Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

BREVE ENSAYO SOBRE LA EXTRAÑA SENSACIÓN DE EXTRAÑAR

Síntoma y signo. Lo que se siente y lo que se ve, lo que se palpita y lo que se transmite, parecieran no poder separarse. Uno es consecuencia del otro, aunque no siempre quede claro cuál ha sido el primero, y -en no pocos casos- podríamos acordar que se generan mutua y simultáneamente.
Las relaciones humanas saben de este sube y baja de plaza que -aun con movimientos de vaivén, de estar arriba y estar abajo- torna lo cotidiano en poderosas sensaciones. Y así como se ama, se odia, alguien se enfada y se arrepiente, se alegra y se entristece, quiere y reniega, lucha y se desanima. En un momento se siente cercano a Dios, en otro cree haber quedado atrapado en el tridente de Lucifer.
En las cuestiones más profundas del corazón como amar, respetar, acompañar, escuchar o perdonar, ese ir y venir de síntoma y signo es fuerte, es contundente, no pasa inadvertido, deja huellas.
Acostumbrados como estamos los occidentales a poseer antes que fluir, cuando una persona nos llega al cuerpo y al alma queremos que se quede allí para siempre. Desconociendo que cada uno de nosotros también fluye y es libre, nos empecinamos en sostener y aferrar. Como consecuencia sobreviene el dolor, y más tarde al resistirnos, el sufrimiento.
Una primera aproximación, quizá antojadiza, a lo que significa esa extraña sensación de extrañar -un lugar, una situación, un ser querido- nos permite suponer que si algo se "ex-traña" es porque se quedó "fuera" de nuestro dominio, ya no está en las "en-trañas".
Los orientales suelen hablar de amor "entrañable" porque es ahí donde lo hacen residir, en lo más profundo. Nosotros, por lo general, ponemos ese sentimiento en el corazón, mucho más palpable, más cercano. Para saber del amor entrañable ellos afirman que debemos ir a nuestro interior y ejercitarnos con mucha atención para detectarlo. Lo contrario sucede en nuestra cultura: bastará con ponernos una mano en el pecho para saber a qué velocidad estamos latiendo.
Curiosamente -o no tanto para el observador avezado- la sensación de extrañar se presenta en distintas circunstancias, con el mismo poder de desasosiego.
Si un familiar se marchara de nuestro lado por un período largo o indeterminado, sentiríamos que lo extrañamos inclusive antes de que se vaya, aunque ya sabemos que partirá y tratemos de detener el tiempo para que eso no suceda. Es entonces que se queda fuera de nosotros, de nuestro mundo, de nuestro alcance. Algo similar experimentamos ante la muerte, frente a lo irremediable, ante lo que no podemos controlar. Empezamos a extrañarlo en la convalecencia o en sus últimas horas de vida. Y también después, cuando la noticia se confirma y ya no está entre nosotros, con nosotros.
Otra vez gana el quedarse afuera, y extrañamos. Cuando se terminan los días de vacaciones y debemos regresar. Cuando un querido compañero de trabajo cambia de oficina o se va. Cuando vemos crecer a los chicos de la familia y añoramos la época en que daban los primeros pasos. Cuando caemos en la cuenta de que se nos han pasado tanto los años y quisiéramos recuperar viejas sonrisas o animar fotos amarillentas. Siempre extrañamos aquello que ya no es, o creemos que no será. Se nos queda afuera, porque queremos tenerlo de la misma forma que antes, aunque finalmente comprobemos que es imposible.
Lo mismo ocurre cuando queremos a alguien, y por algún motivo -temporal o definitivamente- queda afuera de nuestra órbita. Nos sentimos “desorbitados", justamente porque ya no sabemos cómo o no podemos girar en derredor de eso que llamamos amor, y mucho menos hacer que ese sentimiento gire en derredor de nosotros, como quisiéramos que sucediese por los siglos de los siglos. Y amén.
La condición de la libertad y del desapego nos impone reglas que no estamos dispuestos a seguir porque nos deja como a niños sin caramelos, entristecidos, vacíos. No están con nosotros, no nos habitan. Están afuera, y cuanto más queremos conservarlas, más se escapan. Nos resistimos de diversas maneras al dolor que nos provoca extrañar. Nos aturdimos con música, nos sobrecargamos de tareas, procuramos distracciones, rogamos que aparten ese cáliz de nuestro lado, multiplicamos las búsquedas para sentirnos acompañados, y todo parece inútil.
Recurrentemente volvemos al punto de partida y extrañamos. En ese rechazo del dolor es que empezamos a sufrir y se mezclan aún más las sensaciones. No soportamos un instante sin la compañía de ese ser que abrazamos físicamente, pero al que todavía no aprendimos a abrazar con el alma. Deseamos volver a tener su rostro al alcance de la mano para acariciarlo. Deseamos volver a besarlo una y otra vez. Deseamos hablarle y escucharlo. Deseamos seguir compartiendo la almohada en noches eternas. Lo deseamos.
Pero todo parece decirnos que ahora no, que más tarde tampoco, que mañana es improbable y más adelante, imposible. Dudamos si salió para no volver, si en cambio lo hizo para que supiéramos de su existencia, o si en realidad todavía no entró y eso es lo que queremos. Como sea, sigue estando afuera, "se ex-traña".
Afirman los gurúes de esta era, que es mejor soltar y fluir antes que pretender asir y mantener, pero en estado de emoción pura es difícil razonarlo. Sin embargo, sabemos que no hay otro camino a casa que volver a las en-trañas y dejar que se manifieste el amor, que no es tener sino dar, que no es pretender sino ofrecer, que no es exigir sino generar, que es placer pero también compañía desinteresada, que es "quedarse adentro" sin obligación, por decisión propia.

Ese es el espacio que quizá debiéramos guardar y cuidar en nuestro interior, para que el forastero no se sienta desdichado, y para que el amado se sienta a reparo. Pero también para que nosotros mismos podamos encontrar refugio en ese lugar de paz.