Son de otra época,
de unos cuantos años atrás, y quienes todavía conservan una de ellas, saben que
tienen un pequeño tesoro.
Las cajitas
musicales -con sus más diversas formas- siempre generaron una sensación de
misterio a punto de ser revelado respecto de la formación del sonido, aun
cuando bien se conoce el mecanismo que lo hace posible. Lo más común es (o lo
era) que el dueño de la cajita sólo prefiera dar unas cuantas vueltas a la
manivela y se detenga a contemplar cómo las notas se suceden y -en algunos
casos- hagan girar a una bailarina clásica, en puntas de pie y con tutú. Al
final de la ceremonia, la tapa vuelve a bajarse, el sonido desaparece y la
figura esmaltada se reclina hasta la próxima vez.
De antojadizo
nomás, un escultor que tenía una, supuso que aquello que había intentado
esculpir durante años era una vida y no una obra de arte, por lo que al sentir
la revelación elucubró -desde su cocina, alejado de una reunión familiar- que “la
doncella de una caja musical es como una hija”.
Una vez que ganó
la atención de quienes compartían esa velada próxima a concluir, bebió el
último trago de vino y continuó: “…el armazón, las formas de las maderas, el
lustre, las bisagras y hasta el par de cajoncitos, así como están colocados,
son la vida que le vamos armando alrededor. Bordes redondeados para que no se
lastime, cuidados permanentes para que se vea bien, un reducto pretendidamente
seguro y abrigado, algunos lugares donde dejar recuerdos a modo de enseñanzas,
y un pedestal para que observarla sea placentero. No obstante -continuó el
hombre- no todo en esa vida queda encajonado, firme, como uno quiere… Más
rápido que lento se comprueba que para que haya movimiento hay que inducir o
dar un primer empujón para que se rompa la quietud de esa figura, algo así como
enseñarle a dar los primeros pasos. Logrado el propósito, hay que ver hasta
dónde llega, y esperarla con los brazos abiertos en esa corrida inaugural. Lo
mismo -acaso- que en el resto de la vida: un motivo, un deseo, y una meta a la
que quiera llegar, ha de contar con ese primer envión. Como en esas vueltas que
da la danzarina mientras tiene cuerda, ella dará algunos pasos seguros y otros
no tanto, avanzará en sus quehaceres, verá desde distintas perspectivas lo que
hay a su alrededor, y al cabo de un tiempo se detendrá, esperando a que llegue
un nuevo estímulo, le den más cuerda para escuchar la música y vuelva a andar.”
El silencio
entre las habitaciones provocó que los invitados también pensaran en sus
cajitas musicales hasta que el escultor volvió a levantar su voz, como si fuera
a dar más golpes de cincel. “…Reconozco que hubo momentos en los que olvidé
mover la manivela… otras veces lo recordé, pero preferí no hacerlo para que se
quedara allí, inmóvil, y no se lanzara a caminar, porque temía que se hiciera
daño… y en muchas ocasiones debo haber girado mal la manijita -quizá al revés-
porque yo quería que anduviera, y no se movía”.
Quienes lo
escuchaban decidieron intervenir, pusieron más atención en el adorno que miraba
desde un viejo aparador, y comenzaron a sumarle sus opiniones: que se notaba
que había sido cuidadoso, que la bailarina estaba impecable, que los cajoncitos
tenían mil alegrías y algunos llantos de emoción, y que los engranajes del
mecanismo se veían bien lubricados, como nuevos.
El hombre
asintió cada comentario y al final agregó: “La música… nunca entendí lo de
la música… Si las notas marcadas por esos puntos en relieve son siempre las
mismas, cómo es que con el paso del tiempo, oigo otras melodías...”
Su mujer, que
había escuchado todo, sugirió tiernamente: “es que la bailarina creció y
empezó a tocar su música, dejó de ser conducida para convertirse en la
conductora, y si bien aún necesita que le demos algún impulso, que giremos la
cuerda, ahora sigue andando sola por más tiempo…”.
“Ciertamente...”,
sostuvo él.
Mientras pensaba
si no sería tiempo de que la tapa de la cajita de música quedara abierta para
siempre.
