Todos los manuales del fútbol -los que lo son y los que pretenden
serlo- explican las tácticas y las estrategias de los infinitos directores
técnicos a lo largo de la historia de este deporte. Sin embargo, son pocos los
que refieren una vieja anécdota que -se sostiene- habría derivado en la
extinción de este tipo de jugador habilidoso, veloz, encarador, y dador de
pases para que otros hagan y griten goles. Es el wing izquierdo, que no puntero,
para no confundir con un político ni con una ubicación única en la cancha.
Es que no sólo en la punta anda el hombre, sino que, bien pegado a
la raya, busca el desborde que rompa la defensa, el desnivel, el cambio de paso
que deja al rival a contra pierna. Ahí nace su historia, en la proximidad que
su posición en la cancha le da con la tribuna y las plateas. Junto con el
lateral es el primero en recibir los reproches de los simpatizantes, pero
también los oídos más inmediatos para escuchar el “ooole” que baja del cemento, o los aplausos que enrojecen las manos
ante un pique que promete gol.
Este wing no fue ni de lejos conocido como “Chaplín” Loustau o
Darío Felman. Ni tuvo tanto gol como Alfaro Moreno, o Walter Fernández. Quizá
mostró una habilidad similar a la del “Negro” Ortiz y se hizo notar en el
inter-barrios del año ’71 jugando para un cuadro de La Boca. Había nacido en
Magallanes y Carlos F. Melo, a dos cuadras de la Vuelta de Rocha, 25 abriles
antes de aquella ocasión. Petiso y delgado, casi siempre con las medias bajas
sobre los tobillos y la casaca arremangada hasta el codo, bien peinado a la
gomina y morochón, con ojos tan saltones como verduzcos.
Once contra once, arrancaba de mitad de cancha para adelante, a
menos de medio metro de la línea de cal para recibirla cortita del diez y
empezar a eludir rivales, enfilando hacia el arco. Era de tirarse atrás para
ganarle, por sorpresa y con pique corto, la espalda a su marcador. Le gustaba
recibir en cortada y llegar al fondo para mandar un centro, al corazón del
área, que el center-forward no tenía
más que empujar a la red. Cuando las dimensiones del rectángulo de juego se
acortaban seguía sobre la banda, con una repentización envidiable para salir
disparado hacia el fondo y liquidar de zurda a cualquier arquero o asistir al
que entrara por el medio.
Aquel año hizo un gran torneo. O casi, porque no lo terminó.
Después de una primera vuelta clasificatoria por grupos, electrizante y llena
de partidos chivos, su equipo accedió al cruce mano a mano de octavos y tras
superarlo pasó a cuartos de final y luego a las semis. El Beto (por su nombre) o Pincel
(por cómo dejaba pintados a los defensores) era de los pocos solteros que
tenía el equipo, pero desde hacía 19 meses estaba de novio con una chica del rioba. Una rubia de pelo ensortijado,
dos años mayor que él, vestida de costumbre con ropas sueltas pero muy
coloridas, zapatos con tacos y maquillaje infaltable. Ella le había dado el sí
en una noche de verano, para los bailes de carnaval, después de que pasara la
comparsa de Los Nenes de Suárez y Caboto.
En esa época, el fútbol no tenía vueltas: después del arquero,
estaban los defensores, los volantes y los delanteros: 4-3-3 clásico muy
alejado de la supuesta evolución del líbero y los stoppers, del doble 5, los
volantes tapón o los ventiladores, el enganche, los enlaces, o los extremos. Pincel
era wing en el césped y en el asfalto, en el potrero y en un esquina-esquina,
iba a fondo sobre la verde gramilla o en el zaguán, y así había conquistado a la Rusa Olga. Se habían prometido amor
mil veces y tenían pensado casarse ni bien terminara la temporada. Pero algo
pasó.
En una tarde de lluvia torrencial mientras se jugaba el primer
tiempo del match que podía clasificar al Deportivo para la final, un plateista
(o algo parecido, porque esas sillitas tan precarias no merecían llamarse
plateas) se acercó hasta el field y en cuanto lo tuvo a mano le escupió “la Rusa te mete los cuernos con el Facha”.
Hiriente, la frase llegó a sus oídos más potente que los truenos que se
mezclaban con los cantos. Los hinchas, en tanto, colmaban la canchita del Club
Bohemios, en la calle Necochea al 900, entre medio de cantinas. El Beto prefirió no darle mayor
importancia a ese grito, al fin y al cabo, siempre le gritaban cosas para “sacarlo” del partido. Pero el tipo de
boinita marrón oscuro y cigarrillo en la boca insistió en el ataque siguiente“no te das cuenta que hoy no juega, perejil”,
refiriéndose a la ausencia del volante derecho, Aldo Becco.
