Partido de ida y vuelta. Con las pulsaciones a mil
en medio de las estridencias de un técnico que no paraba de dar indicaciones.
Hasta que el silencio se apoderó de todo el lugar al escuchar el ruido a roto,
quebrado.
Se habían conocido en el mismo club cuando uno ya era titular y el otro
intentaba demostrar que podía ser importante para el equipo. El primero estaba
instalado entre sus compañeros por su trabajo dentro de las canchas, por su
permanente predisposición a ser jugador y aguatero, ajeno a las valoraciones
superlativas que de él hacían. El segundo cargaba un recorrido por distintos
lugares donde no lo habían tenido en cuenta. Con el tiempo fue incorporándose
al grupo donde sus compañeros subrayaban sus virtudes y disimulaban sus
debilidades.
Llamativamente, quien más procuraba subirle la autoestima al nuevo
jugador era aquel a quien él veía como su competencia. Pero tanto fue el cántaro
a la fuente que al final terminó por creerle sus buenas intenciones y se
hicieron amigos. Compartieron muchos años de carrera de ese modo, sin que
faltaran las rispideces propias de una convivencia que, en el fondo, aquel
novato nunca dejó de considerar competitiva.
Algunos logros de aquel y el segundo lugar en el que decidió instalarse
éste hicieron crecer, seguramente sin querer, un resentimiento que de a poco
fue haciéndose carne. Así supuso que una forma de ser valorado era ser titular
indiscutido en el lugar de quien lo había impulsado a ser cada entrenamiento,
cada partido, un jugador mejor.
Y en ese fútbol reducido de los viernes con miras al partido del fin de
semana, no tuvo mejor idea que ir a buscar las piernas de ese rival que solo
existía en su mente. Ese jugador de un ida
y vuelta permanente, como le gusta tener a miles de técnicos, sabía que su
compañero de equipo tenía resquemores hacia él y que la relación que mantenían
ya no era la misma. Pero jamás sospechó ese segundo crucial. La pelota cayó en
su dominio y empezó a subir por el lateral derecho. Su oponente fue acortándole
camino hasta llevarlo contra la línea de cal. Uno fue liviano, sin armar el
cuerpo para una jugada fuerte. El otro sin piedad, y levantó su botín a la
altura de la tibia y el peroné.
…el silencio se apoderó de todo el lugar al escuchar el ruido a roto,
quebrado.
Increíblemente no hubo grito ni exclamación de dolor por el duro cruce,
pero la humanidad del lesionado quedó a la vista de todos. La pierna se había
partido en dos. Al acercarse para auxiliarlo vieron que lo único que hacía
aquel futbolista era tocarse el pecho a la altura del corazón. Lo atendieron
los médicos y lo llevaron al hospital, donde días después fue sometido a una
cirugía reparadora de ambos huesos.
El suplente adujo mala fortuna y admitió a regañadientes que fue
demasiado duro el cruce, pero para sí se decía que bien merecido estaba por
todos los sinsabores que el otro le había provocado.
Y fue titular. Logró ese puesto de preponderancia que tanto había
anhelado y fue aplaudido por muchos de los tribuneros de ocasión que no
conocían el motivo de su ascenso. Se sintió importante, valorado. Gozó de hacer
lo que quería y como quería dentro de la cancha. Y no cedió a los numerosos
pedidos que sus compañeros le hacían para que se acercara al lesionado y le
pidiera disculpas. Claro, pensaba que eso hubiera significado reconocer la
intención de dañarlo.
Se instaló en esa situación y le gustó. Empezó a codearse con las mieles
del éxito, jamás extrañó a su compañero como el equipo sí decía extrañarlo. Se
olvidó de las veces que lo habían aconsejado, acompañado, ayudado. Y ni
siquiera se dio una vuelta por la cama 1002 en la que yacía -enyesado y
dolorido- su ex impulsor.
El otro recibió a diario la visita de los integrantes del equipo, e
inclusive supo de la solidaridad que le expresaron algunos que sólo conocía de
lejos, de otros equipos. Su recuperación fue penosa. Los especialistas no
dejaban de sorprenderse por la lentitud con la que se le soldaban los huesos al
fracturado futbolista. El cayo no se formaba. Un día parecía que sí, que ya
estaba. Y al siguiente, se soltaba otra vez.
Alarmado por la situación casi inédita, uno de los médicos consultó por
el supuesto accidente en la cancha a quienes lo habían atendido en ese primer
momento. Ellos refirieron, desconcertados como entonces, que no hubo grito ni
exclamación de dolor sino solamente el hecho de que el lesionado se tocara el
pecho a la altura del corazón. El experto en huesos decidió sobre la marcha
hablar con su paciente y consultarlo sobre esa actitud.
El futbolista le confió:
- En ese momento me dolió más el corazón que la pierna. No me partió
dos huesos, me partió el alma. Lo sentí como una traición después de tantos
años de compartir vestuarios, y de haber intentado que se lo reconociera como
el gran jugador que es, fue un golpe artero a los sentimientos, no al cuerpo.
- ¡Por eso no se recupera hombre!
...aún no puede creerlo, ¿verdad?
- Ni voy a creerlo jamás.
- Amigo -dijo el doctor- en usted está el tiempo que le lleve volver
a caminar.
Y así fue. Mucho tiempo demandó la cicatrización de aquella herida. Pero
llegó. Y el futbolista pudo volver a entrenarse y después volver a jugar en
primera. Por su parte, el suplente devenido en titular tuvo tanto éxito con su
nueva vida que rápidamente fue pretendido por otros clubes. Y uno se quedó con
su ficha. Curiosamente era el club en el cual desde muy joven quiso jugar.
Pasaron las fechas del fixture de un campeonato largo, hasta que volvieron a
verse las caras en un partido.
Y aquí, elige el final de tu historia:
1 - El suplente que llegó a la titularidad se arrimó a su antiguo
compañero de equipo y tendiéndole la mano que antes había rechazado le pidió
perdón. Su ex amigo lo miró, lo abrazó y lo perdonó, tal como había esperado
hacerlo durante las largas noches de hospital. Cuentan que el suplente a los
pocos días le pidió volver a jugar con él.
2 - El suplente que llegó a la titularidad se arrimó a su antiguo
compañero de equipo y tendiéndole la mano que antes había rechazado le pidió
perdón. Su ex amigo lo miró y lo perdonó y se fueron a jugar cada uno para su
propio equipo. Desde entonces se encuentran cada tanto, cuando el fútbol vuelve
a ponerlos frente a frente.
3 - El suplente que llegó a la titularidad miró a su ex amigo, no le
dirigió palabra alguna, y siguió pensando que estaba bien lo que había hecho
para lograr su propósito, justificándose en todo lo que había tenido que pasar
para llegar al lugar que ahora, finalmente, ocupaba.
