“Avisá que me tomo vacaciones”. La frase sonó tan rara como lacónica. Por desacostumbrada, se
transformó en inapelable.
La mujer levantó el tubo del
teléfono y llamó. Del otro lado, la misma sorpresa, aunque la época ameritara
el pedido. Es que nunca esas cinco palabras habían tenido un sentido tan implícitamente
significativo.
Don Antonio sintió su cuerpo
cansado, golpeado, como en esas noches en las que veía en el Luna Park a un
boxeador grogui, a punto
de caer. Con una indicación hizo que la chicharra marcara el fin de un duro
round, deseando el auxilio desde el rincón. Y llegaron los segundos, con los
elementos para darle la esperanza de seguir peleando.
Mientras procuraban
acercarle el banquito, la toalla y el agua, bajaron la persiana del almacén y
colgaron el cartelito. Un puertas
adentro forzado y la
necesidad de encontrar alguna explicación, recluyeron también a los integrantes
de su familia.
El hombre era de no faltar,
de mantenerse firme en sus compromisos. Le rendía verdadero culto a la
ceremonia de atender a su clientela. Eran simples desconocidos, amigos, ex
amigos, enemigos, y parientes. Todos llegaban al mostrador con alguna necesidad
y se iban con una solución. Escuchaba, recomendaba, y hasta exigía cierta
respuesta de quienes lo consultaban para que siguieran a pie juntillas sus
anotaciones en un papel de talonario que extendía con firmeza, como si se
tratara de un credo.
Jamás iba a ceder en lo que
creía, y se mostraba inclusive parco si a alguno se le ocurría contradecirlo.
Un tano pura cepa, que aprendió del esfuerzo
de sus antecesores y lo hizo propio para forjarse desde joven un lugar en el
barrio y en la preferencia de los vecinos. No dudó en retrasar el casorio
con su amor de toda la vida hasta que el boliche estuviera terminado y
funcionando, algo que le llevó bastante tiempo. Para ello contó con la
inestimable colaboración de la paciente joven que confiaba a ciegas en lo que
él decía.
El almacén de don Antonio
estaba abierto todo el año y habitualmente era bastante concurrido. Había
quienes repetían horarios, como si cumplieran con un turno asignado; los que
iban a cualquier hora, como si los apremiara una urgencia; o los que lo
llamaban por alguna duda. Le costaba tomarse unos días para descansar, por eso
el desconcierto cuando anunció que se
las tomaba. Una contracción
al trabajo que le recriminaron una vida, pero el tipo seguía.
Por un tiempo reinó el
desconcierto. Todos se preguntaban cómo superar ese momento crítico, si debían
continuar arriba del ring o bajar al ringside, si facilitarle todos los medios
para que siguiera algunos asaltos más, o si lo más conveniente sería
tirar la toalla.
El hombre juzgó y ordenó -aún antes de
saber que tenía que parar- todo lo que debía hacer, aunque su tozudez le
escondiera algunas cartas y lo pusiera en un sitio tan incómodo como
injustificado. Desde joven lució pelo canoso, y esa imagen le daba un aire sabio
y venerable. Acaso por eso tuvo el resto suficiente para indicar que podía
seguir… Y los segundos sintieron que debían retirar el banquito, bajar la
escalerita y continuar mirando el combate.
Mientras se sucedían algunos
rounds más, todos advirtieron que el final de la lucha podía precipitarse. Del
otro lado tiraban piñas sin parar y los magullones empezaban a notarse. Sin embargo,
la entereza demostrada en aquella decisión no dejó resquicios para
cuestionamientos. Inclusive a los que tuvieron ganas de llamarle la atención se
les hizo un nudo en la garganta, y en vez de contarle que perdía por puntos,
prefirieron pensar en un directo al mentón que lo salvara de la paliza y lo
consagrara campeón.
Se esperaba un milagro,
ciertamente. Pero en un estado casi inconsciente y hasta de resignación.
El almacén siguió cerrado
por vacaciones, pero se supo que en algunos casos la cortina de metal se abría
un poquito y don Antonio atendía desde adentro, recluido en su habitación, cada
vez más pequeña, más íntima. Como siempre, casa y laburo, todo en el mismo
ámbito.