Tiró una pared con el diez, picó hacia el área y despachó un
ollazo que el nueve mandó a guardar de cabeza contra el palo izquierdo del
arquero. Volviendo al medio de la cancha miró de reojo hacia el nutrido grupo
de simpatizantes desaforados, y trató de ubicar el lugar desde donde salían los
avisos. Se adelantó un tipo desgarbado al que no le coincidía la voz con el
cuerpo, y que fue directo a él para murmurarle un dato preciso. De hecho, debe
haberlo convencido porque Pincel se fue rápido para el vestuario ante la
mirada atónita de sus compañeros.
Mientras el técnico disponía el cambio y un improvisado comisario
deportivo tomaba las chapas con ambos números, el wing bajó tres escaloncitos,
ganó el pasillo que conducía a la salida y salió corriendo hacia la calle.
Todavía con los botines puestos, esquivó un charco y emprendió el rumbo hacia
el conventillo de Brandsen y Palos en el que vivían con La Rusa. Planta baja, al fondo, chapas y maderas dominando la
geografía contigua a una casilla en la que los vecinos guardaban una pileta de
lona, varios tachos de aluminio, un par de baldes grises para la limpieza del
patio, un karting a pedal y el tablón largo con los caballetes plegados que se
usaba para las fiestas.
Una extraña sensación se apoderó de Pincel. Por un lado, pensaba que no podía dudar de Olga y dar
crédito a una versión cualquiera, pero por otro, creía que la información era
tan cierta que no había espacio para vacilar. Nunca supuso que si se trataba de
una manganeta, no sólo se perdía ese partido y la final sino que iba a
resultarle muy difícil explicar qué lo llevó a irse y, más aun, volver a jugar.
Pero el emisario era confiable. Mascullando todo recorrió cuatro cuadras y
media velozmente, casi sin notarlo. Y llegando, especuló que si fuera verdad la
puerta estaría cerrada, por lo que se mandó hacia el lado de la ventana.
No le hizo falta entrar. A través de las cortinas mal corridas y
los postigos entreabiertos lo vio todo. La Rusa y el Facha
jugaban un partido a todo trapo entre las sábanas retorcidas. Lejos de
esconderse, aprovechó y se dejó ver, ubicado debajo del dintel. Quiso que
supieran que estaba allí, mirando cómo la trampa se revelaba y los dejaba
expuestos. El rojo furioso de su rostro se mezcló con el azul desteñido de la
camiseta número 11, cuyos vivos blancos habían quedado tapados por la mugre y
el barro de varios partidos sin lavarropas.
Después de ese largo
instante de comprobación, ya no se contuvo. Rompió el vidrio de un adoquinazo y
entró al dormitorio. Se trenzó con Becco
a golpes mucho antes que Olga pudiera
contenerlo. Sus gritos pedían explicaciones, pero a la vez no las quería
escuchar. El hombre de la tribuna -que había visto los arrumacos infieles de
camino al modesto estadio- había tomado la precaución de contarle la novedad a
un vecino del yotivenco para que
estuviera atento antes de irse al trote para dar aviso al engañado. A las
disparadas también, puso en alerta a los dos efectivos de la comisaría que
paraban en la esquina, con un talonario de multas inmaculado, para que
esperaran el llamado por si la cosa pasaba a mayores. Fue así como los cabos se
hicieron presentes en la pieza tras la advertencia del hombre que -todavía en
pijama- no salía de su asombro.
La exigua fuerza de seguridad había cruzado la vereda con pasos
raudos para frenar la gresca y a los pocos minutos, terminaron los tres
detenidos. Apenas si le dieron un ratito a La
Rusa para que se pusiera algo encima, y a las patadas consiguieron que el
Facha estuviera decente para salir de la pieza. Sin esposas pero vigilados,
enfilaron para la 24, en Pinzón al 400. Llegaron a escuchar mientras eran
conducidos a los calabozos, que el Depor
había perdido sobre la hora 2 a 1 con un gol con la mano que el referí dijo no
haber visto.
Ni fuerza para levantar la mirada extraviada en el piso tenía el
futbolista atravesado por el desengaño. Mientras, el ocho sin titularidad
miraba un horizonte inexistente, como a punto de dar un pase sorpresivo, pero
no largaba prenda ni se esforzaba por explicar nada. La Rusa lloraba en un rincón de la oficina, y los cabos golpeaban
las teclas de una Remington negra con carro largo y poca tinta en los carretes.
