Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

LA TABLA

Cada vez que veo un bollito de papel me conmuevo. Sé que suena exagerado dicho de este modo. ¿Qué puede ser tan importante, más allá de que esté en el suelo o en un cesto? Quizás se deba a lo que alguna vez experimenté al ver a un hombre que, sin registro de lo que hacía su mano, ponía en esa esquela apretujada toda su desazón. Me quedó grabado, porque al ver esa acción apuré el paso para hablarle. Necesitaba conocer el motivo.
Es esa sensación la que regresa cada tanto...

No sabía cómo hacer para que no se incomodara al abordarlo. Fui pensando la manera mientras apuraba la cuadra y media que nos separaba. Ese tiempo me sirvió para observar su modo de caminar, como perdido en el espacio, el movimiento lateral que de vez en vez hacía con su cabeza como si no entendiera lo que le pasaba o lo negara, y lo aprisionado que llevaba contra su pecho un cuaderno gastado y anillado de espiral.
Máxima fue la sorpresa cuando al igualar su posición y a punto de lanzar la pregunta que había pensado, lo vi lagrimear. Cambié sobre la marcha el plan que tenía en mente y quise saber la razón de esa tristeza.
Estábamos por llegar al cruce de Avenida Rivadavia y Montevideo. Venía siguiéndolo desde la Plaza del Congreso, donde me había bajado de un colectivo y lo vi queriendo tirar el papel en un tachito de Callao, que le rebotó y cayó al piso. Crucé Rodríguez Peña a unos 30 metros de él y antes de llegar a la esquina logré hablarle.
El hombre, de contextura menor, pelo revuelto, que no llegaría a los cincuenta, me dijo que lloraba, como todo el mundo, por una mezcla de motivos. Y me los contó todos juntos, como si no pudiese determinar cuáles eran significativos y cuáles no, hasta que se dio cuenta de que hablaba con un extraño y se detuvo. Me clavó los ojos irritados y no tuvo que decirme nada más. Me disculpé con él, me presenté y le confesé por qué lo había seguido. En ese momento le mostré el bollito de papel que había recogido y traía en mi mano.
Bajó la cabeza apenas y aflojó un poco sus hombros. Lo invité a tomar un café, pero no aceptó. Eligió cruzar hacia el sendero que está enfrente de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, y nos sentamos en uno de los tantos bancos a los que se arriman las palomas por comida. Todo sin pronunciar palabra. Cruzamos nuestras miradas un par de veces hasta que después de un largo suspiro que acaso le haya servido como impulso, el hombre me habló de nuevo.
Estaba afligido porque no encontraba correspondencia en la mujer con la que estaba. Su vestimenta revelaba una persona de modos clásicos y colores tenues, prolijo, y por las primeras hojas que me mostró de su cuaderno, algo obsesivo en su trabajo. Todo estaba minuciosamente anotado, casi sin errores o enmiendas. Los números redondos, legibles y ordenados, y anotaciones que señalaban con precisión la procedencia de las sumas y las restas, se agregaban a varios dibujos geométricos favorecidos por el cuadriculado del papel.

Me pareció muy breve la descripción que me daba de su pesar, sobre todo después de la catarata de sentimientos que había expresado unos minutos atrás. Le hice un gesto para que me permitiese ahondar esa respuesta mientras sostenía aquella hoja arrugada. Un "sí" no muy convencido me habilitó para abrirla. Tenía impresa en color negro una tabla de datos de esas que se arman en la computadora. Era como una planilla de cálculos, pero llamativamente despareja a la mitad, como si la hubiera hecho en distintos momentos y unido después. A dos columnas había desplegado una serie de frases debajo de los títulos "sé" y "supongo". Como le pedí conservarla y no tuvo reparos en dármela es que puedo reproducirla con la misma salvedad que me hizo: "léala de una en una, alternando, "sé que..." tal cosa, y después "supongo..." tal otra, así tiene sentido".


