Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

EL SUPLENTE

Partido de ida y vuelta. Con las pulsaciones a mil en medio de las estridencias de un técnico que no paraba de dar indicaciones. Hasta que el silencio se apoderó de todo el lugar al escuchar el ruido a roto, quebrado.


Se habían conocido en el mismo club cuando uno ya era titular y el otro intentaba demostrar que podía ser importante para el equipo. El primero estaba instalado entre sus compañeros por su trabajo dentro de las canchas, por su permanente predisposición a ser jugador y aguatero, ajeno a las valoraciones superlativas que de él hacían. El segundo cargaba un recorrido por distintos lugares donde no lo habían tenido en cuenta. Con el tiempo fue incorporándose al grupo donde sus compañeros subrayaban sus virtudes y disimulaban sus debilidades.
Llamativamente, quien más procuraba subirle la autoestima al nuevo jugador era aquel a quien él veía como su competencia. Pero tanto fue el cántaro a la fuente que al final terminó por creerle sus buenas intenciones y se hicieron amigos. Compartieron muchos años de carrera de ese modo, sin que faltaran las rispideces propias de una convivencia que, en el fondo, aquel novato nunca dejó de considerar competitiva.
Algunos logros de aquel y el segundo lugar en el que decidió instalarse éste hicieron crecer, seguramente sin querer, un resentimiento que de a poco fue haciéndose carne. Así supuso que una forma de ser valorado era ser titular indiscutido en el lugar de quien lo había impulsado a ser cada entrenamiento, cada partido, un jugador mejor.
Y en ese fútbol reducido de los viernes con miras al partido del fin de semana, no tuvo mejor idea que ir a buscar las piernas de ese rival que solo existía en su mente. Ese jugador de un ida y vuelta permanente, como le gusta tener a miles de técnicos, sabía que su compañero de equipo tenía resquemores hacia él y que la relación que mantenían ya no era la misma. Pero jamás sospechó ese segundo crucial. La pelota cayó en su dominio y empezó a subir por el lateral derecho. Su oponente fue acortándole camino hasta llevarlo contra la línea de cal. Uno fue liviano, sin armar el cuerpo para una jugada fuerte. El otro sin piedad, y levantó su botín a la altura de la tibia y el peroné.

…el silencio se apoderó de todo el lugar al escuchar el ruido a roto, quebrado.

Increíblemente no hubo grito ni exclamación de dolor por el duro cruce, pero la humanidad del lesionado quedó a la vista de todos. La pierna se había partido en dos. Al acercarse para auxiliarlo vieron que lo único que hacía aquel futbolista era tocarse el pecho a la altura del corazón. Lo atendieron los médicos y lo llevaron al hospital, donde días después fue sometido a una cirugía reparadora de ambos huesos.
El suplente adujo mala fortuna y admitió a regañadientes que fue demasiado duro el cruce, pero para sí se decía que bien merecido estaba por todos los sinsabores que el otro le había provocado.
Y fue titular. Logró ese puesto de preponderancia que tanto había anhelado y fue aplaudido por muchos de los tribuneros de ocasión que no conocían el motivo de su ascenso. Se sintió importante, valorado. Gozó de hacer lo que quería y como quería dentro de la cancha. Y no cedió a los numerosos pedidos que sus compañeros le hacían para que se acercara al lesionado y le pidiera disculpas. Claro, pensaba que eso hubiera significado reconocer la intención de dañarlo.
Se instaló en esa situación y le gustó. Empezó a codearse con las mieles del éxito, jamás extrañó a su compañero como el equipo sí decía extrañarlo. Se olvidó de las veces que lo habían aconsejado, acompañado, ayudado. Y ni siquiera se dio una vuelta por la cama 1002 en la que yacía -enyesado y dolorido- su ex impulsor.
El otro recibió a diario la visita de los integrantes del equipo, e inclusive supo de la solidaridad que le expresaron algunos que sólo conocía de lejos, de otros equipos. Su recuperación fue penosa. Los especialistas no dejaban de sorprenderse por la lentitud con la que se le soldaban los huesos al fracturado futbolista. El cayo no se formaba. Un día parecía que sí, que ya estaba. Y al siguiente, se soltaba otra vez.
Alarmado por la situación casi inédita, uno de los médicos consultó por el supuesto accidente en la cancha a quienes lo habían atendido en ese primer momento. Ellos refirieron, desconcertados como entonces, que no hubo grito ni exclamación de dolor sino solamente el hecho de que el lesionado se tocara el pecho a la altura del corazón. El experto en huesos decidió sobre la marcha hablar con su paciente y consultarlo sobre esa actitud.
El futbolista le confió:
- En ese momento me dolió más el corazón que la pierna. No me partió dos huesos, me partió el alma. Lo sentí como una traición después de tantos años de compartir vestuarios, y de haber intentado que se lo reconociera como el gran jugador que es, fue un golpe artero a los sentimientos, no al cuerpo.
- ¡Por eso no se recupera hombre! ...aún no puede creerlo, ¿verdad?
- Ni voy a creerlo jamás.
- Amigo -dijo el doctor- en usted está el tiempo que le lleve volver a caminar.
Y así fue. Mucho tiempo demandó la cicatrización de aquella herida. Pero llegó. Y el futbolista pudo volver a entrenarse y después volver a jugar en primera. Por su parte, el suplente devenido en titular tuvo tanto éxito con su nueva vida que rápidamente fue pretendido por otros clubes. Y uno se quedó con su ficha. Curiosamente era el club en el cual desde muy joven quiso jugar. Pasaron las fechas del fixture de un campeonato largo, hasta que volvieron a verse las caras en un partido.
Y aquí, elige el final de tu historia:
1 - El suplente que llegó a la titularidad se arrimó a su antiguo compañero de equipo y tendiéndole la mano que antes había rechazado le pidió perdón. Su ex amigo lo miró, lo abrazó y lo perdonó, tal como había esperado hacerlo durante las largas noches de hospital. Cuentan que el suplente a los pocos días le pidió volver a jugar con él.
2 - El suplente que llegó a la titularidad se arrimó a su antiguo compañero de equipo y tendiéndole la mano que antes había rechazado le pidió perdón. Su ex amigo lo miró y lo perdonó y se fueron a jugar cada uno para su propio equipo. Desde entonces se encuentran cada tanto, cuando el fútbol vuelve a ponerlos frente a frente.

3 - El suplente que llegó a la titularidad miró a su ex amigo, no le dirigió palabra alguna, y siguió pensando que estaba bien lo que había hecho para lograr su propósito, justificándose en todo lo que había tenido que pasar para llegar al lugar que ahora, finalmente, ocupaba.