Llegó el día. El escritor atildado
y el amante cortés se hartaron de sus respectivas virtudes. Que "muy
bien" de aquí, que "muy bien" de allá, pero ni un
libro ni una mujer. Acordaron un encuentro fuera de toda agenda, algo
desacostumbrado para ambos, pero que ya empezaba a mostrar los primeros signos
de cambio.
La reunión se llevó a cabo en el
horario de la siesta, otro punto que ciertamente rompía con lo habitual, puesto
que cada vez que se juntaban, lo hacían de noche. No eligieron la cama de todos
los días ni el templo de siempre. El escritor propuso un bar y el amante un
parque, justo cuando al mismo tiempo se miraron y reaccionaron: también había
que terminar con esos lugares comunes.
Escuchar música no les pareció
apropiado, sobre todo porque -según apuntó el primero- en esas circunstancias "ponés canciones tristes para sentirte
mejor"; y todo el mundo sabe -acotó el segundo- que "la música es aire cuando te vas".
La brújula giraba sin hallar el
norte. Cada uno descartó la biblioteca y el cine, porque en esos sitios no se
podía hablar. Tras darle vueltas al asunto y entender que no era imprescindible
determinarlo, acordaron ir a un sitio cualquiera, a la nada misma, tratando de
dilucidar si les convenía "apagar la
mente y encender el corazón", o viceversa.
Mientras tanto, y sin habérselas
confesado mutuamente, uno buscó una palabra que no quería volver a usar en sus
cuentos y el otro una que no quería volver a pronunciar. Una moneda voló en el
aire para asignar el primer turno y comenzar a exponer sus hartazgos. Es que,
en cierto modo, algunas mañas todavía no las habían dejado.
Salió cara: "adiós". Se miraron fijamente y
entonces supieron que lo mismo hubiera dado si salía ceca. Con un dejo de
asombro por la coincidencia, el escritor y el amante cayeron en la cuenta de
que los motivaba otro adiós, por lo que poco importó quién empezaba el
coloquio. Hablaron largo y tendido acerca de todas las cosas que durante años
los había definido. Y fueron diciéndoselas, como cada vez que esos alter ego se
enfrentaban en una secuencia de “dime y te digo”.
Uno expresaba su característica, el
otro retrucaba con la suya. Un vocabulario prolijo, un sentimiento sano.
Poesías con rima, besos sentidos. Oraciones bien construidas, abrazos sinceros.
Una pizca de ironía en algunos textos, un toque de audacia en algunas
ocasiones. Relatos cotidianos, relaciones cotidianas. Historias con catarsis,
catarsis con historias. Corrección, prudencia. Reelaboración por errores,
reiteración de errores... Y así siguieron por un rato analizando sus clásicas
formas, hasta que se hartaron una vez más.
Es que de eso se trataba, de
enumerar todo lo que ya no querían ser. Y deliraron. El amante se lanzó a
referir desbocadamente cuánto le gustaba lo que veía de aquella mujer y apuntó "sus
ojos, su intensidad, que venga por un trago más, tocarla sin intención, su
historia de resurrección, la curva de su nariz, escucharla, ser su aprendiz”.
Pero el escritor le señaló que se
cuidara porque tal vez "colmaba la necesidad, pero hay vacíos que no se
pueden llenar...” y si bien le agregó que "su esencia es más
visible” su interlocutor no dejaba de repetir que "podía sentir una
energía tan intensa” entre ella y él, que lo hacía correr riesgos
impredecibles, pero que aceptaba.
El escritor se hartó de sus relatos
conmovedores y mandó todo al carajo. Empezó a escribir en un papel sucio con el
último pedacito de lápiz que encontró en un bolsillo "se va todo a la mierda". Y así como el asesino que se descubre
como tal una vez que liquidó a su primera víctima y ya no le importan las que
vengan detrás, descargó una catarata de insultos que lo tenían a él mismo como
destinatario.
Se prometió que los árboles
morirían de pie o de cualquier otro modo y estableció que estaría permitido
suicidarse en primavera. Se dijo que borraría todas las rayuelas que encontrara
en su camino, y que siempre habría penas y olvidos. Convalidó que la felicidad
sólo es de los locos, que las princesas no existen más que en los cuentos y que
las especies de duendes y hadas son ficticias. Casi envalentonado por el eco de
sus pensamientos, tomó aire y continuó escribiendo. Descartó de plano que lo
esencial sea invisible a los ojos y tiró por la ventana su colección completa
de discos melancólicos. No quiso saber nada más de romances, de Romeos y
Julietas, de historias de amor que se complican pero que al final terminan
bien, ni escribir sobre lo que provocaba en su ser un perfume, una rosa, una
mirada. Y sintió dolor. Se quedó "flotando entre rechazos” aunque supuso que "de ese
dolor vendrá un nuevo amanecer”, al que de todos modos le dio pocas
posibilidades, porque ya estaba harto de creer lo que nunca se concretaba.
Inmerso también en su hartazgo, el
amante abandonó sus sueños de ser "barman para su sedienta deseada, y
puso la tristeza en su vaso, recordando bebidas, canciones, y viejos placeres”.
Supo de una vez que a él no le correspondía el "vos para mí y yo para
vos” pregonado por otros amantes. Entendió cabalmente que no podía "herir
de amor el cuerpo” que pretendía, aunque tuviese tan claro "que no
habría nada mejor. Lo carcomía la idea de suponer que ya nadie se detenía
algún instante a pensar en él con el mismo agitado latir de su corazón, y se
enojó consigo por haberlo considerado posible una vez más. Harto de sus desengaños
miró al escritor que lo esperaba apoyado en el aire, y se fundieron en un mismo
llanto.
Fue como una tormenta de antiguos y
renovados hartazgos que salieron por donde ya fue inevitable que salieran. Las
lágrimas rompieron el cerco del pecho, subieron a los ojos y se precipitaron a
mares, a sabiendas de que ese final era el más probable.
El escritor en lo suyo y el amante
en lo propio, ya sabían de qué se trataba. No era la primera vez que quedaban
en bancarrota. Ambos tenían la perra manía de jugarse enteros, nunca apostaron
una línea, un color, una chance. Siempre un pleno. Todas las fichas en un solo
lugar y a esperar que la maldita bola se detuviese en el maldito número
elegido. Así perdieron fortunas. Si bien eso los distinguía, no los hacía
ganadores y lo tenían claro, pero no podían evitar ante cada nuevo fracaso
sentirse desolados. ¿Por qué nunca caía en el lugar elegido esa esfera blanca
después de dar incontables vueltas a la ruleta de la vida...?
Hasta ahora no lo saben. Por el
contrario, en medio de esa sinfonía de lecciones con autocorrección, intuyeron
que lo que necesitaban era una luz, esa luz que transformara la oscuridad en la
que se habían sumergido, en un nuevo día. Y entre las palabras de otro adiós,
emergiendo en la fusión de escritor y amante, se dejó ver un sol tenue que se
las ingenió para hacer aparecer el arcoíris. Pero ninguno de los dos -a pesar
del reclamo- tuvo fuerza para creer que fuera cierto, y hartos de sus
pesadillas, se fueron sin mirar cómo, desde allí arriba, “en la curva de los siete colores, los sueños se hacían realidad”.
En el texto se utilizaron
fragmentos de las siguientes canciones:
- "Adiós". Gustavo
Cerati.
- "Me gusta". Ciro y los
persas.
- "Apágalo". Miss
Bolivia.
-
"Somewhere over the rainbow". Yip Harburg.
