Cuando el tiempo aún no se contaba ni se medía como hoy, otras
cuestiones tampoco necesitaban dosificación. Alejados de todo almanaque o
reloj, sin agendas ni alarmas, los antiguos tenían desde la salida del sol
hasta el ocaso para hacer sus tareas mientras que en sueños dejaban descansar
sus mentes libres e ingeniosas para luego renovarse y seguir creando. Pero al
parecer, y aunque ningún libro lo atestigüe, en cierto momento -y sin poder precisarse
mucho más- una inquieta doncella decidió
ir más allá y pensar también mientras dormía.
Al finalizar ese lapso de ojos cerrados y espíritu abierto -porque
tampoco podríamos indicar cuántas horas fueron- dijo albergar in pectore la fórmula de un elixir que
haría recuperar a quien lo bebiera, efectos y afectos del pasado. No consiguió determinar
qué tiempo sería, porque no tenía cómo medirlo, pero no dudó un instante en
recitar a sus ocasionales compañeras, cuál sería la composición de esa pócima.
Puestas a reunir los insumos, se preguntaban qué cantidad debían llevar al
arcaico laboratorio, desprovisto de probetas, retortas y alambiques. Aun así,
fueron llevando lo requerido, en tanto sus túnicas apenas recogidas le
permitieran portarlo algunos kilómetros.
Fue así como las siete seguidoras de Áncora reunieron lo necesario
para dar forma a esa bebida de retrospectiva urgente. Era menester que la
fabulosa composición fuera probada por alguien, y para eso nadie mejor que su
creadora. Áncora separó una pequeña medida del líquido. Sólo la dosis inexacta
que podía sostener en una hoja de lomatia, y lo probó.
No reparó en su sabor ni en determinar si era más o menos lo que
debía tomar. Fue tan grande el destello que estremeció su alma, que en nada más
pudo concentrarse. Percibió una regresión -se diría en términos más modernos-
que la instalaba en la posibilidad de recuperar para sí esos afectos y efectos
que anhelaba. Sin pronunciar palabra, extasiada ante el arco iris de recuerdos
que se abría delante de sus ojos, quiso ir a ellos, tocarlos, olerlos,
gustarlos, oírlos, verlos. Una indescriptible fiesta de los sentidos la
conducía hasta cada punto que elegía recobrar.
Una palabra amiga, la caricia de su abuela, el perfume de ese
fruto fresco, la hierba en la que dio sus primeros pasos y el dulzor del primer
beso, suave, breve, y apasionado. Al salir de ese estado cuasi-esotérico, se
volvió hacia sus colaboradoras y les encomendó reproducir el fantástico brebaje.
La indicación fue clara y acaso le hubiera llegado por revelación al
momento de ingerirlo: la fórmula es multiplicable en tanto y en cuanto se beba.
Por ende, las siete cómplices tomaron la misma medida que cabía en aquella hoja
de árbol. El líquido estuvo a punto de desbordar el pequeño cántaro que lo
contenía, por lo que fue preciso disponer de otros para futuras réplicas.
Por supuesto, no era algo que se ofreciera a tontas y a locas. Más
bien se convirtió en una acción oculta, reservada al conocimiento de unos pocos
y sólo compartido con quienes, luego de largas búsquedas, llegaban a ese
elixir. Finalmente, fueron elegidos con mucho cuidado los destinatarios de ese
testimonio para hacerlo pasar entre las Eras de la humanidad.
Áncora tuvo una larga vida, y lo mismo que sus discípulas, recurrió
varias veces a la ingesta de la preparación mágica. Por tradición oral se
conoció que, inclusive a sabiendas de transitar sus días finales, la bebió por
última vez para que el paso a otros mundos fuese más armonioso.
Con el tiempo y las multiplicaciones, la pócima fue haciéndose más
exquisita, más completa, abarcadora de más años y más momentos, más precisa.
Las sucesivas generaciones fueron conociéndola siempre por recomendación y sin
estridencias, porque luego de tomarla y comprobar sus consecuencias, nadie deseaba
divulgarlo, sino más bien guardar para sí tan preciado hallazgo. Y allí residía
lo extraño: se reproducía y se evitaba hacerlo conocer masivamente. Un raro
influjo que seguramente dejó su mentora para que el jarabe no llegara a todos,
y produjera una regresión colectiva que impidiera ver nuevas proyecciones,
aventuras por venir, y hasta futuros inciertos, todo tan imprescindible para
seguir andando, como los buenos pasados.
