Había una vez un ángel que existió desde siempre y durante toda esa eternidad se preguntó cuándo Dios iba a decidir enviarlo a la tierra y, más aún, con qué propósito lo haría, pues estaba seguro de que eso algún día sucedería. Como en el cielo no hay días, ni horas, ni minutos, ni segundos, el ángel pensó que su misión podría ser transformarse en relojero. De ese modo, imaginó que una vez corporizado, podría crear un sistema para contar el tiempo y guardarlo en algún aparato para que todos pudieran ver cuánto habían tardado en hacer algo, cuánto se habían adelantado en dar una noticia, qué tarde o temprano habían llegado a una cita, o qué tiempo les había llevado darse cuenta de que lo único importante es amar a los demás. Así, esperó un tiempo sin tiempo, y entretanto conoció al Conejo Blanco que vivía en el País de las Maravillas y frecuentemente era perseguido por un reloj, como si las cuestiones de la vida de todos los días lo corrieran y atormentaran, algo con lo que también había tenido que lidiar Alicia. El ángel también se reunió por un rato (aunque nunca supo cuánto) con El Mono Relojero, del que le gustaron su sombrero y el trajecito de jardinero que usaba. El personaje le confesó que con su Reloj Mágico de Pulsera había peleado contra malévolos, ladrones y otros malhechores. Además, le aseguró que con el "Reloj Mágico de Pie" que le había regalado Misia Pepa viajó por el tiempo y el espacio, protagonizando aventuras con todo tipo de seres, inclusive piratas. Llegado el momento, y sin saber cuánto había transcurrido hasta entonces, escuchó la voz de un serafín (que es de los ángeles que están más cerca de Dios) diciéndole que se acercara porque el instante de partir -finalmente- había llegado. Con mucha dulzura, una corte de querubines lo condujo hasta un sitio del que emanaba una poderosa luz muy blanca y desde la cual oyó que una voz firme y amorosa le encomendaba ir al mundo de las personas. Sin embargo, nada le advertían sobre su tarea, por lo que -con mucha prudencia- preguntó al respecto. La Voz Altísima le dijo que no iba a revelárselo porque debía descubrirlo por sí solo. Sorprendido por la respuesta, pero con mucha alegría, dispuso sus alas y se entregó al vuelo directo de una cigüeña dorada que lo llevó a una familia que, sin saber de quién se trataba, siempre lo sintió como tal. Al crecer y comprender como humano, el ex ángel vio que no todo lo que él había supuesto se confirmaba y sobretodo con respecto a lo que él creía que iba a ser su misión. La gente tenía relojes por todos lados: en la muñeca, en el celular, colgados en la pared, coronando torres, en las iglesias, en la televisión y en la computadora. Todo se sabía en qué momento exacto se había hecho o se iba a hacer. Se agendaban acontecimientos y turnos para el doctor, había horarios para ir a comprar, para ir al colegio, para trabajar, y hasta para ir a misa. Vio entonces que hacer algo para medir el tiempo era perder el tiempo y envuelto ya en no querer que se le escurran sus días como agua entre las manos se puso como nueva meta ver para qué servía el tiempo. Si bien al llegar a la tierra sus alas habían desaparecido, el ángel de la constelación Ariana aprendió a volar sin ellas. Su familia lo ayudaba permanentemente aún sin saber el porqué de esos movimientos, algo que a veces agradecía con carcajadas y otras, con sollozos, pero siempre agradecía, inclusive cuando se quedaba en silencio. Así aprendió a relacionarse con muchas otras personas y a todas las estudió en secreto para su nuevo cometido. Hizo anotaciones en una libretita con cada una y sin que lo advirtieran demasiado a todas fue dándoles lecciones sobre el tiempo con su sola presencia, con su actitud, con su mirada, con su cuerpo a veces dolido, con sus manos blancas y también con los berrinches de un ángel que por un tiempo se vistió de humano. A algunos les hizo saber que los necesita siempre. A otros les reclamó al menos un rato. A más de uno le transmitió que cada segundo sin amar es un segundo perdido. Y a varios les susurró en sueños que no los quería ver llorar, nunca. Con algunos se animó a compartir largas horas y con otros prefirió soportarlos sólo unos minutos. Y conforme sus días fueron sumándose y se transformaron en años repartió alegrías, preocupaciones, esperanzas y verdades, que no pocos rechazaron ver. Así por ejemplo, el ex ángel fue al colegio, se relacionó con otros seres celestiales disfrazados de hijos y los convirtió en amiguitos, disfrutó lugares de vacaciones, tuvo los nervios de punta cada vez que tenía que visitar al doctor y paseó por algunos shoppings con su familia, sin perder de vista que cada una de esas actividades también a él le explicaban de algún modo para qué sirve el tiempo. Así recordó que un día caminando entre las nubes se encontró con John Lennon y el músico se sacó por un instante sus lentes y le escribió en una tarjeta “la vida es eso que te pasa mientras estás ocupado haciendo otras cosas” para que él lo transmitiera a todos con cuantos se encontrara. Y también hizo memoria de cuando -no hace mucho- el flaco Spinetta le confió tan seguro como al tocar la guitarra: “Presiento que el tiempo nos mira”. A pocos años de honrar la vida en este mundo mortal, el ángel seguía con sus lecciones y de a poco fue alcanzando a todos con su paz, su dulzura y sus enseñanzas. A uno de los últimos en tocar con su luz le enseñó que muchas veces puede parecer tarde para hacer nuevas cosas pero que igualmente hay que hacerlas de esa forma nueva; también que alguien puede resistirse al amor incondicional durante determinado tiempo, pero al fin y al cabo la resistencia cederá ante esa fuerza extraordinaria y lo verá tal cual es; y de ese mismo tomo de sabiduría le mostró que más vale abrazar durante unos segundos que establecer distancias para no sufrir. Cuentan en distintos lugares de la ciudad que el ángel sigue rodando su vida, como le enseñó Fito Páez hace un tiempito, contento y feliz, sin mirar ningún reloj. Sabiendo que como en los viejos relojes de las estaciones de trenes, esos enormes monumentos al tiempo, cada rueda con sus engranajes es importante para arrastrar y enganchar a la otra, y que ese movimiento conjunto, paciente, infinito, armónico, es lo que le da el ritmo exacto a cada aguja, lo mismo que andar en la vida, unidos con aquellas personas que también nos hacen parte de las suyas para sentirnos partícipes de un mismo movimiento. Y que tal como alguna vez le contó Carlitos Chaplin -después de mirar la película “Tiempos Modernos” en el cine del cielo- “El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto”. Por eso él sigue volando alto, aun sin alas, para seguir con su mandato y bendecir a todo aquel que se deje alcanzar por su amor, sin importar la hora que sea.
