 metros de él y antes de llegar a la esquina logré hablarle.
El hombre, de contextura menor, pelo revuelto, que no llegaría a los cincuenta, me dijo que lloraba, como todo el mundo, por una mezcla de motivos. Y me los contó todos juntos, como si no pudiese determinar cuáles eran significativos y cuáles no, hasta que se dio cuenta de que hablaba con un extraño y se detuvo. Me clavó los ojos irritados y no tuvo que decirme nada más. Me disculpé con él, me presenté y le confesé por qué lo había seguido. En ese momento le mostré el bollito de papel que había recogido y traía en mi mano.
Bajó la cabeza apenas y aflojó un poco sus hombros. Lo invité a tomar un café, pero no aceptó. Eligió cruzar hacia el sendero que está enfrente de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, y nos sentamos en uno de los tantos bancos a los que se arriman las palomas por comida. Todo sin pronunciar palabra. Cruzamos nuestras miradas un par de veces hasta que después de un largo suspiro que acaso le haya servido como impulso, el hombre me habló de nuevo.
Estaba afligido porque no encontraba correspondencia en la mujer con la que estaba. Su vestimenta revelaba una persona de modos clásicos y colores tenues, prolijo, y por las primeras hojas que me mostró de su cuaderno, algo obsesivo en su trabajo. Todo estaba minuciosamente anotado, casi sin errores o enmiendas. Los números redondos, legibles y ordenados, y anotaciones que señalaban con precisión la procedencia de las sumas y las restas, se agregaban a varios dibujos geométricos favorecidos por el cuadriculado del papel.

Me pareció muy breve la descripción que me daba de su pesar, sobre todo después de la catarata de sentimientos que había expresado unos minutos atrás. Le hice un gesto para que me permitiese ahondar esa respuesta mientras sostenía aquella hoja arrugada. Un "sí" no muy convencido me habilitó para abrirla. Tenía impresa en color negro una tabla de datos de esas que se arman en la computadora. Era como una planilla de cálculos, pero llamativamente despareja a la mitad, como si la hubiera hecho en distintos momentos y unido después. A dos columnas había desplegado una serie de frases debajo de los títulos "sé" y "supongo". Como le pedí conservarla y no tuvo reparos en dármela es que puedo reproducirla con la misma salvedad que me hizo: "léala de una en una, alternando, "sé que..." tal cosa, y después "supongo..." tal otra, así tiene sentido".


Después de leer la tabla y de volver varias veces sobre la lectura en algunos ítems, le pedí más datos. Había cosas que no lograba entender.
 Subió una mano hasta la frente y la frotó un par de veces como quien busca orden en medio del caos. Me confió que con esa mujer tenía expectativas de lejano cumplimiento, pero cada vez que su amada le dejaba señales en el camino, le resultaba imposible descifrarlas.
Sospeché que él mismo no quería hacerlo y que se aferraba a sus dudas para no caer en sus certezas. De todos modos, qué podía inferir yo sobre alguien a quien acababa de conocer...
Y mientras pensaba si de algún modo podía contenerlo o darle una voz de aliento, él daba vuelta las páginas, hasta que se detuvo en una donde tenía entrecomillado "y aunque alguien me acompañe, en silencio pensaré sólo en ti". Parecía acariciar las letras. Las recorrió con la punta de sus dedos en un ida y vuelta tembloroso, acaso buscando una explicación.
Sin embargo, no supe qué preguntarle o qué decirle, y lo dejé con su pensamiento mientras él seguía hojeando. Hasta que de nuevo se frenó, o lo frenaron otras oraciones textuales que desde mi ángulo de vista alcancé a leer: "Y me envenenan los besos que voy dando, y sin embargo cuando duermo sin ti, contigo sueño...".
Por fin me animé y puse mi mano sobre su hombro, conmovido por verlo en medio de tanta confusión. Pero no hice a tiempo para abrir la boca, y ni bien concluí mi gesto, empezó a hablar... "¿Para quién es...?" me desafió como si yo pudiese saberlo, mientras me mostraba la frase. "¿Es para mí o para otro? ¿sueña conmigo o sólo se envenena con mis besos?"
 Así, una detrás de otra, salían de su boca las dudas que venía arrastrando y no me daba espacio siquiera para pensar una respuesta... "¿soy el que la acompaña mientras piensa en alguien, o soy en quien piensa más allá de otras compañías?". Resultaba evidente, aun para un desprevenido, que lo sobrevolaba el temor a un pasado de confirmaciones dolorosas, más allá de que ahora nada lo justificara.
Las hojas del cuaderno iban y venían hasta que un nuevo fragmento de una canción, de un libro, o de lo que fuera, lo hacía detenerse. "Bastará sólo con verte" estaba encuadrada. "De nuevo tú te cuelas en mis huesos" escrita en diagonal sobresalía por su letra más grande que la anterior. "Si te dibujo sin rostro es porque amo tu interior" me mostró como si se tratara de su más profundo sentimiento. Y una más extensa, dentro de las primeras páginas, recordaba: "Si te hace falta quien te trate con amor, si no tenés a quien brindar tu corazón, si todo vuelve cuando más lo precisás, nos veremos otra vez".
Un rayo de sol rebotó en sus gafas y me encandiló por un instante. Al pretender evitarlo me aparté de la escena y quizá esa eventualidad me sirvió para advertir de algún modo, que aquel hombre enamorado seguía reproduciendo sus esquemas de saber y suponer, de estructurar y proyectar, de amar y sucumbir. Le pedí que se tranquilizara, que dejara correr el agua entre sus dedos sin procurar retenerla, y compartí con él lo que a mí me costó tanto conocer y aprender: lo difícil que es "soltar y dejar partir", "que fluya", como se empeñan en repetirme algunos amigos que me quieren bien.
Después de que le comentara esto, me miró de costado, hizo una mueca parecida a una sonrisa, y levantándose seguro -como nunca antes se había mostrado- me dijo: "entonces jamás lo olvides".

