Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

MUSICA PROPIA

Son de otra época, de unos cuantos años atrás, y quienes todavía conservan una de ellas, saben que tienen un pequeño tesoro.                                                                 
Las cajitas musicales -con sus más diversas formas- siempre generaron una sensación de misterio a punto de ser revelado respecto de la formación del sonido, aun cuando bien se conoce el mecanismo que lo hace posible. Lo más común es (o lo era) que el dueño de la cajita sólo prefiera dar unas cuantas vueltas a la manivela y se detenga a contemplar cómo las notas se suceden y -en algunos casos- hagan girar a una bailarina clásica, en puntas de pie y con tutú. Al final de la ceremonia, la tapa vuelve a bajarse, el sonido desaparece y la figura esmaltada se reclina hasta la próxima vez.
De antojadizo nomás, un escultor que tenía una, supuso que aquello que había intentado esculpir durante años era una vida y no una obra de arte, por lo que al sentir la revelación elucubró -desde su cocina, alejado de una reunión familiar- que “la doncella de una caja musical es como una hija”.
Una vez que ganó la atención de quienes compartían esa velada próxima a concluir, bebió el último trago de vino y continuó: “…el armazón, las formas de las maderas, el lustre, las bisagras y hasta el par de cajoncitos, así como están colocados, son la vida que le vamos armando alrededor. Bordes redondeados para que no se lastime, cuidados permanentes para que se vea bien, un reducto pretendidamente seguro y abrigado, algunos lugares donde dejar recuerdos a modo de enseñanzas, y un pedestal para que observarla sea placentero. No obstante -continuó el hombre- no todo en esa vida queda encajonado, firme, como uno quiere… Más rápido que lento se comprueba que para que haya movimiento hay que inducir o dar un primer empujón para que se rompa la quietud de esa figura, algo así como enseñarle a dar los primeros pasos. Logrado el propósito, hay que ver hasta dónde llega, y esperarla con los brazos abiertos en esa corrida inaugural. Lo mismo -acaso- que en el resto de la vida: un motivo, un deseo, y una meta a la que quiera llegar, ha de contar con ese primer envión. Como en esas vueltas que da la danzarina mientras tiene cuerda, ella dará algunos pasos seguros y otros no tanto, avanzará en sus quehaceres, verá desde distintas perspectivas lo que hay a su alrededor, y al cabo de un tiempo se detendrá, esperando a que llegue un nuevo estímulo, le den más cuerda para escuchar la música y vuelva a andar.”
El silencio entre las habitaciones provocó que los invitados también pensaran en sus cajitas musicales hasta que el escultor volvió a levantar su voz, como si fuera a dar más golpes de cincel. “…Reconozco que hubo momentos en los que olvidé mover la manivela… otras veces lo recordé, pero preferí no hacerlo para que se quedara allí, inmóvil, y no se lanzara a caminar, porque temía que se hiciera daño… y en muchas ocasiones debo haber girado mal la manijita -quizá al revés- porque yo quería que anduviera, y no se movía”.
Quienes lo escuchaban decidieron intervenir, pusieron más atención en el adorno que miraba desde un viejo aparador, y comenzaron a sumarle sus opiniones: que se notaba que había sido cuidadoso, que la bailarina estaba impecable, que los cajoncitos tenían mil alegrías y algunos llantos de emoción, y que los engranajes del mecanismo se veían bien lubricados, como nuevos.
El hombre asintió cada comentario y al final agregó: “La música… nunca entendí lo de la música… Si las notas marcadas por esos puntos en relieve son siempre las mismas, cómo es que con el paso del tiempo, oigo otras melodías...”
Su mujer, que había escuchado todo, sugirió tiernamente: “es que la bailarina creció y empezó a tocar su música, dejó de ser conducida para convertirse en la conductora, y si bien aún necesita que le demos algún impulso, que giremos la cuerda, ahora sigue andando sola por más tiempo…”.
“Ciertamente...”, sostuvo él.

Mientras pensaba si no sería tiempo de que la tapa de la cajita de música quedara abierta para siempre.