Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

SOL DE OTOÑO

Las historias de princesas -tal como las conocemos desde tiempo inmemorial- suelen tener más o menos los mismos paradigmas.
Se las describe como una pequeña muy bella, tempranamente desangelada por alguna envidia maléfica, y un derrotero posterior de situaciones complicadas, hasta la aparición redentora de un bonito príncipe, de corazón noble, que la amará por toda la eternidad.
Pero claro, esas son las princesas de los cuentos…

Este relato, sin embargo, habla de Una que excede la fantasía y que se ha materializado como tal hace pocos años. Desde ese momento se supo que su condición pertenecía a la realeza, y no porque tuviera coronita. Más bien se lo determinó por lo singular de su mirada y por la enorme dulzura que de ella brotaba. Sus primeros movimientos confirmaron su alcurnia y sin que mediara comentario alguno, quienes la observaban o simplemente la veían pasar, suspiraban aquella afirmación: “Es una princesa…”
No transcurrió demasiado tiempo para que a esa consideración se le sumara otra acerca de la luz interior que emanaba, tan potente, que todos coincidían en asemejarla al Sol. Y si el astro es rey, ella se manifiesta como su descendencia.
Gracias a Dios, y al contrario de los cuentos, Ella no resultó alcanzada por los impulsos que persiguieron a Encantada, Aurora, o Cenicienta, aunque soliera caer en manos de un gato con mocos y tos, cuyos influjos lograba disipar a fuerza de distintos vapores mágicos y elixires con sabor a duraznos.
De pequeña demostró notabilísimas elasticidades y fina elegancia para hacer girar y volar su cuerpito, como si se tratara de una súper-heroína con poderes danzarines heredados de su Reina Madre. Conforme pasan los días, crecen y crecen sus cabellos color miel y castañas que tan cuidadosamente mantienen entre ambas. Es pasar el cepillo y ver cómo millares de puntos luminosos dan vida a ese mar -a veces enredado y bravío- que lleva suelto y al viento, o entrelazado.
Cálida e inteligente, tan sensible como segura de sus sentimientos, amiga de las olas y la arena, esta moderna Rapunzel, debió lidiar un tiempo con su núcleo de expresión en lo que algunos libros de medicina ya extraviados llamaron “La Batalla de las Enemígdalas”. Fue necesario el auxilio de los tronos celestiales y las ciencias terrestres, pero finalmente se alzó con la victoria, y su luminosidad -ese día- fue más radiante.
Siempre muestra una gran armonía con sus familiares y amigos, tanto como con aquellos que circunstancialmente atraviesan sus días. Y siente como propias las manifestaciones más puras de la naturaleza. No hay diferencias en sus expresiones a lo largo de los años: auténtica y amorosa como una acción instintiva, así como observadora y aguerrida cuando la situación lo requiere.
Y si debe enfrentar -como toda princesa- a un conjuro de tristeza, saca de abajo de su manto violeta y rosa su mejor arma: una estruendosa carcajada que da por tierra con todos los cíclopes dispuestos a enfrentarla.
Es de esperar que en el futuro -así como en los libros, también en la realidad- aparezca algún príncipe que le pida bailar en el centro del salón y que pretenda darle un beso de amor.

“Tranquila princesa” recordará que alguna vez le dijeron en sueños, “allí estará un guardián, con su pluma en la mano, para velar por las palabras que se escriban en los próximos renglones de tu vida, deseándote un final feliz”.