No me dio tiempo a tenderle la mano. Me quedé observándolo durante los pocos segundos que tardó hasta doblar en la esquina. Mientras, el eco de sus últimas palabras retumbaba en mis oídos y se instalaba entre mis papeles.

LA DURMIENTE BELLA

Sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones. El cansancio del trabajo cotidiano te vence cada noche una vez que las tensiones ceden, los latidos se aquietan, el cuerpo se aletarga y la mente empieza a viajar. Por momentos parecieras resistirte buscando alguna acción que te desvele, pero al fin tus ojos se rinden y sólo se mueven detrás de los párpados cerrados.
En ese instante sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones. Tal vez no sea eterno este inmenso amor que te tengo, pero aun sin estar a tu lado y con todo el atrevimiento que me es posible, te veo, te miro, te observo. Me detengo intencionalmente en cada centímetro de tu anatomía, para descubrirte otra vez. Creo acariciar tu pelo, imagino cómo sería besar suavemente tu mejilla para después buscar la comisura de tus labios. Hago el máximo esfuerzo para dormir yo también, sin conseguirlo. Sensaciones indescriptibles hacen que me vuelva hacia vos y busque reducir nuestra distancia etérea, pidiéndote que le preguntes a las estrellas qué sería de mí sin ellas. Recorro tu habitación sin hacer ruido, mientras una brisa fresca atraviesa lentamente la ventana entreabierta.
Sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones, por eso no quiero despertarte, para que las mantengas vivas y al amanecer vayas a su encuentro para concretarlas. Dejo que mis oídos perciban tu respiración y pretendo infantilmente igualar la tuya con la mía. Quizás -inclusive- intente moverme exactamente como tú para que nada te altere, aunque no puedo ni quiero dejar de pensar en todo lo que oculta la sábana apenas arrugada sobre tu espalda. Pero una vez más me resigno y no la retiro un ápice. Me basta con percibir la fragancia de tu piel, tu perfume de mujer, para convencerme de que sólo Dios sabe nuestros destinos.
Sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones, pero debo confesarte que si no logro conciliar el descanso es porque ser invisible para ti en cada anochecer, me instala en un limbo sutil. Allí sólo sé la mitad de las cosas, y la otra mitad sólo se me permite desearla, esperarla, en un mar de incertidumbres que -con todo- es mi mejor motivo para superar el trance solitario. He decidido que si alguna vez te fueras, aún habría primavera, y que cuando todo duerma, te regalaré un color y no dejaré que se destiña, pero no me corresponde decidir que tomes el regalo, sabiendo que tampoco yo podría asegurarte estar allí, sentado cual Penélope, si algún día decidieras aceptarlo.
Sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones, y sin que acaso lo apruebes, levantaría mi espada para defenderlas, impulsado por una gratitud que se dispone a ir más allá de lo que sienten el alma y el cuerpo, para comprender que sin ti la vida continuaría, pero ya sin poesía. Además, te mentiría si no te dijera que cuando puedo dormir mis sueños también abrigan ilusiones. A veces de iluso, otras de ilusionista, y unas cuantas más de ilusorio. Sigo allí, cerca de la cama, egoístamente, porque sé que el mundo no muestra nada a unos ojos sin mirada, y mirarte me ilumina. Porque si no lo hago me ensombrezco; porque cuando me miras me enciendes y si no, me opaco; porque tu luz me muestra caminos nuevos, y sin esos faros, la oscuridad me gana la batalla.
Soy testigo de sonidos reiterados en idénticos lapsos que sacuden tu madrugar, y por más que intento no logro acallarlos. Todo te llama incesantemente a otro despertar. Cuento las vueltas que das y juego a ver si acierto las veces que postergas el levantarte. Husmeo por curiosidad cuánto demoras en desperezarte y llegar a la ducha, y cuánto ha de costarte luego abandonar el chorro de agua caliente. Pero eso ya no cuenta.
Aún sin estar a tu lado sé que ya no duermes, pero tengo la certeza de que tus ilusiones viven. Me lo confirman tus ojos, pequeños y enrojecidos, tu soltura frente al espejo y la forma en que te vistes, tus pasos apurados pero decididos, y hasta el menudo malhumor tempranero por tener que volver a lo que menos te gusta, la rutina.
La noche quedó atrás, y sin embargo -de repente- se puso adelante de nuevo, para esperar, paciente, que vuelvas tras un largo día a buscar refugio en sus horas -lejos de mi abrazo- de modo que una vez más pueda colarme indecentemente en tu atmósfera, hasta que por fin me hagas partícipe de tus sueños y de tus ilusiones. Porque ahora… ahora sé que duermes.



