"Será nomás que así tenía que
ser". Esa era su frase de cabecera, y por muchos años la creyó
indispensable en su vida y la sostuvo en práctica permanente. Un tipo de esos
que hoy escasean a la vista, pero de los que -seguro- habrá unos cuantos,
porque justamente, en sus esencias está el pasar inadvertidos.
El vasco Rotsen había
llegado a Buenos Aires procedente de su lejano origen, poco más de 40 años
atrás, cuando las costumbres porteñas eran bien distintas a las de hoy. Creció
entre veredas de barrio nada semejantes a las niveladas de la actualidad, y fue
al colegio con guardapolvo blanco hasta el secundario, algo ni de lejos
parecido a los jeans y chombas de los uniformes escolares actuales.
Y pasó de adolescente a joven con
enseñanzas no tan flexibles como es habitual que suceda en estos días. Desde el
principio se hizo a la idea de que las cosas que le pasaban tenían un designio
del que poco podía apartarse, y que los asuntos que más le interesaban
terminaban siempre igual, con una palmadita del destino en la espalda y la
reconfortante salvedad de haber cumplido su misión con los demás.
"Tenía que conocerte a
vos para saber..."
tal o cual cosa. "Vos fuiste importante para que supiera..."
esto o lo otro. Rotsen estaba indefectiblemente en el medio de algo bueno y
trascendente, pero para otros. A él no le tocaban esas. No estaba escrito que él
fuera el beneficiario, y desempeñaba su papel a las mil maravillas. Tanto
que empezó a pensar que esa y no otra era su misión como hombre. Se convenció y
se conformó.
Durante largos años recogió cada
tanto los frutos de su quehacer. Como amigo, aconsejando y acompañando. Como
hijo, siendo sumiso y obediente, responsable y estudioso. Como alumno, ejemplar
y querido. Como deportista, aplaudido por su caballerosidad. Como novio, dulce
y fiel. Como esposo, atento, esforzado, amando siempre. Como padre, protector,
cariñoso y comprensivo. Como trabajador, cumplidor y buen compañero. Y un largo
etcétera en las diversas actividades que emprendiera.
Claro que su sello y su victoria
estaban asegurados de ese modo, y la valoración que de él hacían, convalidaba
cada vez más ese accionar. Así, por mucho tiempo, se conformó con ser bueno,
honesto, cariñoso, entregado a corazón abierto, laburador. Pero a la noche, cuando
se iba a dormir, su conformismo le daba la espalda, y del otro lado de la
almohada surgían las preguntas más punzantes, camufladas entre las porciones de
gomaespuma. "¿Cuándo una para vos?... "¿Y darte un
gusto?"... "¿Por qué no probás
con decir `no´?"... "¿Y si pedís algo para conformarte vos?"...
"¿Qué tal si sos vos el que pone a alguien en el freezer?"
La sola idea de dar vuelta su
propia historia le quitaba el sueño, y masticaba broncas, evaluando las causas
de su enquistada desazón. Sin embargo, a la mañana siguiente volvía a la carga
y con su viejo karma a cuestas emprendía el rumbo de su habitual huída.
Los años y las continuas derrotas
que seguía observando "conformistamente" lo atravesaron como balazos.
Un cuerpo y una mente acribillados por las conformidades ajenas, un día
explotaron, quebraron mal, dirían los jóvenes. Y aprovechando la última
hendija que vio abierta, se filtró hacia una vida nueva, dolorosa en el cambio,
inquietante en el porvenir, y sobre todo, inconformista.
Se dijo que ya no soportaría ser el
medio. Ahora quería ser el fin. Ya no diría que "sí" siempre.
Ya no más exposición a cualquier costo. Ya no más creer en todo y en todos. Se
endureció y borró de un plumazo las consabidas historias de amor que se
terminaban inevitablemente con un "sos bueno" de acá "sos
bueno" de allá, "pero así no va".
Se enfureció con el destino al que
le había permitido todo y ya no le creyó. Y a punto estuvo de tomar el control.
Lo tuvo en sus manos, lo miró, y lo dejó ir. Supo en ese instante que su
felicidad tampoco estaba en el otro extremo, y sin conformarse se marchó a
buscar el dominio de sí mismo para luego enfrentar las situaciones, a cambiar
su actitud para que -luego- todo cambiara.
Cuentan que de tanto en tanto
preguntan por él algunos de sus (ex) conformados, pero ya no logran dar con su
ubicación tan fácilmente. Inclusive hay quienes sospechan que logró esa
metamorfosis y que, de tan intensa, parece haberle dado otro aspecto, por lo
que ya no consiguen distinguirlo aunque pase frente a ellos.
