Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

BAJO TIERRA

Las grandes ciudades lo sufren y lo ponderan, lo lamentan y lo valoran, lo tienen en su cotidiano malhumor de viajantes, y lo agradecen. De tan ocultos y tan presentes, sólo saben de qué se trata quienes a diario se sienten como sardinas enlatadas cuando se sumergen en el subte.
Mezcla de calor, ruido y apretujones, cada viaje puede ser un encuentro con espectros nada amigables o chiflados sin remedio que, junto a otros personajes pintorescos y amables, animan el trayecto. Entre tantos y tantos, crecen las individualidades. Son espigas entre cardos, que van cada uno en la suya, subiendo hacia el sol mientras por abajo se aprietan y se pinchan.
Viejas puertas o nuevas, se abran a mano o en forma automática, dejan bajar y a la vez permiten el ingreso en cada estación de la estampida que pugna desde el andén por conseguir un lugar en ese preciado viaje de las seis y cinco de la tarde. Todos saben lo que les espera, y sin embargo se embarcan en medio de la masa que los arrastra de un lado a otro sin poder tomarse de alguna manija, de algún respaldo salvador, barral o cosa que se le parezca.
El hecho de bajar por las escaleras implica un verdadero acto de fe en que el servicio podrá utilizarse, y que la escasez de aire será una cuestión menor. Pasar por el molinete, ya sin cospel que introducir por una ranura tan minúscula como esquiva, supone una aptitud física para empujar la palanca inmediatamente después de retirar la tarjeta magnética y se pueda pasar.
Ahora hay que buscar un lugar, un puesto estratégico que permita observar en qué vagón se podrá subir, y poner la máxima atención para evitar que otros se cuelen, condenando a algún pasajero al siguiente convoy.
Es preciso ser ágil para acomodar la ropa -necesariamente quitada para no transpirar como en un gimnasio- junto con el libro, la bolsa del regalo para el cumpleaños de la noche y el portafolio del caballero o la cartera de la dama.
Ni qué decir si afuera una lluvia pertinaz (la lluvia siempre es pertinaz) se agrega a la conspiración, mojando el pavimento y las veredas: habrá que lidiar con el que porta un paraguas y lo escurre demasiado cerca de otro, o con el que,  en vez de protección lo cree obstáculo y por no usarlo se empapa, compartiendo el agua que trajo en su campera con sus ocasionales compañeros de viaje.
Ya sumidos en esa pequeña parte de la formación subterránea, la pintura impresionista aparece por doquier, como un cuadro salpicado por Cézanne o Monet. El agobiado, que evidencia un día de trabajo pesado. El feliz, cuyo rostro revela un inminente encuentro con un nuevo amor. La concentrada, que elabora una lista de apuntes que pedir para la facultad. La señora grande (de edad y de físico) que busca caras cómplices para que le cedan un asiento. Los amables que se lo ofrecen, o los que alardean, vociferando para que alguien más lo haga. Y no faltan los que aparentan estar dormidos para no tener que pararse, o los que ya no saben qué buscar en sus bolsos para lucir ignorantes de lo que sucede ante el ingreso de una embarazada.
Un barbado con mochila cruzada sobre el pecho se ajusta los lentes y murmura una canción de Led Zeppelin. Mientras, la bilingüe lee un libro de Borges en inglés, y la militante prepara una bandera con letras desteñidas apenas la formación llega a Congreso. Un oficinista -entre sueños- anticipa el duelo de fútbol cinco entre Recursos Humanos y Servicios Generales, y cabecea centros que no tira ningún puntero. La que lo sufre al lado, cada tanto lo acomoda con el codo para que no se le caiga encima. Y unos chicos que se trenzan por un chupetín, inadvertidos por la tía que los sacó a pasear por Lavalle, se mezclan con un vendedor ambulante y alguien que pide ayuda para un asilo. Hay uno, empilchado como para un simposio en el Sheraton, que queda descolocado entre corbatas aflojadas y sacos abiertos. Y una coqueta hace equilibrio para maquillarse en tres minutos.
Todos apretados, sentados o parados, sosteniéndose de algo, de alguien. O de nada, de nadie. Llevados de un lado a otro, están resignados a esa suerte hasta que la máquina se detenga y las puertas dejen otra vez paso a los apurados que intentan no pasarse de estación. Suena fuerte el silbato para alertar a los que todavía están medio adentro y medio afuera, que sigue el viaje, con renovada población.
Varios, muchos, y por momentos casi todos, sacan de entre sus pertenencias el celular y escriben o hablan, con los compañeros de trabajo que acaban de despedir o con el pariente al que visitarán en pocos minutos, para adelantarle que están por llegar. Cuando no, confiesan sus aventuras o lloran sus desengaños, sin importar quiénes o cuántos se transforman desde entonces en testigos involuntarios de sus historias. Historias grandes y pequeñas, que pueden proyectarse con las propias, iguales, similares o antagónicas.
Un cura se persigna al escuchar que los altavoces anuncian demoras, porque sospecha que no llegará a la extremaunción para la que fue convocado, mientras una chica joven, de pelo largo y remera ajustada, sonríe con lo que escucha en los auriculares, sin enterarse de que tomará el café con su amiga más tarde de lo pactado. Al del segundo asiento, en el sentido inverso del andar del subte, tanto movimiento le corrió el peluquín con el que disimulaba años sin pelo, y al que tiene enfrente se le cayeron sobre el pantalón las migas de un alfajor con el que intenta engañar al estómago hasta llegar a su casa.

De repente se produce el scrum, y como en una cancha de rugby, los hombros de un grandote torpe empujan hacia el otro lado a una pequeña troupe de pasajeros que se acomodó más rápido de lo esperado. Otros quedaron como bolos amontonados después de un strike. En el aire pesado, irrumpe una brisa caliente que parece recortar las siluetas de un par de amantes que estallan en un beso apasionado y sin intimidad, alejados de los prejuicios, y cercanos a las miradas. Esas mismas que se chocan cuando alguien cae en la cuenta de que son más de dos los que están leyéndole el diario sin importarles que las letras de los títulos estén al revés. Es que una vez más se aminora la velocidad, se estabiliza la luz, el chirrido enmudece por unos segundos y el cartel marca la última parada del recorrido, como el punto final de un cuento.