Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

EL ELIXIR DEL RECUERDO

Cuando el tiempo aún no se contaba ni se medía como hoy, otras cuestiones tampoco necesitaban dosificación. Alejados de todo almanaque o reloj, sin agendas ni alarmas, los antiguos tenían desde la salida del sol hasta el ocaso para hacer sus tareas mientras que en sueños dejaban descansar sus mentes libres e ingeniosas para luego renovarse y seguir creando. Pero al parecer, y aunque ningún libro lo atestigüe, en cierto momento -y sin poder precisarse mucho más-  una inquieta doncella decidió ir más allá y pensar también mientras dormía.
Al finalizar ese lapso de ojos cerrados y espíritu abierto -porque tampoco podríamos indicar cuántas horas fueron- dijo albergar in pectore la fórmula de un elixir que haría recuperar a quien lo bebiera, efectos y afectos del pasado. No consiguió determinar qué tiempo sería, porque no tenía cómo medirlo, pero no dudó un instante en recitar a sus ocasionales compañeras, cuál sería la composición de esa pócima. Puestas a reunir los insumos, se preguntaban qué cantidad debían llevar al arcaico laboratorio, desprovisto de probetas, retortas y alambiques. Aun así, fueron llevando lo requerido, en tanto sus túnicas apenas recogidas le permitieran portarlo algunos kilómetros.
Fue así como las siete seguidoras de Áncora reunieron lo necesario para dar forma a esa bebida de retrospectiva urgente. Era menester que la fabulosa composición fuera probada por alguien, y para eso nadie mejor que su creadora. Áncora separó una pequeña medida del líquido. Sólo la dosis inexacta que podía sostener en una hoja de lomatia, y lo probó.
No reparó en su sabor ni en determinar si era más o menos lo que debía tomar. Fue tan grande el destello que estremeció su alma, que en nada más pudo concentrarse. Percibió una regresión -se diría en términos más modernos- que la instalaba en la posibilidad de recuperar para sí esos afectos y efectos que anhelaba. Sin pronunciar palabra, extasiada ante el arco iris de recuerdos que se abría delante de sus ojos, quiso ir a ellos, tocarlos, olerlos, gustarlos, oírlos, verlos. Una indescriptible fiesta de los sentidos la conducía hasta cada punto que elegía recobrar.
Una palabra amiga, la caricia de su abuela, el perfume de ese fruto fresco, la hierba en la que dio sus primeros pasos y el dulzor del primer beso, suave, breve, y apasionado. Al salir de ese estado cuasi-esotérico, se volvió hacia sus colaboradoras y les encomendó reproducir el fantástico brebaje.
La indicación fue clara y acaso le hubiera llegado por revelación al momento de ingerirlo: la fórmula es multiplicable en tanto y en cuanto se beba. Por ende, las siete cómplices tomaron la misma medida que cabía en aquella hoja de árbol. El líquido estuvo a punto de desbordar el pequeño cántaro que lo contenía, por lo que fue preciso disponer de otros para futuras réplicas.
Por supuesto, no era algo que se ofreciera a tontas y a locas. Más bien se convirtió en una acción oculta, reservada al conocimiento de unos pocos y sólo compartido con quienes, luego de largas búsquedas, llegaban a ese elixir. Finalmente, fueron elegidos con mucho cuidado los destinatarios de ese testimonio para hacerlo pasar entre las Eras de la humanidad.
Áncora tuvo una larga vida, y lo mismo que sus discípulas, recurrió varias veces a la ingesta de la preparación mágica. Por tradición oral se conoció que, inclusive a sabiendas de transitar sus días finales, la bebió por última vez para que el paso a otros mundos fuese más armonioso.
Con el tiempo y las multiplicaciones, la pócima fue haciéndose más exquisita, más completa, abarcadora de más años y más momentos, más precisa. Las sucesivas generaciones fueron conociéndola siempre por recomendación y sin estridencias, porque luego de tomarla y comprobar sus consecuencias, nadie deseaba divulgarlo, sino más bien guardar para sí tan preciado hallazgo. Y allí residía lo extraño: se reproducía y se evitaba hacerlo conocer masivamente. Un raro influjo que seguramente dejó su mentora para que el jarabe no llegara a todos, y produjera una regresión colectiva que impidiera ver nuevas proyecciones, aventuras por venir, y hasta futuros inciertos, todo tan imprescindible para seguir andando, como los buenos pasados.
