
Condenados desde la génesis de sus existencias, miserables por
destino y por vocación, nacieron para ser lo que son y creen que alguna vez
podrán dominar el mundo (algo que en no pocos casos parecieran haber logrado).
Son los villanos, hechos y no tan derechos de todos los comics. Son los malos de las películas.
Son los despechados de las telenovelas. Son aquellos que lo mejor que hacen son
planes destinados al fracaso.
Al margen del género o el reino al que pertenezcan, por más que
oculten su verdadero origen, por más disfraces o máscaras que usen, por más
camuflajes que les impriman a sus caracteres, se saben perdedores. Lo sufren, y
paradójicamente, se regodean con eso. Desde el comienzo conocen el final que
les espera, y pese a todo, insisten, con la tozudez que les da saberse -en
algún punto- poderosos.
Son conscientes de que por momentos poseen el control, dominan, y
hasta pueden hacerse valer con sus típicas amenazas. Pero tardan, siempre
tardan para dar el golpe final, para dispararle al muchachito bueno, para apretar
la soga al cuello del enemigo de turno, para clavar decididamente ese cuchillo
filoso. Y todo por hablar, por dudar en ese instante, por explicar sus penas,
por justificarse, por contar lo mal que la pasan, por imaginar cómo es el hueco
del infierno al que pretenden mandar a la princesa encantada o al superhéroe. ¿Será
que no advierten que acaso sea una réplica casi exacta del que les tienen reservado
los dioses a ellos mismos?
Viven en la oscuridad, y no es para menos: se esconden por
precaución y por ladinos, por buscar
complicidad en el mundo de las sombras, por tener una oportunidad para
sorprender. De tan malos, suelen enfrentarse entre ellos y desnudan allí sus
egoísmos, sus excentricidades, sus reptares. Se debilitan, empañan los
cristales de sus escondites con el más fétido aliento a venganza, y nunca avizoran
la salida.
Las luces, las marquesinas, las portadas, los relieves, no son
para estos seres despreciables. Sus espacios están reducidos a un triste segundo
plano, cuando no más lejos. De mirada corta, torva y sombría, juegan a la
defensiva con sus mejores trucos y emboscadas, pero se desintegran al menor
contacto con el largo brazo de la ley. Para ellos no hay victorias en el campo
de la guerra, y sólo tienen asegurada alguna batalla para dar más lustre a la
épica de los buenos.
Son grandes estrategas y sus mentes elucubran mil posibles
escenarios para conseguir el mejor triunfo, el poder absoluto sobre todo cuanto
existe y existirá. Pero dentro de sus trajes grotescos no piensan en la finitud
propia y pretenden comprar a cualquier precio esa inmortalidad. De todas
formas, ellos saben que esa opción sólo les está permitida a las fuerzas del
más allá que hacen inmunes a los agentes del Bien.
No hay Kaos sin Control, ni Cipol sin espías. A cada Guasón le
llega su Batman y a cada Luthtor un Superman. Imposible que las brujas les
ganen a las hadas. Policías y detectives harán denodados trabajos para dejar
otra vez al descubierto las maléficas tramas de estos tipos que, de tan enfrascados
en sus proyectos, se han vuelto incautos. Son partícipes necesarios y la justificación
primera de la existencia de toda Liga de la Justicia. Para qué buenos si no
existieran malos…
Y resulta extraño pensarlo, pero alguna vez hasta dejan caer de
sus ojos inyectados en sangre y rencor, alguna lágrima, amarga, penosa, y
siempre efímera. Atribulados, también pierden en el amor porque pocas veces les
es correspondido, algo que los lleva a tejer macabras telarañas para
recuperarlo. Inexorablemente lo ven partir de la mano de otras compañías y el
dolor los arroja a los escenarios dantescos que conocen perfectamente de tanto
ir y venir por sus anillos interminables.
En cierto modo, generan una mirada compasiva desde el trono vencedor
y en muchas ocasiones los cubre una suerte de perdón que pretende ser sanador.
Pero nada puede cambiarlos. Difícilmente salgan de las celdas con deseos
benévolos y renovados. Es casi imposible que vayan a tomar esa opción para
modificar sus esencias. No pueden, no quieren, no lo sienten. Eso contrasta con
el mandato demoníaco que los abraza en la noche de los tiempos. Se niegan a
mudarse de polo y llevan consigo a sus secuaces, a esos que no son otra cosa
que aprendices de malos.
Algo más torpes y desprejuiciados que sus mentores, estos
personajes de segunda categoría se hamacan en un ridículo del que nunca
volverán. Dispuestos a congraciarse con sus jefes, no tienen miedo a nada y se
juegan enteros demostrando una virtud que no muchos tienen al otro lado de la
muralla. Peor aún para sus impulsores, estos tarambanas son los primeros en
arrepentirse y en darse vuelta ante una encrucijada, con lo cual, al advertir
que fueron expuestos, no les queda otra opción que hacerles ver las estrellas
desde muy cerca. Papanatas por admiración, son presa fácil casi de costumbre,
porque tampoco se los pinta muy instruidos, y cuando lo son, pecan por querer
ir más lejos, superar al tutor, o quedarse con su botín. Mimetizados y laderos,
terminan por caminar hacia el mismo final de sus amos.
Un mercenario furibundo, un ladrón con pronóstico de celda, una
despiadada madrastra y un multipoderoso enmascarado, todos van a la hoguera, mucho
más cerca del calefón que de la Biblia. Sin embargo, por alguna ley de
compensación desconocida, logran resurgir de entre las cenizas y vuelven a
inventarse. Todo sea por sentir el amargo sabor de una segunda parte que una
vez más los venza, aunque nunca definitivamente.