Comentan con tono de indiscutible los sabelotodo que suelen
acodarse en los mostradores de estaño de cualquier barcito, que todo adulto es
fiel reflejo de lo que aprendió en su niñez. Claro que, sin dudar de esos
conocimientos, puede señalarse que en algunos casos la generalización pareciera
extrema, porque mientras unos aprendieron mucho, otros un poco, y varios casi
nada. Inclusive están los que -en medio de los curiosos vericuetos del
aprendizaje- sólo se quedaron con una
lección.
Tal es el caso de Elmer Angulo Gonia. El tipo se había grabado a
fuego en sus años escolares que “la
distancia más corta entre dos puntos es una línea recta”. Así se hizo
devoto de ese postulado de la geometría de Euclides, al tiempo que no dejaba de
rezar para sí que “una diagonal es todo
segmento que une dos vértices no consecutivos de un polígono”. Y durante
muchos años, lo que es decir toda su vida, dibujó incontables figuras
geométricas cerradas, formadas por lados,
para trazar finalmente esa unión, a la que miraba regocijado.
Le causaba placer tomar una regla, pero detestaba el compás. Para
sus numerosos ejercicios, usaba cuadernos sin espiral y carpetas de bordes a
noventa grados, pero sin ganchos. Se peinaba con raya, al costado o al medio
pero raya al fin, como si un hachazo hubiera separado su cabellera en dos. Sus
ropas lucían bien planchadas y con los pliegues marcados, solía vestir camisas
a cuadros simples o escocesas, y en días de frío se ponía un pulóver escote en v.
Alto, espigado, de barba puntiaguda y calvicie algo avanzada desde
temprana edad, permanentemente pretendió con tijeras y poco éxito, emparejar la
apariencia oval que esos rasgos le daban a su rostro. No miraba el sol, y
prefería la lluvia intensa, oblicua, pero sin paraguas. Bisectriz se enamoraba cada mañana mirando el horizonte y
refunfuñaba si los utensilios no se alineaban simétricos sobre la mesa
rectangular, con platos cuadrados. Muy preciso y cumplidor de todo horario,
nunca tuvo un problema con los relojes, sólo que no podían ser redondos y usaba
únicamente los de agujas, para recordar a cada instante eventos de
trigonometría. Sus diplomas no se enrollaban, se colocaban en cuadros. Se
sintió identificado con Jack Nickolson en Mejor
imposible, porque ese personaje caminaba las baldosas de las veredas igual
que él, prolijamente, sin pisar sus contornos y con pasos medidos. Un señor
recto que jamás hubiera elegido una ventana de medio punto, que agradecía tener
puertas sin llamadores, con picaportes alargados. Optaba por tapas duras para
los libros que se compraba y huía de las cúpulas tanto como de los velódromos. Sólo
miraba las banderas en fotos para no verlas flamear o, en todo caso,
consideraba mejor tener un banderín isósceles. Usaba con placer su control
remoto para ver televisión en un 20 pulgadas muy parecido a un cuadrilátero. Habitualmente
escribía con las letras en imprenta, sobre todo las “enes” y “emes”, por sobre
las despreciables “o”, “pes” y “eses”, igual que una “ve” corta en lugar de una
“be” larga.
Tanto apego a la rectitud, hizo que él mismo no tuviera dobleces y
si bien era de pocas palabras, éstas no dejaban dudas: iban en un único sentido,
lineal, claro, cubriendo la distancia más corta entre esos dos puntos que conformaban
su boca y el oído de su interlocutor. Entre sus predilecciones, emprendía viajes
a pie -cortos o largos- con la premisa definida de unir partida y llegada
empleando menos energía y tiempo en cada ocasión. Así, se lo vio frecuentemente
apurando el paso, mientras caminaba una cuadra hacia delante y otra hacia el
costado, aprovechando cada semáforo para cruzar imprudentemente por el medio de
la acera, en franca diagonal hasta la próxima esquina.
Odiaba su nombre en la misma proporción en que amaba sus apellidos,
y entre sus pesadillas aparecían óvalos, olas, ondas sonoras y bombas. Cuando
descansaba bien, soñaba con barriletes romboides, los números uno, cuatro, y
siete, con música de triángulos, y con algunas columnas, lisas, cúbicas, sin
detalles ni ornamentos.
Creía que las personas delgadas se acomodaban mejor a su antojo
que las obesas, suponía que las galletitas de agua le caerían mejor que un
conito de dulce de leche, y por supuesto, nunca consideró cierto que la vida
fuera un ciclo. Ni bicicletas ni motocicletas, ni autos, ni aviones. A lo sumo
el vagón de un tren para transitar lejanías. Un ciudadano hecho y derecho que
no pudo menos que estudiar en la facultad de Exactas y los domingos, para
pasear, elegía caminar por el centro porteño, ida y vuelta por Diagonal Norte y
Diagonal Sur. De gusto nomás se había mudado a La Plata y de ningún modo
necesitó GPS para recorrer el diseño de sus calles.
Buen amigo de sus amigos y un querido pariente de sus parientes, el
hombre Bisectriz encontraba su mejor
forma de expresarles cariño con picadas de fiambres, a los que les quitaba sus
curvas naturales con un cuchillito muy filoso que le permitía convertirlos en numerosos
cubitos. Un ser tan sensible que se ofuscaba cuando en sentido denigrante
alguien decía que tal o cual gallego era un cuadrado. Las pocas veces que iba a
la cancha a ver a Los Andes (el
Milrayitas) se ubicaba justo detrás del arco para soportar tanto rodar de
la pelota con la vista puesta entre los tres palos, aunque cuando los cambiaron
por caños, dejó de ir.
De mirada fija en el futuro y anotaciones precisas del pasado en
mil libretas de hojas rayadas, cuidaba con esmero sus cajas de té y acomodaba
en ellas -todo lo que fuera necesario- los saquitos con el contenido de su
infusión preferida. Para él, ingresar a los baños era un suplicio: los
contornos suaves y amables de los sanitarios lo apabullaban, inclusive las
bolitas desodorante de los públicos, y sólo encontraba sosiego fijando la vista
en los cerámicos o en los azulejos, y en alguna que otra ventilación. Un hombre
ecuánime, frontal, que no se iría por la tangente y que conservaba de sus años
jóvenes la virtud de hacer la vertical sin tomarse de nada ni de nadie.
Murió de viejo, durmiendo horizontalmente, y como era natural subió
al cielo derecho, en línea recta, como si lo jalaran de un piolín, previo paso
por el cajón marrón, tan parecido a un poliedro. Dicen que supo que llegó al paraíso
porque creyó ver a un jovato bonachón, de mirada compasiva, con un triángulo
equilátero sobre su cabeza. Y que confirmó su acceso a la vida eterna cuando en
la recepción le dijeron que su tarea, de allí en más, sería medir la infinitud
del universo, con una escuadra.
