Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

LA DURMIENTE BELLA

Sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones. El cansancio del trabajo cotidiano te vence cada noche una vez que las tensiones ceden, los latidos se aquietan, el cuerpo se aletarga y la mente empieza a viajar. Por momentos parecieras resistirte buscando alguna acción que te desvele, pero al fin tus ojos se rinden y sólo se mueven detrás de los párpados cerrados.
En ese instante sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones. Tal vez no sea eterno este inmenso amor que te tengo, pero aun sin estar a tu lado y con todo el atrevimiento que me es posible, te veo, te miro, te observo. Me detengo intencionalmente en cada centímetro de tu anatomía, para descubrirte otra vez. Creo acariciar tu pelo, imagino cómo sería besar suavemente tu mejilla para después buscar la comisura de tus labios. Hago el máximo esfuerzo para dormir yo también, sin conseguirlo. Sensaciones indescriptibles hacen que me vuelva hacia vos y busque reducir nuestra distancia etérea, pidiéndote que le preguntes a las estrellas qué sería de mí sin ellas. Recorro tu habitación sin hacer ruido, mientras una brisa fresca atraviesa lentamente la ventana entreabierta.
Sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones, por eso no quiero despertarte, para que las mantengas vivas y al amanecer vayas a su encuentro para concretarlas. Dejo que mis oídos perciban tu respiración y pretendo infantilmente igualar la tuya con la mía. Quizás -inclusive- intente moverme exactamente como tú para que nada te altere, aunque no puedo ni quiero dejar de pensar en todo lo que oculta la sábana apenas arrugada sobre tu espalda. Pero una vez más me resigno y no la retiro un ápice. Me basta con percibir la fragancia de tu piel, tu perfume de mujer, para convencerme de que sólo Dios sabe nuestros destinos.
Sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones, pero debo confesarte que si no logro conciliar el descanso es porque ser invisible para ti en cada anochecer, me instala en un limbo sutil. Allí sólo sé la mitad de las cosas, y la otra mitad sólo se me permite desearla, esperarla, en un mar de incertidumbres que -con todo- es mi mejor motivo para superar el trance solitario. He decidido que si alguna vez te fueras, aún habría primavera, y que cuando todo duerma, te regalaré un color y no dejaré que se destiña, pero no me corresponde decidir que tomes el regalo, sabiendo que tampoco yo podría asegurarte estar allí, sentado cual Penélope, si algún día decidieras aceptarlo.
Sé que duermes y que en tus sueños hay ilusiones, y sin que acaso lo apruebes, levantaría mi espada para defenderlas, impulsado por una gratitud que se dispone a ir más allá de lo que sienten el alma y el cuerpo, para comprender que sin ti la vida continuaría, pero ya sin poesía. Además, te mentiría si no te dijera que cuando puedo dormir mis sueños también abrigan ilusiones. A veces de iluso, otras de ilusionista, y unas cuantas más de ilusorio. Sigo allí, cerca de la cama, egoístamente, porque sé que el mundo no muestra nada a unos ojos sin mirada, y mirarte me ilumina. Porque si no lo hago me ensombrezco; porque cuando me miras me enciendes y si no, me opaco; porque tu luz me muestra caminos nuevos, y sin esos faros, la oscuridad me gana la batalla.
Soy testigo de sonidos reiterados en idénticos lapsos que sacuden tu madrugar, y por más que intento no logro acallarlos. Todo te llama incesantemente a otro despertar. Cuento las vueltas que das y juego a ver si acierto las veces que postergas el levantarte. Husmeo por curiosidad cuánto demoras en desperezarte y llegar a la ducha, y cuánto ha de costarte luego abandonar el chorro de agua caliente. Pero eso ya no cuenta.
Aún sin estar a tu lado sé que ya no duermes, pero tengo la certeza de que tus ilusiones viven. Me lo confirman tus ojos, pequeños y enrojecidos, tu soltura frente al espejo y la forma en que te vistes, tus pasos apurados pero decididos, y hasta el menudo malhumor tempranero por tener que volver a lo que menos te gusta, la rutina.
La noche quedó atrás, y sin embargo -de repente- se puso adelante de nuevo, para esperar, paciente, que vuelvas tras un largo día a buscar refugio en sus horas -lejos de mi abrazo- de modo que una vez más pueda colarme indecentemente en tu atmósfera, hasta que por fin me hagas partícipe de tus sueños y de tus ilusiones. Porque ahora… ahora sé que duermes.



Nota: referencias musicales.

-          "Solo Dios sabe" adaptación de Charly García y Pedro Aznar para Tango 4
sobre el tema de Beach Boys "Only God knows".


- Y mínimamente “Muchacha (ojos de papel)” de Luis Alberto Spinetta.