La lucidez de tantos años
empezó a empañarse y como el aliento contra un vidrio, aparecía y desaparecía,
dejaba marcas que se prestaban al garabato más que al recuerdo. En el rincón
del viejo supusieron que era cuestión de tiempo y acordaron que lo guardarían
para evitarle más penumbras. Entendieron que el almacén ya no volvería a abrir
y sin querer pero queriendo, empezaron a acomodar las cajas que se habían
amontonado, para vislumbrar cómo continuar después del cierre definitivo.
Conocedor del paño como
pocos, don Antonio -que tenía encima miles de peleas como esa- advirtió los
movimientos del rival, y quizá antes que todos supo que el último campanazo no
lo tendría junto al árbitro levantándole la mano.
Como pudo y mientras pudo se
las rebuscó para gritar silenciosamente cada gol de River, al que quiso
fanáticamente desde sus primeros días en las casas de chapa y madera de La
Boca.
Como pudo y mientras pudo
acarició a sus entrañables nietos sin que se le escapara una sola lágrima, con
el ansia que alimentó su ilusión de disfrutarlos, lo mismo que a cada rincón de
la casa de Villa Domínico que con mucho esfuerzo, acondicionó de grande.
Como pudo y mientras pudo
recorrió imaginariamente las calles de Lanús que lo conocían de memoria y las
veredas que cada tanto le mojaban los pantalones con alguna baldosa floja para
hacerlo rabiar un rato.
Como pudo y mientras pudo se
amparó enhiesto en su Rocinante de gomaespuma, ahuyentando fantasmas, enfrentando
molinos y escuchando perros donde había cuadros con paisajes, una colección de
cucharitas de té en una lujosa repisa y un loro enjaulado del que terminó
haciéndose amigo.
Los hijos lo madrugaron más
de una vez y no le contaron que habían visto las tarjetas del jurado con
números en rojo, nada alentadores, condenatorios. Las nueras sufrieron la
velada en segunda fila, sosteniendo a los que estaban adelante y resguardando
las angustias de sus hijos que -un poco más atrás- preguntaban por el futuro
del abuelo. Los clientes, igual llamaban, esperando que esta vez pudieran ser
ellos los que dieran la solución, como tantas veces habían experimentado, pero
terminaban la comunicación con más desasosiego que al principio.
Don Antonio hizo aún más
grande su leyenda y la transformó en legado. Desde su condición ya sentenciada,
se quitó los guantes y los pasó a su descendencia. Quería perpetuar en ellos la
defensa de esa corona amada, única, endeble, a la que preanunció habría que
sostener y enderezar, como a su corva columna vertebral.
Los movimientos ya no fueron
tales, y los dolores quedaron anestesiados. Cerró los ojos por última vez y
durmió sabiendo que empezaba sus vacaciones. Contrariamente a tantos años de
discusiones, su séquito deseó que las retrasara un poco, pero esta vez no hubo
caso. Nuevamente el tano se salió con la suya. De madrugada (cosa rara en estos
días) un barrilete se soltó del ovillo y voló hacia la nube más alta sin
atascarse en ninguna rama, libre, etéreo. En tanto, abajo se repetían (como
sollozos de niños al perder un cometa) los ritos humanos que trasuntan
tristeza, preguntándose por
qué o ahora cómo sigo, recordando a
la velocidad de la luz las postales de lo que fue, tejiendo mil veces los
puntos que enhebran una vida.
El gong había sonado inexorable, seco, vacío de
púgil al que aplaudir. El público, sabio de mil noches, abandonó el estadio y
la soledad apareció súbita en escena, pero la espantaron. Los viejos y los nuevos
clientes del almacén de don Antonio se juramentaron volver aunque la persiana
siguiera baja, aunque al cartel del “cerrado
por vacaciones” le cambiaran
una palabra. Y los propios, tras escuchar por última vez “segundos afuera”
volvieron a instalarse en el lugar de siempre, acaso como prenda de un pacto
para continuar unidos en venideras luchas. Quizá augurándose más triunfos como
este, que no hubiesen comprendido, si no fuera por la tranquilidad que les daba
haberlo dejado todo para sostener al león herido hasta la exhalación final.
Ahora, una ventana abierta
deja pasar la luz hacia el nuevo puesto de atención que encontró el viejo,
subido al barrilete, como un ángel sin alas, haciendo guardia con un ambo
blanco de médico pediatra.
A
la memoria del Dr. Leonardo Parisi.
