18 de julio y
Yi.
Es una esquina que llega a través de los tiempos, resuelta como
muchas otras: en la calle pavimento y en la vereda baldosas. Pero algo la hace
trascendental. Para los uruguayos, el 18 de julio es una fecha fundacional, es
acaso el punto en el que culmina su movimiento revolucionario, de emancipación,
con la jura de la primera Constitución nacional. Y, no por casualidad, es una
de las avenidas más importantes de Montevideo. Así como esas revueltas
desembocaron en la independencia, en este punto la calle que la corta lleva el
nombre del río Yi, un curso de agua que va hacia la margen izquierda del Negro,
y que etimológicamente viene del guaraní (según los intérpretes puede
significar río diminuto, o río que no se corta).
Justo en el cruce de ambas, avenida y calle, emerge cerca del
asfalto, sobre los cerámicos, una fuente mágica. Ese toque sin varita se lo da
una placa que advierte: “La leyenda de esta joven fuente dice que si se le
coloca un candado con las iniciales de dos personas que se aman, volverán
juntas a visitarla y su amor vivirá por siempre”. Bastará con verla
para enterarse que esa sentencia tiene el doble de adeptos que los candados
colgados. Y quizá muchos otros que, carentes de esos cerrojos, sumergieron sus
manos en el agua con la esperanza de sellar así un futuro juntos, o hicieron
algún rito callejero para reemplazar esa cerradura.
Importada de Puerto Vallarta, México, dicen que pasó un
largo tiempo hasta que se transformara en la fuente en la que sellan su amor
miles de seres. Tanto es así que durante muchos años permaneció sin agua. Al
poco tiempo de instalada, las parejas comenzaron a comprometerse frente a ella,
a sacarse fotos y a mostrarla como fiel testigo de un sentimiento indestructible.
Lo que no cuentan las leyendas es quién cuida de esos candados y mucho menos,
quién de tanto en tanto, juega a abrirlos o cambiarles las letras grabadas.
Versiones seguramente infundadas, pero que forman parte de muchos
comentarios en torno a ese monumento turístico al amor, cuentan que un
mastodonte fue designado hace millones de años para vigilar ese cúmulo de
hierros adornados. Este fue el precio de su derrota a manos de un antiguo brujo
portador de todas las llaves del dios Eros, en las tierras que con el tiempo
serían de los aztecas. Para cumplir su misión fue condenado al insomnio, de
modo de defender eternamente la razón de ser de la fuente, es decir, conservar
la unión de los enamorados que le ofrecieran sus corazones unidos y
encadenados.
De mal modo, pero sabiendo que aquellas condenas se cumplen, el gigante
se dispuso a esperar su tiempo y se ubicó en un punto que más tarde se
transformaría en el ángulo que da a la 18 de julio, y comenzó su tarea
vigilante. Durante todo ese tiempo sufrió por no poder cerrar los ojos, pero de
a poco fueron apareciendo las civilizaciones y tuvo con qué entretenerse hasta
que surgiera la fuente en ese lugar. No le sacó la vista de encima mientras
tanto a varios lagos y lagunas cercanas donde los homo-sapiens, después de
beber, procreaban para extender la humanidad.
Más tarde se ocupó de charrúas, guenoas, minuanes, bohanes,
arachanes y chanáes. De españoles y mestizos. De gente de bien y no tanto.
Cientos de miles de parejas se fundieron en un beso ante sus ojos, perpetuamente
atentos. Otras, se tomaron de la mano y algunas miraron a lo lejos, intentando
adivinar su porvenir. Su silueta ya invisible aguardó todo el tiempo necesario hasta
que apareciera primero la fuente y después se visualizaran los candados.
Emplazada en el sitio que hoy ocupa, el enorme cuidador mantuvo impertérrito
e invisible su labor, echado a un costado. Asintió la colocación del primer
cerrojo y supuso que no vendrían muchos más. Un error tan grande como su
contextura. Pusieron otros. Y otros. Y cada día deben buscarse espacios o
inaugurar nuevos porque el rito continúa. Nadie pensó jamás que la tranquilidad montevideana
podía alterarse de tal modo en esa fuente.