Nota: referencias musicales.

-          "Solo Dios sabe" adaptación de Charly García y Pedro Aznar para Tango 4
sobre el tema de Beach Boys "Only God knows".


- Y mínimamente “Muchacha (ojos de papel)” de Luis Alberto Spinetta.

SENTIDOS


Quiero beber de tu boca
El vino tinto de tus labios
Quiero saborear en tu cuerpo
Cada centímetro de encanto

Quiero mirar tus ojos profundos
Y guardarlos para siempre en mi alma
Quiero impregnarme de tu perfume
Y abrazarte cada mañana

Quiero acariciar tu pelo en silencio
Y tomarte firmemente de la mano
Quiero escuchar franca tu risa
Y saber que sos feliz a mi lado

Quiero sentir vibrantes tus latidos
Al mismo galope que van los míos
Quiero mover todas las montañas
Para que jamás nos gane el hastío

Quiero quererte aunque no quieras
Que quieras quererme ansío
Quiero que sepas que aun si te marchas
Tu existencia me ha bendecido

VUELTA DE PAGINA


Me siento extraño en mi habitualidad
Los versos no riman, el tiempo es nada
Mi lógica se convirtió en un sinsentido agitado
Vulnerable me rindo ante mis impulsos
Quiero salir a buscarte en el desierto
Y encontrarte sedienta de amor
Ya no mido, ya no espero, solo me expongo
Que alguien me explique esta insensatez

Me siento extraño en mi habitualidad
Lo que hacía no lo haré, lo que haré no lo sé
Miro, siento, callo, no es mio... se fue
Los nidos a la intemperie son inseguros
lo sabe cualquier gorrión que bate sus alas
aunque vuele hacia otro destino
su gorgojeo nunca fue posesión, estuve enmudecido
El silencio es ruido de nada en la casa vacía

Me siento extraño en mi habitualidad
Voces de Babel aconsejan desde su dudosa sabiduría
Hoy no soy el mismo de ayer, mañana seré distinto al de hoy
Pasos pequeños de un calzado más grande que el usual
Construyen un camino desconocido, esencial, nuevo
Hasta los sustantivos son otros, y los adjetivos también
Y de tan desacostumbrados parecen sucios
Sin embargo funcionan, conectan, despiertan, acercan

