Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

OTRO ADIÓS

Llegó el día. El escritor atildado y el amante cortés se hartaron de sus respectivas virtudes. Que "muy bien" de aquí, que "muy bien" de allá, pero ni un libro ni una mujer. Acordaron un encuentro fuera de toda agenda, algo desacostumbrado para ambos, pero que ya empezaba a mostrar los primeros signos de cambio.
La reunión se llevó a cabo en el horario de la siesta, otro punto que ciertamente rompía con lo habitual, puesto que cada vez que se juntaban, lo hacían de noche. No eligieron la cama de todos los días ni el templo de siempre. El escritor propuso un bar y el amante un parque, justo cuando al mismo tiempo se miraron y reaccionaron: también había que terminar con esos lugares comunes.
Escuchar música no les pareció apropiado, sobre todo porque -según apuntó el primero- en esas circunstancias "ponés canciones tristes para sentirte mejor"; y todo el mundo sabe -acotó el segundo- que "la música es aire cuando te vas".
La brújula giraba sin hallar el norte. Cada uno descartó la biblioteca y el cine, porque en esos sitios no se podía hablar. Tras darle vueltas al asunto y entender que no era imprescindible determinarlo, acordaron ir a un sitio cualquiera, a la nada misma, tratando de dilucidar si les convenía "apagar la mente y encender el corazón", o viceversa.
Mientras tanto, y sin habérselas confesado mutuamente, uno buscó una palabra que no quería volver a usar en sus cuentos y el otro una que no quería volver a pronunciar. Una moneda voló en el aire para asignar el primer turno y comenzar a exponer sus hartazgos. Es que, en cierto modo, algunas mañas todavía no las habían dejado.
Salió cara: "adiós". Se miraron fijamente y entonces supieron que lo mismo hubiera dado si salía ceca. Con un dejo de asombro por la coincidencia, el escritor y el amante cayeron en la cuenta de que los motivaba otro adiós, por lo que poco importó quién empezaba el coloquio. Hablaron largo y tendido acerca de todas las cosas que durante años los había definido. Y fueron diciéndoselas, como cada vez que esos alter ego se enfrentaban en una secuencia de “dime y te digo”.
Uno expresaba su característica, el otro retrucaba con la suya. Un vocabulario prolijo, un sentimiento sano. Poesías con rima, besos sentidos. Oraciones bien construidas, abrazos sinceros. Una pizca de ironía en algunos textos, un toque de audacia en algunas ocasiones. Relatos cotidianos, relaciones cotidianas. Historias con catarsis, catarsis con historias. Corrección, prudencia. Reelaboración por errores, reiteración de errores... Y así siguieron por un rato analizando sus clásicas formas, hasta que se hartaron una vez más.
Es que de eso se trataba, de enumerar todo lo que ya no querían ser. Y deliraron. El amante se lanzó a referir desbocadamente cuánto le gustaba lo que veía de aquella mujer y apuntó "sus ojos, su intensidad, que venga por un trago más, tocarla sin intención, su historia de resurrección, la curva de su nariz, escucharla, ser su aprendiz”.
Pero el escritor le señaló que se cuidara porque tal vez "colmaba la necesidad, pero hay vacíos que no se pueden llenar...” y si bien le agregó que "su esencia es más visible” su interlocutor no dejaba de repetir que "podía sentir una energía tan intensa” entre ella y él, que lo hacía correr riesgos impredecibles, pero que aceptaba.
El escritor se hartó de sus relatos conmovedores y mandó todo al carajo. Empezó a escribir en un papel sucio con el último pedacito de lápiz que encontró en un bolsillo "se va todo a la mierda". Y así como el asesino que se descubre como tal una vez que liquidó a su primera víctima y ya no le importan las que vengan detrás, descargó una catarata de insultos que lo tenían a él mismo como destinatario.
Se prometió que los árboles morirían de pie o de cualquier otro modo y estableció que estaría permitido suicidarse en primavera. Se dijo que borraría todas las rayuelas que encontrara en su camino, y que siempre habría penas y olvidos. Convalidó que la felicidad sólo es de los locos, que las princesas no existen más que en los cuentos y que las especies de duendes y hadas son ficticias. Casi envalentonado por el eco de sus pensamientos, tomó aire y continuó escribiendo. Descartó de plano que lo esencial sea invisible a los ojos y tiró por la ventana su colección completa de discos melancólicos. No quiso saber nada más de romances, de Romeos y Julietas, de historias de amor que se complican pero que al final terminan bien, ni escribir sobre lo que provocaba en su ser un perfume, una rosa, una mirada. Y sintió dolor. Se quedó "flotando entre rechazos” aunque supuso que "de ese dolor vendrá un nuevo amanecer”, al que de todos modos le dio pocas posibilidades, porque ya estaba harto de creer lo que nunca se concretaba.
Inmerso también en su hartazgo, el amante abandonó sus sueños de ser "barman para su sedienta deseada, y puso la tristeza en su vaso, recordando bebidas, canciones, y viejos placeres”. Supo de una vez que a él no le correspondía el "vos para mí y yo para vos” pregonado por otros amantes. Entendió cabalmente que no podía "herir de amor el cuerpo” que pretendía, aunque tuviese tan claro "que no habría nada mejor. Lo carcomía la idea de suponer que ya nadie se detenía algún instante a pensar en él con el mismo agitado latir de su corazón, y se enojó consigo por haberlo considerado posible una vez más. Harto de sus desengaños miró al escritor que lo esperaba apoyado en el aire, y se fundieron en un mismo llanto.
Fue como una tormenta de antiguos y renovados hartazgos que salieron por donde ya fue inevitable que salieran. Las lágrimas rompieron el cerco del pecho, subieron a los ojos y se precipitaron a mares, a sabiendas de que ese final era el más probable.
El escritor en lo suyo y el amante en lo propio, ya sabían de qué se trataba. No era la primera vez que quedaban en bancarrota. Ambos tenían la perra manía de jugarse enteros, nunca apostaron una línea, un color, una chance. Siempre un pleno. Todas las fichas en un solo lugar y a esperar que la maldita bola se detuviese en el maldito número elegido. Así perdieron fortunas. Si bien eso los distinguía, no los hacía ganadores y lo tenían claro, pero no podían evitar ante cada nuevo fracaso sentirse desolados. ¿Por qué nunca caía en el lugar elegido esa esfera blanca después de dar incontables vueltas a la ruleta de la vida...?
Hasta ahora no lo saben. Por el contrario, en medio de esa sinfonía de lecciones con autocorrección, intuyeron que lo que necesitaban era una luz, esa luz que transformara la oscuridad en la que se habían sumergido, en un nuevo día. Y entre las palabras de otro adiós, emergiendo en la fusión de escritor y amante, se dejó ver un sol tenue que se las ingenió para hacer aparecer el arcoíris. Pero ninguno de los dos -a pesar del reclamo- tuvo fuerza para creer que fuera cierto, y hartos de sus pesadillas, se fueron sin mirar cómo, desde allí arriba, “en la curva de los siete colores, los sueños se hacían realidad”.


En el texto se utilizaron fragmentos de las siguientes canciones:

- "Adiós". Gustavo Cerati.
- "Me gusta". Ciro y los persas.
- "Apágalo". Miss Bolivia.

- "Somewhere over the rainbow". Yip Harburg.