La tarde se había transformado en noche cuando el wing logró
vociferar su angustia. Pensar que hasta hacía un rato a quienes tenía allí
delante eran su prometida y su compañero de equipo le hizo sentir una especie
de ardor en el pecho. Se despachó a gusto y midió bien su próxima sentencia,
como un pase al vacío que necesita goleador. Les juró que pronto sentirían más
que culpa por su destino. Cuando fueron a buscarlo para tomarle declaración en
esa mesa de madera, frente a la máquina de escribir y un vaso de agua, dijo que
a nadie más que a él le correspondía un castigo eterno, como esos alargues de
una final. Se levantó apurado y pechó al efectivo que lo tomaba del hombro. Le
sacó el revolver y lo apuntó contra todos. Recorrió con la mirada a cada uno y les
advirtió que no se movieran. Los de azul oscuro y sin gorra le rogaron cordura,
y los prisioneros piedad. “Van a cargar
con esto” dijo antes de que se deslizara el índice derecho sobre el
gatillo.
El proyectil salió ruidoso,
seco. El tipo cayó de espaldas sobre las baldosas color ocre. Alguien llamó a
la ambulancia del Hospital Argerich aunque ninguno tuvo demasiada esperanza
sobre el futuro del crack. Atrás de todos apareció aquel portador de la mala
nueva, que esperaba al wing izquierdo. Es que, como primo que era, no podía
dejar abandonado a su suerte al único familiar que tenía cerca. El estruendo
del disparo lo metió en la escena y con lo poco que sabía de primeros auxilios
logró contener la sangre hasta que llegaron los médicos. Lo subieron a una
tabla para meterlo en la furgoneta y salieron a toda velocidad, mientras los
presos seguían presos y los policías limpiaban la seccional.
Los médicos habían visto y determinado que la bala no había entrado
por la sien y que el resbalón le daba una última oportunidad para tirar centros
a Pincel. Le practicaron las curaciones de rigor y lo mandaron a la
guardia. Tiempo después, cuando empezaba a recuperarse en la sala de terapia
intermedia, pidió hablar con su pariente en medio de alucinaciones que
conjugaban partidos estrafalarios con amoríos increíbles. Alertado de la
imposibilidad de volver a jugar, desbordar, hacer paredes y gritar goles, en un
único instante de conciencia, lloró.
En ese momento crucial descargó su venganza y maldijo: se quedan todos sin wing izquierdo. Y luego
murió, como si hubiera bebido un veneno depositado en sus labios al pronunciar
sus últimas palabras.
De a poco, los equipos de los colegios, de los barrios, de los
clubes, fueron cambiando los esquemas. Retrasaron al delantero por izquierda a
jugar por el medio para ayudar a los volantes, prefirieron atacar con dos y
mandar a que suban los laterales. La corriente se trasladó a todos y los
equipos grandes también sucumbieron: inventaron el cuarto volante y destinaron
a los otros dos de punta a ir por todo el frente de ataque. En las copas continentales
ya fue imposible identificar al wing izquierdo y cuando parecía que uno pintaba
la raya de cal con la zurdita, enseguida el entrenador lo mandaba a tapar la
subida del marcador de punta y darle una mano al diez para crear. En los
mundiales, la misma historia. Los entrenadores se autodefinían como innovadores
en los sistemas tácticos y no hacían más que dar estricto cumplimiento -sin
saberlo, claro- a la maldición del wing izquierdo. La postrera condena tardó 19
años en cumplirse desde aquel lejano ’71 -un año por cada mes de noviazgo
frustrado- y ya para el ’90 fue imposible encontrar uno como los de antes. Y el
fútbol se quedó sin un once-once
hasta nuestros días.
La Rusa nunca más volvió a ver al Facha, que al torneo siguiente
largó el futbol. El flaco siguió fumando y cumplió el ritual de costumbre en la
familia: llevó las cenizas de su primo para esparcirlas un poco en cada área
grande del potrero en el que había pisado una número cinco por primera vez el
Beto de pibe, cerca de las vías, a
metros de Caminito. Y se mudó a Parque Patricios. Los seguidores del Deportivo
decidieron ponerle el nombre de Pincel
a la tribunita de atrás del arco, esa que se movía cuando pasaba el tren.
Años después el lugar se transformó en plaza seca y los adoquines
se impusieron a la tierra, tanto que el cantero de material desde donde se
miraban los partidos se tiró abajo para ensanchar un poquito Garibaldi y
hacerla peatonal. Ya no fue nadie a jugar a la pelota y la tribunita del wing
desapareció.
Cuentan que de noche, entre medio de las hamacas y el tobogán, suele
verse una sombra que se desliza casi siempre con las medias bajas sobre los
tobillos y la casaca arremangada hasta el codo. Bien peinado a la gomina, morochón,
con ojos tan saltones como verduzcos, luce el número once en su espalda, y
después de saltar a la canchita, parece volar por la punta izquierda, tirando
centros sin pelota para que los cabecee un nueve de área tan etéreo como él.
De ese modo explican los últimos xeneizes y los nuevos habitantes
de La Boca que, en algunas madrugadas, parezca estremecerse el viejo rectángulo
embarrado, con un grito de gol.