Al ritmo de los tiempos modernos, encorsetados, rigurosos, y aplastantes en más de un sentido, la maravillosa bebida fue perdiendo adeptos. Hacia mediados del siglo veinte, muchos ya se empeñaban en sostener y defender el valor único del presente, y se hizo corriente pensar que si bien todo pasado había sido mejor, no valía la pena recordarlo porque ya no existía. De igual manera, se instaló la idea de que pensar en el futuro no tenía validez, ya que nada podía aventurarse acerca de él, por lo cual sólo existía el presente. Sin embargo, en unas pocas ciudades del mundo se conservaban pequeñas dosis del líquido, tan escasas como personas dispuestas a revalorar sus días idos.
La costumbre perdida y la carencia de multiplicaciones hicieron que sus secuelas se desvanecieran, y año tras año, se llenara un cántaro menos. Hasta que los fluidos mutaron en vapores mínimos y se instalaron en escasos labios como medio de propagación. La extensión fue mucho más detallista: el elixir de los años podía utilizarse siempre que se traspasara con un beso de amor, de pasión, o de deseo, a otra boca igualmente predispuesta. La extrema dificultad para diferenciar esos estados provocó la casi definitiva extinción del brebaje.
Aun así, se tiene por seguro que quedan apenas una docena de portadores: los varones están en Francia, Grecia, Puerto Rico, Australia, Nigeria y Rusia, en tanto que las mujeres se reparten en Italia, Nueva Zelanda, Argentina, Inglaterra, China y Cuba.
La imprecisión reina acerca de los lugares en los que ellos habitan, aunque ciertos relatos parecieran acercarlos a la superficie. Así se supo que la más reacia a los contactos es una habitante de Xi’an y quien más encuentros ha generado es un joven boricua de Mayagüez. Son esporádicas las referencias a los demás: cuentan que alguien ronda las cercanías del Opera House en Sidney con los recuerdos en su boca, y que una dama ya entrada en años se pasea de noche por la Fontana di Trevi esperando que alguien le pida un deseo. Un obrero de Kaduna lo ofrece en voz baja sólo una vez por año en la fiesta de su comunidad, y una londinense de colegio protestante lo reserva para el día de su cumpleaños. El de Lyon vive escondido debajo de una tribuna de un estadio de fútbol, y a la neocelandesa que todavía estudia Filosofía en una remota escuela de Kaitaia, nadie le cree su poder porque lo consideran una elucubración de su mente inquieta. El de Atenas -se afirma- es un guía turístico que no envejece y cuenta todos los días la misma historia de la Acrópolis y el Partenón para que el calendario no avance, mientras que de la cubana se tienen mínimas noticias y por lo general la sitúan viajando en tren, entre Palma Soriano y Jiguani, con ropas coloridas. El ruso es obviamente el más frío de todos y lleva un lustro sin salir de la tundra que comparte con un perro siberiano.
La argentina -finalmente- es la mayor incógnita: para muchos de sus coterráneos habita por temporadas diversos sitios de la vasta Patagonia, unos pocos la ubican en la costa atlántica, y para otros es una silueta etérea que se pasea por plazas, teatros y colegios acompañando a los niños en sus vueltas de calesita, aplaudiendo fuerte en todas las obras y llorando en los primeros días de clase. Acaso en esa multiplicidad de apariciones resida su encanto y por eso mismo genere tantas intrigas. En tertulias nocturnas varios mortales confiesan haberle seguido los pasos y recuerdan que por no darle alcance solían soñar con ella. Pocos, muy pocos, aseguran que en esos lapsos lograban su cometido y ella les traspasaba con dulzura mínimas dosis de instantes vividos. Al despertar anhelaban, mucho más intensamente, volver a verla.
Casi todos partieron con otros rumbos y ya no hubo más que un ingenuo recuerdo escondido, pero alguien siguió en el derrotero y jura aún hoy, haber estado con ella. Entre dientes, el peregrino afirmó alguna vez que el hecho ocurrió una mañana gris, en un conducto estrecho muy próximo a una puerta, sin mediar palabra, cuando sus labios besaron los de ella y una invasión sensitiva lo envolvió para siempre. En segundos, retornó al punto del último encuentro amoroso. Todo estuvo allí, en un instante eterno, como si aquella fragancia de su viejo amor nunca se hubiera perdido.
Luego, entre absorto y sorprendido, se perdió en medio de la gente, acaso sin entender lo sucedido, acaso habiendo comprendido todo. Tal era el efecto del elixir de Áncora más allá de los tiempos, que nunca nada ni nadie pudo evitarlo.