Un alma en pena deambulaba de aquí para allá cual
barrilete en el viento, sin guía ni mano alguna que tensara o aflojara el
hilo para darle dirección o atraerlo a tierra. Iba de la melancolía a la
nostalgia sin escalas. Recordaba sus días felices en vidas pasadas o en la
presente, sólo para apuñalarse, sin asestar el puntazo fatal que le
pusiera fin al dolor, como si quisiera hacerlo eterno, insoportable.
Y claro que lo lograba. Creía que ese sufrimiento
era una decisión que, como tantas otras, había tomado sin ser enteramente
libre, más por las circunstancias que por las realidades. Inclusive, parecía rechazar
los intentos de ayuda que otras almas más claras y contenedoras le brindaban,
logrando éxitos parciales en pos de su mejoría. Pero al poco tiempo aquella
tristeza volvía a ganar la batalla.
Uno de tantos días en ese limbo lejano al nirvana,
tuvo un sacudón violento, un golpe justo, un baldazo de agua fría que la
hizo reaccionar y salir de ese confortable adormecimiento en el que se había
instalado para llorar. Casi como por destino escénico, poético, o
puramente kármico, de fondo sonaba interminable una vieja canción de Pink
Floyd... y El Alma en pena se encontró con una mirada, con La Mirada.
Una serie de cataclismos hasta entonces ocultos, se
precipitó sobre ella, pero no para devastarla finalmente, sino para hacerla
reaccionar, despertar. Como era de suponer, se negó rotundamente a la
profundidad de esa mirada que la invitaba a renacer, pero ese impulso duró
poco. Tal es la fuerza avasalladora de ese rayo verde purificador.
La dulzura de esa mirada pudo más que el
desasosiego y comenzaron a dialogar. El Alma no salía de su asombro y le
preguntó dónde había estado durante
tanto tiempo, como si no recordara sus padecimientos. La Mirada le dijo
que siempre había estado allí,
encerrada en su propio laberinto, y que al momento de encontrar la
salida regresaba hacia las trampas de ese sinuoso camino.
El Alma en pena empezó a sentir ganas de salir a
caminar, a jugar, a reír. Tuvo deseos que hacía mucho consideraba tan lejanos
como el norte de su extraviada brújula. Un súbito calor se apoderó del alma que
ya se había acostumbrado al frío. Una llama de fuego que no la quemaba fue
extendiéndose desde La Mirada hasta cubrir la distancia que los mantenía
separados.
El Alma fue transformándose y por su esencia corrió
un sentimiento de libertad, de abandono de la pena. Las palabras tomaron formas
suaves, curvas, que acariciaban. Y le pareció increíble porque la costumbre la
había sumergido en gritos duros, rectos, hirientes. Lentamente
fue vaciando su cargador, ya sin pretensiones de eliminarse.
Ahora cambiaba hastío por esperanza, ceño fruncido
por comisuras sonrientes. Se aceleraron sus pulsaciones como si fuesen las de
un cuerpo, más que las de un alma, y pensó que la respuesta a sus súplicas
había llegado. La Mirada, por su parte, tenía la experiencia de haber tendido
en otras ocasiones su manto de verdad sobre otros disgustos, y no tardó en
darse cuenta del cambio que nuevamente había provocado. Se sintió feliz con el
triunfo, aunque en realidad no supo todo lo que había desencadenado. Y si bien
acordó volver seguido para continuar el tratamiento, se retiró sin tener claro
su aporte.
El Alma inició un día distinto, con otras
perspectivas, con ideas nuevas, como si le hubieran inyectado una dosis de
vida en medio de tanta muerte. Creyó firmemente en las predicciones de sus
almas amigas y pensó en el tiempo que aún faltaba para encontrarse de
nuevo con esa mirada que la había conmovido.
Fue así que ocupó todo su pensamiento, toda su
acción, todo su ser. Llevada por la inercia de provocarse momentos amargos,
intentó desalojar la iluminada presencia. Se automedicó contra nuevas desazones
y se prohibió gozar de ese momento de paz. Se repitió una y otra vez que no era
posible que algo la hubiera hecho cambiar, que las diferencias que mantenía en
distintos sentidos con La Mirada eran irreconciliables, y que sentir lo
que sentía no era conveniente ni aconsejable.
La Mirada apareció ante cada imprecación y volvió a
hacerle ver y sentir que no debía temer. El Alma, con sus mil prejuicios,
insistía en demostrarle que la razón la asistía, y La Mirada -tan sutil como
respetuosa de los procesos- la escuchaba, la aleccionaba, y le marcaba su
comportamiento que, al fin y al cabo, no era muy distinto del de otras que
habían pasado por el mismo estado.
Comprendiendo la revolución que
había generado, La Mirada se retiró. El Alma se sentó en el cordón de la
vereda y sin tregua desmenuzó cada palabra, cada llamado de atención y cada
segundo compartido con su salvadora. Pensó para sí que no podía esperar que las
soluciones a su pena le llegaran desde afuera, y supo que algo había
cambiado desde aquel encuentro. Posteriormente aventuró que podía ser esa u
otra mirada la que volviera a conmoverla, pero supo también que todavía podía
conmoverse y creer, algo que hasta la aparición de La Mirada, no figuraba en su
menú de posibilidades.
Alertada y dispuesta al nuevo porvenir y a la nueva
felicidad, en un instante mágico, El Alma decidió preparar unos mates y rezó
para que pronto fueran compartidos.