Al ritmo de los tiempos modernos, encorsetados, rigurosos, y aplastantes
en más de un sentido, la maravillosa bebida fue perdiendo adeptos. Hacia
mediados del siglo veinte, muchos ya se empeñaban en sostener y defender el
valor único del presente, y se hizo corriente pensar que si bien todo pasado había
sido mejor, no valía la pena recordarlo porque ya no existía. De igual manera,
se instaló la idea de que pensar en el futuro no tenía validez, ya que nada
podía aventurarse acerca de él, por lo cual sólo existía el presente. Sin
embargo, en unas pocas ciudades del mundo se conservaban pequeñas dosis del
líquido, tan escasas como personas dispuestas a revalorar sus días idos.
La costumbre perdida y la carencia de multiplicaciones hicieron
que sus secuelas se desvanecieran, y año tras año, se llenara un cántaro menos.
Hasta que los fluidos mutaron en vapores mínimos y se instalaron en escasos labios
como medio de propagación. La extensión fue mucho más detallista: el elixir de
los años podía utilizarse siempre que se traspasara con un beso de amor, de
pasión, o de deseo, a otra boca igualmente predispuesta. La extrema dificultad para
diferenciar esos estados provocó la casi definitiva extinción del brebaje.
Aun así, se tiene por seguro que quedan apenas una docena de
portadores: los varones están en Francia, Grecia, Puerto Rico, Australia,
Nigeria y Rusia, en tanto que las mujeres se reparten en Italia, Nueva Zelanda,
Argentina, Inglaterra, China y Cuba.
La imprecisión reina acerca de los lugares en los que ellos
habitan, aunque ciertos relatos parecieran acercarlos a la superficie. Así se
supo que la más reacia a los contactos es una habitante de Xi’an y quien más
encuentros ha generado es un joven boricua de Mayagüez. Son esporádicas las
referencias a los demás: cuentan que alguien ronda las cercanías del Opera
House en Sidney con los recuerdos en su boca, y que una dama ya entrada en años
se pasea de noche por la Fontana di Trevi esperando que alguien le pida un
deseo. Un obrero de Kaduna lo ofrece en voz baja sólo una vez por año en la
fiesta de su comunidad, y una londinense de colegio protestante lo reserva para
el día de su cumpleaños. El de Lyon vive escondido debajo de una tribuna de un
estadio de fútbol, y a la neocelandesa que todavía estudia Filosofía en una
remota escuela de Kaitaia, nadie le cree su poder porque lo consideran una
elucubración de su mente inquieta. El de Atenas -se afirma- es un guía
turístico que no envejece y cuenta todos los días la misma historia de la
Acrópolis y el Partenón para que el calendario no avance, mientras que de la
cubana se tienen mínimas noticias y por lo general la sitúan viajando en tren,
entre Palma Soriano y Jiguani, con ropas coloridas. El ruso es obviamente el
más frío de todos y lleva un lustro sin salir de la tundra que comparte con un
perro siberiano.
La argentina -finalmente- es la mayor incógnita: para muchos de
sus coterráneos habita por temporadas diversos sitios de la vasta Patagonia,
unos pocos la ubican en la costa atlántica, y para otros es una silueta etérea
que se pasea por plazas, teatros y colegios acompañando a los niños en sus
vueltas de calesita, aplaudiendo fuerte en todas las obras y llorando en los
primeros días de clase. Acaso en esa multiplicidad de apariciones resida su
encanto y por eso mismo genere tantas intrigas. En tertulias nocturnas varios
mortales confiesan haberle seguido los pasos y recuerdan que por no darle
alcance solían soñar con ella. Pocos, muy pocos, aseguran que en esos lapsos
lograban su cometido y ella les traspasaba con dulzura mínimas dosis de instantes
vividos. Al despertar anhelaban, mucho más intensamente, volver a verla.
Casi todos partieron con otros rumbos y ya no hubo más que un ingenuo
recuerdo escondido, pero alguien siguió en el derrotero y jura aún hoy, haber
estado con ella. Entre dientes, el peregrino afirmó alguna vez que el hecho
ocurrió una mañana gris, en un conducto estrecho muy próximo a una puerta, sin
mediar palabra, cuando sus labios besaron los de ella y una invasión sensitiva
lo envolvió para siempre. En segundos, retornó al punto del último encuentro
amoroso. Todo estuvo allí, en un instante eterno, como si aquella fragancia de
su viejo amor nunca se hubiera perdido.
Luego, entre absorto y sorprendido, se perdió en medio de la
gente, acaso sin entender lo sucedido, acaso habiendo comprendido todo. Tal era
el efecto del elixir de Áncora más allá de los tiempos, que nunca nada ni nadie
pudo evitarlo.