Me siento extraño en mi habitualidad
Pero no me extraño, ni a mis signos de puntuación
No quiero volver a verme o escucharme
Seré nuevo sin ser joven, aventurero sin ser temerario
Ni escriba ni fariseo, solo discípulo, aprendiz
Hay acuerdos mas no compromisos
Vivo etapas, lapsos, momentos, instantes
Todo efímero, nada para siempre, por la eternidad

Me siento extraño en mi habitualidad
Aprendo de repente, a la fuerza, para cambiar
Decisiones, novedades, sensaciones, expectativas
Son desconocidos los que eran íntimos
Son amigos los que parecían no existir
Basta de dar, dar y dar, cuando no hay par
Final para arrastrar, inicio para volar
Y vos, no importa si hoy o mañana, acompañame a amar.

EL CONFORMISTA

"Será nomás que así tenía que ser". Esa era su frase de cabecera, y por muchos años la creyó indispensable en su vida y la sostuvo en práctica permanente. Un tipo de esos que hoy escasean a la vista, pero de los que -seguro- habrá unos cuantos, porque justamente, en sus esencias está el pasar inadvertidos.
El vasco Rotsen había llegado a Buenos Aires procedente de su lejano origen, poco más de 40 años atrás, cuando las costumbres porteñas eran bien distintas a las de hoy. Creció entre veredas de barrio nada semejantes a las niveladas de la actualidad, y fue al colegio con guardapolvo blanco hasta el secundario, algo ni de lejos parecido a los jeans y chombas de los uniformes escolares actuales.
Y pasó de adolescente a joven con enseñanzas no tan flexibles como es habitual que suceda en estos días. Desde el principio se hizo a la idea de que las cosas que le pasaban tenían un designio del que poco podía apartarse, y que los asuntos que más le interesaban terminaban siempre igual, con una palmadita del destino en la espalda y la reconfortante salvedad de haber cumplido su misión con los demás.
"Tenía que conocerte a vos para saber..." tal o cual cosa. "Vos fuiste importante para que supiera..." esto o lo otro. Rotsen estaba indefectiblemente en el medio de algo bueno y trascendente, pero para otros. A él no le tocaban esas. No estaba escrito que él fuera el beneficiario, y desempeñaba su papel a las mil maravillas. Tanto que empezó a pensar que esa y no otra era su misión como hombre. Se convenció y se conformó.
Durante largos años recogió cada tanto los frutos de su quehacer. Como amigo, aconsejando y acompañando. Como hijo, siendo sumiso y obediente, responsable y estudioso. Como alumno, ejemplar y querido. Como deportista, aplaudido por su caballerosidad. Como novio, dulce y fiel. Como esposo, atento, esforzado, amando siempre. Como padre, protector, cariñoso y comprensivo. Como trabajador, cumplidor y buen compañero. Y un largo etcétera en las diversas actividades que emprendiera.
Claro que su sello y su victoria estaban asegurados de ese modo, y la valoración que de él hacían, convalidaba cada vez más ese accionar. Así, por mucho tiempo, se conformó con ser bueno, honesto, cariñoso, entregado a corazón abierto, laburador. Pero a la noche, cuando se iba a dormir, su conformismo le daba la espalda, y del otro lado de la almohada surgían las preguntas más punzantes, camufladas entre las porciones de gomaespuma. "¿Cuándo una para vos?... "¿Y darte un gusto?"...  "¿Por qué no probás con decir `no´?"... "¿Y si pedís algo para conformarte vos?"... "¿Qué tal si sos vos el que pone a alguien en el freezer?"
La sola idea de dar vuelta su propia historia le quitaba el sueño, y masticaba broncas, evaluando las causas de su enquistada desazón. Sin embargo, a la mañana siguiente volvía a la carga y con su viejo karma a cuestas emprendía el rumbo de su habitual huída.
Los años y las continuas derrotas que seguía observando "conformistamente" lo atravesaron como balazos. Un cuerpo y una mente acribillados por las conformidades ajenas, un día explotaron, quebraron mal, dirían los jóvenes. Y aprovechando la última hendija que vio abierta, se filtró hacia una vida nueva, dolorosa en el cambio, inquietante en el porvenir, y sobre todo, inconformista.
Se dijo que ya no soportaría ser el medio. Ahora quería ser el fin. Ya no diría que "sí" siempre. Ya no más exposición a cualquier costo. Ya no más creer en todo y en todos. Se endureció y borró de un plumazo las consabidas historias de amor que se terminaban inevitablemente con un "sos bueno" de acá "sos bueno" de allá, "pero así no va"
Se enfureció con el destino al que le había permitido todo y ya no le creyó. Y a punto estuvo de tomar el control. Lo tuvo en sus manos, lo miró, y lo dejó ir. Supo en ese instante que su felicidad tampoco estaba en el otro extremo, y sin conformarse se marchó a buscar el dominio de sí mismo para luego enfrentar las situaciones, a cambiar su actitud para que -luego- todo cambiara.

