Las historias de princesas -tal como las
conocemos desde tiempo inmemorial- suelen tener más o menos los mismos
paradigmas.
Se las describe como una pequeña muy
bella, tempranamente desangelada por alguna envidia maléfica, y un derrotero
posterior de situaciones complicadas, hasta la aparición redentora de un bonito
príncipe, de corazón noble, que la amará por toda la eternidad.
Pero claro, esas son las princesas de los
cuentos…
Este relato, sin embargo, habla de Una
que excede la fantasía y que se ha materializado como tal hace pocos años.
Desde ese momento se supo que su condición pertenecía a la realeza, y no porque
tuviera coronita. Más bien se lo determinó por lo singular de su mirada y por
la enorme dulzura que de ella brotaba. Sus primeros movimientos confirmaron su
alcurnia y sin que mediara comentario alguno, quienes la observaban o
simplemente la veían pasar, suspiraban aquella afirmación: “Es una princesa…”
No transcurrió demasiado tiempo para que a
esa consideración se le sumara otra acerca de la luz interior que emanaba, tan
potente, que todos coincidían en asemejarla al Sol. Y si el astro es
rey, ella se manifiesta como su descendencia.
Gracias a Dios, y al contrario de los
cuentos, Ella no resultó alcanzada por los impulsos que persiguieron a
Encantada, Aurora, o Cenicienta, aunque soliera caer en manos de un gato
con mocos y tos, cuyos influjos lograba disipar a fuerza de distintos vapores
mágicos y elixires con sabor a duraznos.
De pequeña demostró notabilísimas
elasticidades y fina elegancia para hacer girar y volar su cuerpito, como si se
tratara de una súper-heroína con poderes danzarines heredados de su Reina
Madre. Conforme pasan los días, crecen y crecen sus cabellos color miel y
castañas que tan cuidadosamente mantienen entre ambas. Es pasar el cepillo y
ver cómo millares de puntos luminosos dan vida a ese mar -a veces enredado y
bravío- que lleva suelto y al viento, o entrelazado.
Cálida e inteligente, tan sensible como
segura de sus sentimientos, amiga de las olas y la arena, esta moderna
Rapunzel, debió lidiar un tiempo con su núcleo de expresión en lo que algunos
libros de medicina ya extraviados llamaron “La Batalla de las Enemígdalas”. Fue
necesario el auxilio de los tronos celestiales y las ciencias terrestres, pero
finalmente se alzó con la victoria, y su luminosidad -ese día- fue más
radiante.
Siempre muestra una gran armonía con sus
familiares y amigos, tanto como con aquellos que circunstancialmente atraviesan
sus días. Y siente como propias las manifestaciones más puras de la naturaleza.
No hay diferencias en sus expresiones a lo largo de los años: auténtica y
amorosa como una acción instintiva, así como observadora y aguerrida cuando la
situación lo requiere.
Y si debe enfrentar -como toda princesa- a
un conjuro de tristeza, saca de abajo de su manto violeta y rosa su mejor arma:
una estruendosa carcajada que da por tierra con todos los cíclopes dispuestos a
enfrentarla.
Es de esperar que en el futuro -así como
en los libros, también en la realidad- aparezca algún príncipe que le pida
bailar en el centro del salón y que pretenda darle un beso de amor.
“Tranquila princesa” recordará que
alguna vez le dijeron en sueños, “allí estará un guardián, con su pluma en
la mano, para velar por las palabras que se escriban en los próximos renglones
de tu vida, deseándote un final feliz”.
