“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”
(Julio Cortázar)
Viejo lobo de mar, acostumbrado tanto a las grandes olas como a los
remansos de orilla, el tipo se permitía -desde su experiencia- compartir muy
generosamente sus dosis de sabiduría en situaciones límite, aun cuando no
fuesen requeridas. Estaba en él tender una mano amiga, sincera, sin dobleces.
Fue así como lo conoció un hombre aletargado por las penumbras que me refirió
esta historia.
Este es el relato que pude reconstruir de aquella charla en una tarde en
la que el sol se colaba entre los árboles del Parque Rivadavia.
El apesadumbrado varón se sostenía sobre una pierna, mientras apoyaba la
otra sobre la pared de piedra que franqueaba la entrada al bar. Aflojó con dos
dedos el cigarrillo que sostenía con los labios y llevándolo hacia abajo,
exhaló el humo que le quedaba. En tono de confesión miró a su interlocutor y le
contó que transitaba una etapa desgarradora para sus sentimientos. No podía
afirmarlo, pero se sentía morir cada vez que apoyaba la cabeza en la almohada.
Un dolor profundo que lo calaba en el centro de su humanidad, lo acompañaba hasta
que el sueño o el hastío -el que llegara primero- le pusiera fin consciente al
sufrimiento.
No soportaba convivir con el recuerdo permanente del fracaso de una
relación que le había demandado toda una vida construir. Al menos eso es lo que
él creía hasta el momento de enfrentarse con una realidad tan dura como
distinta, al punto de parecerle irreal. Como obviamente no lo era, cada vez que
llegaba al punto de saturación, caía en un pozo.
Sin darle demasiados detalles y teniendo en cuenta lo que le permitía
contar su extrema subjetividad, le explicó que había trabajado por alcanzar una
meta, y que la línea de llegada siempre se le corría. Habida cuenta de la
derrota en la que se hallaba inmerso, le confió que tal como estaban las
circunstancias era imposible que se revirtiera el cuadro y que, peor aún, el
enigma que ya tenía resolución lo ponía al margen, porque dos son compañía… y
tres, multitud.
La vieja radio que sonaba en el café, reproducía hiriente, “Rencor”
en la voz de Julio Sosa, y ahí se detuvo para escuchar por enésima vez a su
corazón que le hablaba desde ese lejano parlante, al lado de una botella de
ginebra.
Una vez que la locutora anunció la obra fue el turno del morocho que
peinaba poco pelo, pero no había perdido las mañas. Con voz aguardentosa,
sorprendió al hombre que para entonces había pisado varias veces el pucho, como
si se tratara de algo más que un cigarrillo apagado.
Le pidió que lo mirara y clavó sus ojos en la tristeza del otro. Sin
darle respiro empezó a contarle que en una película había visto cómo un
vencedor se apoderaba de su vencido. Una vez que lo tenía preso iba a visitarlo
y, como quien no quiere tal cosa, le ofrecía comida. El vencido, lleno de odio,
le escupía el plato. Y el vencedor se iba sabiendo que todavía lo dominaba, que
lo tenía en su poder y lo hacía sufrir.
Lo dejó mascullar unos segundos mientras esperaba que esa historia fuera
proyectándose en la cabeza del otro. Y le clarificó: es bueno soltar, dejar de odiar, de sentir bronca por lo que otro te
hace. Insistir en eso es transferir el poder y es perder el dominio propio. Es
seguir escupiendo el plato.
Un instante de paz se coló en los huesos del frágil personaje y desde
entonces no dejó de pensar en ese fragmento de un largometraje del que nunca
supo el nombre. Más aún, dudó de que en realidad existiera y apostó porque se
tratara de un relato inventado por el mismo viejo lobo de mar.
El hombre me contó que ahora su vida iba en otro sentido y que acaso ese
diálogo fuera lo que le permitió ver lo que antes no veía, descubrir lo que
antes le parecía oculto. No obstante, se preocupó por dejarme en claro que no
es que no sienta dolor cuando se golpea, pero ahora sabe por qué le duele y
elige dejarlo ir. Tras eso suspiró y no me reveló nada más. Sospecho que hasta ahí
quería contarme, por lo que me levanté despacio, me despedí con un gesto de
agradecimiento y caminé hacia un bar. Otro bar. Necesitaba un trago.