Cuentan que de tanto en tanto preguntan por él algunos de sus (ex) conformados, pero ya no logran dar con su ubicación tan fácilmente. Inclusive hay quienes sospechan que logró esa metamorfosis y que, de tan intensa, parece haberle dado otro aspecto, por lo que ya no consiguen distinguirlo aunque pase frente a ellos. 

EL SUPLENTE

Partido de ida y vuelta. Con las pulsaciones a mil en medio de las estridencias de un técnico que no paraba de dar indicaciones. Hasta que el silencio se apoderó de todo el lugar al escuchar el ruido a roto, quebrado.


Se habían conocido en el mismo club cuando uno ya era titular y el otro intentaba demostrar que podía ser importante para el equipo. El primero estaba instalado entre sus compañeros por su trabajo dentro de las canchas, por su permanente predisposición a ser jugador y aguatero, ajeno a las valoraciones superlativas que de él hacían. El segundo cargaba un recorrido por distintos lugares donde no lo habían tenido en cuenta. Con el tiempo fue incorporándose al grupo donde sus compañeros subrayaban sus virtudes y disimulaban sus debilidades.
Llamativamente, quien más procuraba subirle la autoestima al nuevo jugador era aquel a quien él veía como su competencia. Pero tanto fue el cántaro a la fuente que al final terminó por creerle sus buenas intenciones y se hicieron amigos. Compartieron muchos años de carrera de ese modo, sin que faltaran las rispideces propias de una convivencia que, en el fondo, aquel novato nunca dejó de considerar competitiva.
Algunos logros de aquel y el segundo lugar en el que decidió instalarse éste hicieron crecer, seguramente sin querer, un resentimiento que de a poco fue haciéndose carne. Así supuso que una forma de ser valorado era ser titular indiscutido en el lugar de quien lo había impulsado a ser cada entrenamiento, cada partido, un jugador mejor.
Y en ese fútbol reducido de los viernes con miras al partido del fin de semana, no tuvo mejor idea que ir a buscar las piernas de ese rival que solo existía en su mente. Ese jugador de un ida y vuelta permanente, como le gusta tener a miles de técnicos, sabía que su compañero de equipo tenía resquemores hacia él y que la relación que mantenían ya no era la misma. Pero jamás sospechó ese segundo crucial. La pelota cayó en su dominio y empezó a subir por el lateral derecho. Su oponente fue acortándole camino hasta llevarlo contra la línea de cal. Uno fue liviano, sin armar el cuerpo para una jugada fuerte. El otro sin piedad, y levantó su botín a la altura de la tibia y el peroné.

…el silencio se apoderó de todo el lugar al escuchar el ruido a roto, quebrado.

