Síntoma
y signo. Lo que se siente y lo que se ve, lo que se palpita y lo que se
transmite, parecieran no poder separarse. Uno es consecuencia del otro, aunque
no siempre quede claro cuál ha sido el primero, y -en no pocos casos- podríamos
acordar que se generan mutua y simultáneamente.
Las
relaciones humanas saben de este sube y baja de plaza que -aun con movimientos
de vaivén, de estar arriba y estar abajo- torna lo cotidiano en poderosas
sensaciones. Y así como se ama, se odia, alguien se enfada y se arrepiente, se
alegra y se entristece, quiere y reniega, lucha y se desanima. En un momento se
siente cercano a Dios, en otro cree haber quedado atrapado en el tridente de
Lucifer.
En
las cuestiones más profundas del corazón como amar, respetar, acompañar,
escuchar o perdonar, ese ir y venir de síntoma y signo es fuerte, es contundente,
no pasa inadvertido, deja huellas.
Acostumbrados
como estamos los occidentales a poseer antes que fluir, cuando una persona nos
llega al cuerpo y al alma queremos que se quede allí para siempre.
Desconociendo que cada uno de nosotros también fluye y es libre, nos
empecinamos en sostener y aferrar. Como consecuencia sobreviene el dolor, y más
tarde al resistirnos, el sufrimiento.
Una
primera aproximación, quizá antojadiza, a lo que significa esa extraña
sensación de extrañar -un lugar, una situación, un ser querido- nos permite
suponer que si algo se "ex-traña" es porque se quedó
"fuera" de nuestro dominio, ya no está en las "en-trañas".
Los
orientales suelen hablar de amor "entrañable" porque es ahí donde lo
hacen residir, en lo más profundo. Nosotros, por lo general, ponemos ese
sentimiento en el corazón, mucho más palpable, más cercano. Para saber del amor
entrañable ellos afirman que debemos ir a nuestro interior y ejercitarnos con
mucha atención para detectarlo. Lo contrario sucede en nuestra cultura: bastará
con ponernos una mano en el pecho para saber a qué velocidad estamos latiendo.
Curiosamente
-o no tanto para el observador avezado- la sensación de extrañar se presenta en
distintas circunstancias, con el mismo poder de desasosiego.
Si
un familiar se marchara de nuestro lado por un período largo o indeterminado,
sentiríamos que lo extrañamos inclusive antes de que se vaya, aunque ya sabemos
que partirá y tratemos de detener el tiempo para que eso no suceda. Es entonces
que se queda fuera de nosotros, de nuestro mundo, de nuestro alcance. Algo
similar experimentamos ante la muerte, frente a lo irremediable, ante lo que no
podemos controlar. Empezamos a extrañarlo en la convalecencia o en sus últimas
horas de vida. Y también después, cuando la noticia se confirma y ya no está
entre nosotros, con nosotros.
Otra
vez gana el quedarse afuera, y extrañamos. Cuando se terminan los días de vacaciones
y debemos regresar. Cuando un querido compañero de trabajo cambia de oficina o
se va. Cuando vemos crecer a los chicos de la familia y añoramos la época en
que daban los primeros pasos. Cuando caemos en la cuenta de que se nos han
pasado tanto los años y quisiéramos recuperar viejas sonrisas o animar fotos
amarillentas. Siempre extrañamos aquello que ya no es, o creemos que no será.
Se nos queda afuera, porque queremos tenerlo de la misma forma que antes, aunque
finalmente comprobemos que es imposible.
Lo
mismo ocurre cuando queremos a alguien, y por algún motivo -temporal o
definitivamente- queda afuera de nuestra órbita. Nos sentimos
“desorbitados", justamente porque ya no sabemos cómo o no podemos girar en
derredor de eso que llamamos amor, y mucho menos hacer que ese sentimiento gire
en derredor de nosotros, como quisiéramos que sucediese por los siglos de los
siglos. Y amén.
La
condición de la libertad y del desapego nos impone reglas que no estamos
dispuestos a seguir porque nos deja como a niños sin caramelos, entristecidos,
vacíos. No están con nosotros, no nos habitan. Están afuera, y cuanto más
queremos conservarlas, más se escapan. Nos resistimos de diversas maneras al
dolor que nos provoca extrañar. Nos aturdimos con música, nos sobrecargamos de
tareas, procuramos distracciones, rogamos que aparten ese cáliz de nuestro
lado, multiplicamos las búsquedas para sentirnos acompañados, y todo parece
inútil.
Recurrentemente
volvemos al punto de partida y extrañamos. En ese rechazo del dolor es que empezamos
a sufrir y se mezclan aún más las sensaciones. No soportamos un instante sin la
compañía de ese ser que abrazamos físicamente, pero al que todavía no
aprendimos a abrazar con el alma. Deseamos volver a tener su rostro al alcance
de la mano para acariciarlo. Deseamos volver a besarlo una y otra vez. Deseamos
hablarle y escucharlo. Deseamos seguir compartiendo la almohada en noches
eternas. Lo deseamos.
Pero
todo parece decirnos que ahora no, que más tarde tampoco, que mañana es
improbable y más adelante, imposible. Dudamos si salió para no volver, si en
cambio lo hizo para que supiéramos de su existencia, o si en realidad todavía
no entró y eso es lo que queremos. Como sea, sigue estando afuera, "se
ex-traña".
Afirman
los gurúes de esta era, que es mejor soltar y fluir antes que pretender asir y
mantener, pero en estado de emoción pura es difícil razonarlo. Sin embargo,
sabemos que no hay otro camino a casa que volver a las en-trañas y dejar que se manifieste el amor, que no es tener sino
dar, que no es pretender sino ofrecer, que no es exigir sino generar, que es
placer pero también compañía desinteresada, que es "quedarse adentro"
sin obligación, por decisión propia.
Ese
es el espacio que quizá debiéramos guardar y cuidar en nuestro interior, para
que el forastero no se sienta desdichado, y para que el amado se sienta a
reparo. Pero también para que nosotros mismos podamos encontrar refugio en ese
lugar de paz.