Después de leer la tabla y de volver varias veces sobre la lectura en algunos ítems, le pedí más datos. Había cosas que no lograba entender.
 Subió una mano hasta la frente y la frotó un par de veces como quien busca orden en medio del caos. Me confió que con esa mujer tenía expectativas de lejano cumplimiento, pero cada vez que su amada le dejaba señales en el camino, le resultaba imposible descifrarlas.
Sospeché que él mismo no quería hacerlo y que se aferraba a sus dudas para no caer en sus certezas. De todos modos, qué podía inferir yo sobre alguien a quien acababa de conocer...
Y mientras pensaba si de algún modo podía contenerlo o darle una voz de aliento, él daba vuelta las páginas, hasta que se detuvo en una donde tenía entrecomillado "y aunque alguien me acompañe, en silencio pensaré sólo en ti". Parecía acariciar las letras. Las recorrió con la punta de sus dedos en un ida y vuelta tembloroso, acaso buscando una explicación.
Sin embargo, no supe qué preguntarle o qué decirle, y lo dejé con su pensamiento mientras él seguía hojeando. Hasta que de nuevo se frenó, o lo frenaron otras oraciones textuales que desde mi ángulo de vista alcancé a leer: "Y me envenenan los besos que voy dando, y sin embargo cuando duermo sin ti, contigo sueño...".
Por fin me animé y puse mi mano sobre su hombro, conmovido por verlo en medio de tanta confusión. Pero no hice a tiempo para abrir la boca, y ni bien concluí mi gesto, empezó a hablar... "¿Para quién es...?" me desafió como si yo pudiese saberlo, mientras me mostraba la frase. "¿Es para mí o para otro? ¿sueña conmigo o sólo se envenena con mis besos?"
 Así, una detrás de otra, salían de su boca las dudas que venía arrastrando y no me daba espacio siquiera para pensar una respuesta... "¿soy el que la acompaña mientras piensa en alguien, o soy en quien piensa más allá de otras compañías?". Resultaba evidente, aun para un desprevenido, que lo sobrevolaba el temor a un pasado de confirmaciones dolorosas, más allá de que ahora nada lo justificara.
Las hojas del cuaderno iban y venían hasta que un nuevo fragmento de una canción, de un libro, o de lo que fuera, lo hacía detenerse. "Bastará sólo con verte" estaba encuadrada. "De nuevo tú te cuelas en mis huesos" escrita en diagonal sobresalía por su letra más grande que la anterior. "Si te dibujo sin rostro es porque amo tu interior" me mostró como si se tratara de su más profundo sentimiento. Y una más extensa, dentro de las primeras páginas, recordaba: "Si te hace falta quien te trate con amor, si no tenés a quien brindar tu corazón, si todo vuelve cuando más lo precisás, nos veremos otra vez".
Un rayo de sol rebotó en sus gafas y me encandiló por un instante. Al pretender evitarlo me aparté de la escena y quizá esa eventualidad me sirvió para advertir de algún modo, que aquel hombre enamorado seguía reproduciendo sus esquemas de saber y suponer, de estructurar y proyectar, de amar y sucumbir. Le pedí que se tranquilizara, que dejara correr el agua entre sus dedos sin procurar retenerla, y compartí con él lo que a mí me costó tanto conocer y aprender: lo difícil que es "soltar y dejar partir", "que fluya", como se empeñan en repetirme algunos amigos que me quieren bien.
Después de que le comentara esto, me miró de costado, hizo una mueca parecida a una sonrisa, y levantándose seguro -como nunca antes se había mostrado- me dijo: "entonces jamás lo olvides".

No me dio tiempo a tenderle la mano. Me quedé observándolo durante los pocos segundos que tardó hasta doblar en la esquina. Mientras, el eco de sus últimas palabras retumbaba en mis oídos y se instalaba entre mis papeles.