Increíblemente no hubo grito ni exclamación de dolor por el duro cruce, pero la humanidad del lesionado quedó a la vista de todos. La pierna se había partido en dos. Al acercarse para auxiliarlo vieron que lo único que hacía aquel futbolista era tocarse el pecho a la altura del corazón. Lo atendieron los médicos y lo llevaron al hospital, donde días después fue sometido a una cirugía reparadora de ambos huesos.
El suplente adujo mala fortuna y admitió a regañadientes que fue demasiado duro el cruce, pero para sí se decía que bien merecido estaba por todos los sinsabores que el otro le había provocado.
Y fue titular. Logró ese puesto de preponderancia que tanto había anhelado y fue aplaudido por muchos de los tribuneros de ocasión que no conocían el motivo de su ascenso. Se sintió importante, valorado. Gozó de hacer lo que quería y como quería dentro de la cancha. Y no cedió a los numerosos pedidos que sus compañeros le hacían para que se acercara al lesionado y le pidiera disculpas. Claro, pensaba que eso hubiera significado reconocer la intención de dañarlo.
Se instaló en esa situación y le gustó. Empezó a codearse con las mieles del éxito, jamás extrañó a su compañero como el equipo sí decía extrañarlo. Se olvidó de las veces que lo habían aconsejado, acompañado, ayudado. Y ni siquiera se dio una vuelta por la cama 1002 en la que yacía -enyesado y dolorido- su ex impulsor.
El otro recibió a diario la visita de los integrantes del equipo, e inclusive supo de la solidaridad que le expresaron algunos que sólo conocía de lejos, de otros equipos. Su recuperación fue penosa. Los especialistas no dejaban de sorprenderse por la lentitud con la que se le soldaban los huesos al fracturado futbolista. El cayo no se formaba. Un día parecía que sí, que ya estaba. Y al siguiente, se soltaba otra vez.
Alarmado por la situación casi inédita, uno de los médicos consultó por el supuesto accidente en la cancha a quienes lo habían atendido en ese primer momento. Ellos refirieron, desconcertados como entonces, que no hubo grito ni exclamación de dolor sino solamente el hecho de que el lesionado se tocara el pecho a la altura del corazón. El experto en huesos decidió sobre la marcha hablar con su paciente y consultarlo sobre esa actitud.
El futbolista le confió:
- En ese momento me dolió más el corazón que la pierna. No me partió dos huesos, me partió el alma. Lo sentí como una traición después de tantos años de compartir vestuarios, y de haber intentado que se lo reconociera como el gran jugador que es, fue un golpe artero a los sentimientos, no al cuerpo.
- ¡Por eso no se recupera hombre! ...aún no puede creerlo, ¿verdad?
- Ni voy a creerlo jamás.
- Amigo -dijo el doctor- en usted está el tiempo que le lleve volver a caminar.
Y así fue. Mucho tiempo demandó la cicatrización de aquella herida. Pero llegó. Y el futbolista pudo volver a entrenarse y después volver a jugar en primera. Por su parte, el suplente devenido en titular tuvo tanto éxito con su nueva vida que rápidamente fue pretendido por otros clubes. Y uno se quedó con su ficha. Curiosamente era el club en el cual desde muy joven quiso jugar. Pasaron las fechas del fixture de un campeonato largo, hasta que volvieron a verse las caras en un partido.
Y aquí, elige el final de tu historia:
1 - El suplente que llegó a la titularidad se arrimó a su antiguo compañero de equipo y tendiéndole la mano que antes había rechazado le pidió perdón. Su ex amigo lo miró, lo abrazó y lo perdonó, tal como había esperado hacerlo durante las largas noches de hospital. Cuentan que el suplente a los pocos días le pidió volver a jugar con él.
2 - El suplente que llegó a la titularidad se arrimó a su antiguo compañero de equipo y tendiéndole la mano que antes había rechazado le pidió perdón. Su ex amigo lo miró y lo perdonó y se fueron a jugar cada uno para su propio equipo. Desde entonces se encuentran cada tanto, cuando el fútbol vuelve a ponerlos frente a frente.

3 - El suplente que llegó a la titularidad miró a su ex amigo, no le dirigió palabra alguna, y siguió pensando que estaba bien lo que había hecho para lograr su propósito, justificándose en todo lo que había tenido que pasar para llegar al lugar que ahora, finalmente, ocupaba.

