Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

EL ÚLTIMO VIAJE


Decidimos ir juntos, pero casi sin mirarnos. Igual, la tomé firmemente. Consideré que aún en ese momento mi mano debía estar sobre ella, para que supiera de mi presencia, que la acompañaba, que no era desdén ni ausencia y mucho menos desamor lo que caminaba entre los dos esas cuadras finales.
Imaginé que ambos estaríamos pensando simultáneamente en el primer encuentro, la primera caricia asombrada, alegre, y hasta en cierto modo incrédula por tenerla ahí, justo delante de mí, para mí. Pensé en aquel paseo inicial que con el correr de los años se multiplicó por miles, casi en el mismo instante en que supe que emprendíamos el último.
Salimos de casa y -como corresponde- dejé que ella pasara primero. De antemano sabía que íbamos a transitar ocho veredas con sus bocacalles. Los cien metros iniciales pasaron en medio de pensamientos atribulados sobre si estaba bien la decisión que había tomado respecto de nuestra separación. La segunda cuadra, con la resignación que suele aparecer ante las cosas juzgadas y cuando ya uno se cansó de preguntarse sobre el acierto de sus acciones.
La mañana comenzaba a fundirse en el mediodía tenuemente soleado cuando llegamos a la tercera. La mano firme del comienzo se iba aflojando por lo que -de a ratos- había algún cambio de dirección. La cuarta nos volvió a la realidad y simulamos ir cada uno por su lado, algo más distantes, poniendo de manifiesto que estábamos separándonos, aunque yo no cesara de sostenerla como para mostrarle el camino.
Por algunos segundos dejé de verla en retrospectiva y me centré en su actualidad. Los años pasaron en vano para ella o para mis ojos. Seguía viéndola hermosa, acaso más que en otras épocas. Ya en el transcurrir de la quinta vereda se me antojó que sería mejor rever la decisión, dar marcha atrás y, con algunas modificaciones, volver a empezar. La tentación era grande, pero ese brusco cambio parecía impiadoso si pensaba en el final del recorrido.
La sexta fue de aceptación. Ambos volvimos a llevar el mismo paso y mi mano se apoyó nuevamente sobre ella. Para la séptima bocacalle me convencí, y la exhalación posterior -de esas que suelen suceder a una angustia liberada- me permitió respirar aliviado. Pensé en un futuro cercano en el que yo no sería protagonista y casi sin entender el motivo me concentré en las próximas manos que la guiarían, en las sonrisas que ella dibujaría en otros rostros igual que había hecho hace años en el mío, con la certeza de saber que si no era de ese modo, jamás la tendrían.
Durante la octava y última cuadra bajamos al asfalto y los dos hicimos más lento el paso, en un intento de poner más distancia hasta la despedida. Todo se mezcló en mi mente: aquel empedrado de La Boca que tantas veces recorrimos hasta entrar en Caminito, el primer banderín del Rojo de Avellaneda que le regalé, las veces que nos revolcamos en el piso y volvimos a levantarnos, escondiendo lágrimas de vergüenza, los años que estuvimos separados, el reencuentro tan deseado, y este final... Final de juego para nosotros, y principio para otros.
La bicicleta verde, rodado 14, plegable, con la canasta atrás y la cartuchera donde iban los gomines, los parches y el pegamento, ya no sería guiada por mis manos. Lógico, después de más de tres décadas de unión y un millón de kilómetros recorridos, ni mis hijas ni yo íbamos a usarla como hasta hace muy poco tiempo.
Y ahí fue mi bici, a encontrarse con otros chicos que viven entre chapas y ladrillos, alejados de toda juguetería. Un momento fugaz y último selló nuestro acuerdo. La estacioné cuidadosamente junto a una pared de la recepción parroquial. Toqué el asiento como cada vez antes de subirme, corregí apenas el manubrio, ajusté los frenos para que estuvieran parejos, y me fui.

No quise decirle adiós. Estaba casi seguro de que algunas separaciones traen mejores tiempos que los de amarres eternos.