Entretanto, descartada por incrédula y desalmada de un bosque
situado en otra dimensión, un hada triste vino por su revancha. Sucede que en
su hábitat natural se había enamorado de un gentil muchachito que no
correspondía su querer. Se hizo oscura, perdió su brillo original, y dejó de
creer en el amor. Ella no lo tenía, y conjeturaba que ningún otro ser podía
tenerlo. La última búsqueda la había llevado a ofrecer su alma, con tal de
alcanzar al menos por un instante a quien ella pretendía. Un cancerbero de
infiernos lejanos se la compró a cambio de un beso de su amado, aunque más no
fuera en sueños. Tanto lo deseó que así sucedió. Al despertar en un pozo hediondo
y ardiente quiso volar, pero no pudo. Aquel monstruo de tres cabezas de perro y
cola de serpiente se las había chamuscado por completo. Como pudo, salió hacia
ninguna parte y cayó rendida en un agujero interminable. La caída fue tan larga
y dolorosa que ni siquiera supo dónde había llegado, y sólo tuvo conciencia
para arrastrarse hasta una fuente cercana para calmar la sed.
Un extraño sabor dulce, ajeno al agua, invadió su cuerpo. Era el
sabor del amor, ese que sólo recordaba de un beso, en sueños. Fue tal el
estupor que la sacudió, que ya nunca pudo olvidarlo y eso la condujo directo al
cartel que le contó dónde estaba… “La leyenda de esta joven fuente, dice que
si se le coloca un candado con las iniciales de dos personas que se aman,
volverán juntas a visitarla y su amor vivirá por siempre”.
La oportunidad para tomar venganza
se le abría misteriosamente delante de los ojos enrojecidos por el odio. Comprendió
rápidamente qué tenía que hacer en el sitio en el que estaba, y sin más se
dispuso a cumplirlo, disponiendo a tal fin todo el veneno que llevaba en su
espalda. Desalada y cruel, el hada Cinthi inició entonces la terrible labor de
destrabar candados gracias a un poder que, aunque escaso, era extra natural y
le bastaba. Escaso también fue su tiempo de maldad porque al instante se
levantó el Mastodonte para interrumpir la salvaje acción.
No hubo diálogo. Sólo un soplo de su extensa trompa sirvió para
que ella recordara cómo era volar, aunque ya no tuviese alas. Enterada del
guardián con que contaba la fuente, se regodeó al ver en el reflejo del agua
decenas de parejas estallando en discusiones. Inclusive vio que alguna estuvo a
punto de romperse por completo si no fuese porque el gran cuidador Conehyos había
vuelto a enlazarlos justo a tiempo. Claro que sus extremidades gruesas no eran
lo mejor para la delicada tarea, pero los brujos no dejan nada librado al azar
y aquél que lo había enviado lo dotó de cierta facilidad para moverse previendo
que acaso fuera necesaria esa habilidad.
Cinthi debía esforzarse para llegar cada día a la fuente a cumplir
su perverso cometido y Conehyos, por primera vez en siglos, sentía que era
útil. Ella se contentaba con esas breves victorias. Algunas horas de separación
entre dos seres que se amaban era su pequeño gran triunfo. Él, con tener
trabajo y cumplirlo, al fin y al cabo, estaba allí con ese propósito. Se sentía
satisfecho cuando el resultado de su obra tenía como correlato la
reconciliación.
Cuando no podía concretar su objetivo de separación, el hada urdía
maniobras para establecer otras conexiones entre los candados y entonces ponía
al de aquella punta con el de esta otra, al de más allá con otro de más acá y
reía cuando el agua devolvía imágenes de desconcierto, otras de infidelidades y
unas cuantas de amores nuevos que acaso funcionaran, aunque eso tampoco la
hiciera feliz. Hasta que Conehyos llegaba para poner las cosas en su lugar y se
repetían los acuerdos, los perdones, y alguna excusa para no seguir insistiendo
en la aventura de otros caminos.
Así parece transcurrir esta permanente lucha invisible entre los sempiternos
enfrentados, con una inevitable inclinación hacia las metáforas que permiten
pensar en variadas opciones. Por lo general… “los pequeños contratiempos del
amor se resuelven con grandes trabajos”; “las pequeñeces de una pareja no hacen
más que agrandar su vínculo”; y una más, con mayor cuidado: “a pequeñas
enfermedades, enormes remedios”.
Quienes pasan por allí, atestiguan que en la fuente todavía hay
lugar, aunque no se pueda precisar cuánto más. Pero de vez en vez, cuando truena
y cae tormenta, algunos parecieran reacomodarse.