LA MIRADA

Un alma en pena deambulaba de aquí para allá cual barrilete en el viento, sin guía ni mano alguna que tensara o aflojara el hilo para darle dirección o atraerlo a tierra. Iba de la melancolía a la nostalgia sin escalas. Recordaba sus días felices en vidas pasadas o en la presente, sólo para apuñalarse, sin asestar el puntazo fatal que le pusiera fin al dolor, como si quisiera hacerlo eterno, insoportable.
Y claro que lo lograba. Creía que ese sufrimiento era una decisión que, como tantas otras, había tomado sin ser enteramente libre, más por las circunstancias que por las realidades. Inclusive, parecía rechazar los intentos de ayuda que otras almas más claras y contenedoras le brindaban, logrando éxitos parciales en pos de su mejoría. Pero al poco tiempo aquella tristeza volvía a ganar la batalla.
Uno de tantos días en ese limbo lejano al nirvana, tuvo un sacudón violento, un golpe justo, un baldazo de agua fría que la hizo reaccionar y salir de ese confortable adormecimiento en el que se había instalado para llorar. Casi como por destino escénico, poético, o puramente kármico, de fondo sonaba interminable una vieja canción de Pink Floyd... y El Alma en pena se encontró con una mirada, con La Mirada.
Una serie de cataclismos hasta entonces ocultos, se precipitó sobre ella, pero no para devastarla finalmente, sino para hacerla reaccionar, despertar. Como era de suponer, se negó rotundamente a la profundidad de esa mirada que la invitaba a renacer, pero ese impulso duró poco. Tal es la fuerza avasalladora de ese rayo verde purificador.
La dulzura de esa mirada pudo más que el desasosiego y comenzaron a dialogar. El Alma no salía de su asombro y le preguntó dónde había estado durante tanto tiempo, como si no recordara sus padecimientos. La Mirada le dijo que siempre había estado allí, encerrada en su propio laberinto, y que al momento de encontrar la salida regresaba hacia las trampas de ese sinuoso camino.
El Alma en pena empezó a sentir ganas de salir a caminar, a jugar, a reír. Tuvo deseos que hacía mucho consideraba tan lejanos como el norte de su extraviada brújula. Un súbito calor se apoderó del alma que ya se había acostumbrado al frío. Una llama de fuego que no la quemaba fue extendiéndose desde La Mirada hasta cubrir la distancia que los mantenía separados.
El Alma fue transformándose y por su esencia corrió un sentimiento de libertad, de abandono de la pena. Las palabras tomaron formas suaves, curvas, que acariciaban. Y le pareció increíble porque la costumbre la había sumergido en gritos duros, rectos, hirientes. Lentamente fue vaciando su cargador, ya sin pretensiones de eliminarse. 
Ahora cambiaba hastío por esperanza, ceño fruncido por comisuras sonrientes. Se aceleraron sus pulsaciones como si fuesen las de un cuerpo, más que las de un alma, y pensó que la respuesta a sus súplicas había llegado. La Mirada, por su parte, tenía la experiencia de haber tendido en otras ocasiones su manto de verdad sobre otros disgustos, y no tardó en darse cuenta del cambio que nuevamente había provocado. Se sintió feliz con el triunfo, aunque en realidad no supo todo lo que había desencadenado. Y si bien acordó volver seguido para continuar el tratamiento, se retiró sin tener claro su aporte.
El Alma inició un día distinto, con otras perspectivas, con ideas nuevas, como si le hubieran inyectado una dosis de vida en medio de tanta muerte. Creyó firmemente en las predicciones de sus almas amigas y pensó en el tiempo que aún faltaba para encontrarse de nuevo con esa mirada que la había conmovido.
Fue así que ocupó todo su pensamiento, toda su acción, todo su ser. Llevada por la inercia de provocarse momentos amargos, intentó desalojar la iluminada presencia. Se automedicó contra nuevas desazones y se prohibió gozar de ese momento de paz. Se repitió una y otra vez que no era posible que algo la hubiera hecho cambiar, que las diferencias que mantenía en distintos sentidos con La Mirada eran irreconciliables, y que sentir lo que sentía no era conveniente ni aconsejable.
La Mirada apareció ante cada imprecación y volvió a hacerle ver y sentir que no debía temer. El Alma, con sus mil prejuicios, insistía en demostrarle que la razón la asistía, y La Mirada -tan sutil como respetuosa de los procesos- la escuchaba, la aleccionaba, y le marcaba su comportamiento que, al fin y al cabo, no era muy distinto del de otras que habían pasado por el mismo estado.
Comprendiendo la revolución que había generado, La Mirada se retiró. El Alma se sentó en el cordón de la vereda y sin tregua desmenuzó cada palabra, cada llamado de atención y cada segundo compartido con su salvadora. Pensó para sí que no podía esperar que las soluciones a su pena le llegaran desde afuera, y supo que algo había cambiado desde aquel encuentro. Posteriormente aventuró que podía ser esa u otra mirada la que volviera a conmoverla, pero supo también que todavía podía conmoverse y creer, algo que hasta la aparición de La Mirada, no figuraba en su menú de posibilidades.

