Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

ANGEL DE LA GUARDIA

“Avisá que me tomo vacaciones”. La frase sonó tan rara como lacónica. Por desacostumbrada, se transformó en inapelable.
La mujer levantó el tubo del teléfono y llamó. Del otro lado, la misma sorpresa, aunque la época ameritara el pedido. Es que nunca esas cinco palabras habían tenido un sentido tan implícitamente significativo.
Don Antonio sintió su cuerpo cansado, golpeado, como en esas noches en las que veía en el Luna Park a un boxeador grogui, a punto de caer. Con una indicación hizo que la chicharra marcara el fin de un duro round, deseando el auxilio desde el rincón. Y llegaron los segundos, con los elementos para darle la esperanza de seguir peleando.
Mientras procuraban acercarle el banquito, la toalla y el agua, bajaron la persiana del almacén y colgaron el cartelito. Un puertas adentro forzado y la necesidad de encontrar alguna explicación, recluyeron también a los integrantes de su familia.
El hombre era de no faltar, de mantenerse firme en sus compromisos. Le rendía verdadero culto a la ceremonia de atender a su clientela. Eran simples desconocidos, amigos, ex amigos, enemigos, y parientes. Todos llegaban al mostrador con alguna necesidad y se iban con una solución. Escuchaba, recomendaba, y hasta exigía cierta respuesta de quienes lo consultaban para que siguieran a pie juntillas sus anotaciones en un papel de talonario que extendía con firmeza, como si se tratara de un credo.
Jamás iba a ceder en lo que creía, y se mostraba inclusive parco si a alguno se le ocurría contradecirlo. Un tano pura cepa, que aprendió del esfuerzo de sus antecesores y lo hizo propio para forjarse desde joven un lugar en el barrio y en la preferencia de los vecinos. No dudó en retrasar el casorio con su amor de toda la vida hasta que el boliche estuviera terminado y funcionando, algo que le llevó bastante tiempo. Para ello contó con la inestimable colaboración de la paciente joven que confiaba a ciegas en lo que él decía.
El almacén de don Antonio estaba abierto todo el año y habitualmente era bastante concurrido. Había quienes repetían horarios, como si cumplieran con un turno asignado; los que iban a cualquier hora, como si los apremiara una urgencia; o los que lo llamaban por alguna duda. Le costaba tomarse unos días para descansar, por eso el desconcierto cuando anunció que se las tomaba. Una contracción al trabajo que le recriminaron una vida, pero el tipo seguía.
Por un tiempo reinó el desconcierto. Todos se preguntaban cómo superar ese momento crítico, si debían continuar arriba del ring o bajar al ringside, si facilitarle todos los medios para que siguiera algunos asaltos más, o si lo más conveniente sería tirar la toalla.
El hombre juzgó y ordenó -aún antes de saber que tenía que parar- todo lo que debía hacer, aunque su tozudez le escondiera algunas cartas y lo pusiera en un sitio tan incómodo como injustificado. Desde joven lució pelo canoso, y esa imagen le daba un aire sabio y venerable. Acaso por eso tuvo el resto suficiente para indicar que podía seguir… Y los segundos sintieron que debían retirar el banquito, bajar la escalerita y continuar mirando el combate.
Mientras se sucedían algunos rounds más, todos advirtieron que el final de la lucha podía precipitarse. Del otro lado tiraban piñas sin parar y los magullones empezaban a notarse. Sin embargo, la entereza demostrada en aquella decisión no dejó resquicios para cuestionamientos. Inclusive a los que tuvieron ganas de llamarle la atención se les hizo un nudo en la garganta, y en vez de contarle que perdía por puntos, prefirieron pensar en un directo al mentón que lo salvara de la paliza y lo consagrara campeón.
Se esperaba un milagro, ciertamente. Pero en un estado casi inconsciente y hasta de resignación.
El almacén siguió cerrado por vacaciones, pero se supo que en algunos casos la cortina de metal se abría un poquito y don Antonio atendía desde adentro, recluido en su habitación, cada vez más pequeña, más íntima. Como siempre, casa y laburo, todo en el mismo ámbito.