Alertada y dispuesta al nuevo porvenir y a la nueva felicidad, en un instante mágico, El Alma decidió preparar unos mates y rezó para que pronto fueran compartidos.

SOLTAR AMARRAS

“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”
(Julio Cortázar)

Viejo lobo de mar, acostumbrado tanto a las grandes olas como a los remansos de orilla, el tipo se permitía -desde su experiencia- compartir muy generosamente sus dosis de sabiduría en situaciones límite, aun cuando no fuesen requeridas. Estaba en él tender una mano amiga, sincera, sin dobleces. Fue así como lo conoció un hombre aletargado por las penumbras que me refirió esta historia.
Este es el relato que pude reconstruir de aquella charla en una tarde en la que el sol se colaba entre los árboles del Parque Rivadavia.

El apesadumbrado varón se sostenía sobre una pierna, mientras apoyaba la otra sobre la pared de piedra que franqueaba la entrada al bar. Aflojó con dos dedos el cigarrillo que sostenía con los labios y llevándolo hacia abajo, exhaló el humo que le quedaba. En tono de confesión miró a su interlocutor y le contó que transitaba una etapa desgarradora para sus sentimientos. No podía afirmarlo, pero se sentía morir cada vez que apoyaba la cabeza en la almohada. Un dolor profundo que lo calaba en el centro de su humanidad, lo acompañaba hasta que el sueño o el hastío -el que llegara primero- le pusiera fin consciente al sufrimiento.
No soportaba convivir con el recuerdo permanente del fracaso de una relación que le había demandado toda una vida construir. Al menos eso es lo que él creía hasta el momento de enfrentarse con una realidad tan dura como distinta, al punto de parecerle irreal. Como obviamente no lo era, cada vez que llegaba al punto de saturación, caía en un pozo.
Sin darle demasiados detalles y teniendo en cuenta lo que le permitía contar su extrema subjetividad, le explicó que había trabajado por alcanzar una meta, y que la línea de llegada siempre se le corría. Habida cuenta de la derrota en la que se hallaba inmerso, le confió que tal como estaban las circunstancias era imposible que se revirtiera el cuadro y que, peor aún, el enigma que ya tenía resolución lo ponía al margen, porque dos son compañía… y tres, multitud.
La vieja radio que sonaba en el café, reproducía hiriente, “Rencor” en la voz de Julio Sosa, y ahí se detuvo para escuchar por enésima vez a su corazón que le hablaba desde ese lejano parlante, al lado de una botella de ginebra.
Una vez que la locutora anunció la obra fue el turno del morocho que peinaba poco pelo, pero no había perdido las mañas. Con voz aguardentosa, sorprendió al hombre que para entonces había pisado varias veces el pucho, como si se tratara de algo más que un cigarrillo apagado.
Le pidió que lo mirara y clavó sus ojos en la tristeza del otro. Sin darle respiro empezó a contarle que en una película había visto cómo un vencedor se apoderaba de su vencido. Una vez que lo tenía preso iba a visitarlo y, como quien no quiere tal cosa, le ofrecía comida. El vencido, lleno de odio, le escupía el plato. Y el vencedor se iba sabiendo que todavía lo dominaba, que lo tenía en su poder y lo hacía sufrir.
Lo dejó mascullar unos segundos mientras esperaba que esa historia fuera proyectándose en la cabeza del otro. Y le clarificó: es bueno soltar, dejar de odiar, de sentir bronca por lo que otro te hace. Insistir en eso es transferir el poder y es perder el dominio propio. Es seguir escupiendo el plato.
Un instante de paz se coló en los huesos del frágil personaje y desde entonces no dejó de pensar en ese fragmento de un largometraje del que nunca supo el nombre. Más aún, dudó de que en realidad existiera y apostó porque se tratara de un relato inventado por el mismo viejo lobo de mar.


El hombre me contó que ahora su vida iba en otro sentido y que acaso ese diálogo fuera lo que le permitió ver lo que antes no veía, descubrir lo que antes le parecía oculto. No obstante, se preocupó por dejarme en claro que no es que no sienta dolor cuando se golpea, pero ahora sabe por qué le duele y elige dejarlo ir. Tras eso suspiró y no me reveló nada más. Sospecho que hasta ahí quería contarme, por lo que me levanté despacio, me despedí con un gesto de agradecimiento y caminé hacia un bar. Otro bar. Necesitaba un trago.