La lucidez de tantos años empezó a empañarse y como el aliento contra un vidrio, aparecía y desaparecía, dejaba marcas que se prestaban al garabato más que al recuerdo. En el rincón del viejo supusieron que era cuestión de tiempo y acordaron que lo guardarían para evitarle más penumbras. Entendieron que el almacén ya no volvería a abrir y sin querer pero queriendo, empezaron a acomodar las cajas que se habían amontonado, para vislumbrar cómo continuar después del cierre definitivo.
Conocedor del paño como pocos, don Antonio -que tenía encima miles de peleas como esa- advirtió los movimientos del rival, y quizá antes que todos supo que el último campanazo no lo tendría junto al árbitro levantándole la mano.
Como pudo y mientras pudo se las rebuscó para gritar silenciosamente cada gol de River, al que quiso fanáticamente desde sus primeros días en las casas de chapa y madera de La Boca.
Como pudo y mientras pudo acarició a sus entrañables nietos sin que se le escapara una sola lágrima, con el ansia que alimentó su ilusión de disfrutarlos, lo mismo que a cada rincón de la casa de Villa Domínico que con mucho esfuerzo, acondicionó de grande.
Como pudo y mientras pudo recorrió imaginariamente las calles de Lanús que lo conocían de memoria y las veredas que cada tanto le mojaban los pantalones con alguna baldosa floja para hacerlo rabiar un rato.
Como pudo y mientras pudo se amparó enhiesto en su Rocinante de gomaespuma, ahuyentando fantasmas, enfrentando molinos y escuchando perros donde había cuadros con paisajes, una colección de cucharitas de té en una lujosa repisa y un loro enjaulado del que terminó haciéndose amigo.
Los hijos lo madrugaron más de una vez y no le contaron que habían visto las tarjetas del jurado con números en rojo, nada alentadores, condenatorios. Las nueras sufrieron la velada en segunda fila, sosteniendo a los que estaban adelante y resguardando las angustias de sus hijos que -un poco más atrás- preguntaban por el futuro del abuelo. Los clientes, igual llamaban, esperando que esta vez pudieran ser ellos los que dieran la solución, como tantas veces habían experimentado, pero terminaban la comunicación con más desasosiego que al principio.
Don Antonio hizo aún más grande su leyenda y la transformó en legado. Desde su condición ya sentenciada, se quitó los guantes y los pasó a su descendencia. Quería perpetuar en ellos la defensa de esa corona amada, única, endeble, a la que preanunció habría que sostener y enderezar, como a su corva columna vertebral.
Los movimientos ya no fueron tales, y los dolores quedaron anestesiados. Cerró los ojos por última vez y durmió sabiendo que empezaba sus vacaciones. Contrariamente a tantos años de discusiones, su séquito deseó que las retrasara un poco, pero esta vez no hubo caso. Nuevamente el tano se salió con la suya. De madrugada (cosa rara en estos días) un barrilete se soltó del ovillo y voló hacia la nube más alta sin atascarse en ninguna rama, libre, etéreo. En tanto, abajo se repetían (como sollozos de niños al perder un cometa) los ritos humanos que trasuntan tristeza, preguntándose por qué o ahora cómo sigo, recordando a la velocidad de la luz las postales de lo que fue, tejiendo mil veces los puntos que enhebran una vida.
El gong había sonado inexorable, seco, vacío de púgil al que aplaudir. El público, sabio de mil noches, abandonó el estadio y la soledad apareció súbita en escena, pero la espantaron. Los viejos y los nuevos clientes del almacén de don Antonio se juramentaron volver aunque la persiana siguiera baja, aunque al cartel del “cerrado por vacaciones” le cambiaran una palabra. Y los propios, tras escuchar por última vez “segundos afuera” volvieron a instalarse en el lugar de siempre, acaso como prenda de un pacto para continuar unidos en venideras luchas. Quizá augurándose más triunfos como este, que no hubiesen comprendido, si no fuera por la tranquilidad que les daba haberlo dejado todo para sostener al león herido hasta la exhalación final.
Ahora, una ventana abierta deja pasar la luz hacia el nuevo puesto de atención que encontró el viejo, subido al barrilete, como un ángel sin alas, haciendo guardia con un ambo blanco de médico pediatra.



A la memoria del Dr. Leonardo Parisi.