Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

MALASANGRE


Condenados desde la génesis de sus existencias, miserables por destino y por vocación, nacieron para ser lo que son y creen que alguna vez podrán dominar el mundo (algo que en no pocos casos parecieran haber logrado).
Son los villanos, hechos y no tan derechos de todos los comics. Son los malos de las películas. Son los despechados de las telenovelas. Son aquellos que lo mejor que hacen son planes destinados al fracaso.
Al margen del género o el reino al que pertenezcan, por más que oculten su verdadero origen, por más disfraces o máscaras que usen, por más camuflajes que les impriman a sus caracteres, se saben perdedores. Lo sufren, y paradójicamente, se regodean con eso. Desde el comienzo conocen el final que les espera, y pese a todo, insisten, con la tozudez que les da saberse -en algún punto- poderosos.
Son conscientes de que por momentos poseen el control, dominan, y hasta pueden hacerse valer con sus típicas amenazas. Pero tardan, siempre tardan para dar el golpe final, para dispararle al muchachito bueno, para apretar la soga al cuello del enemigo de turno, para clavar decididamente ese cuchillo filoso. Y todo por hablar, por dudar en ese instante, por explicar sus penas, por justificarse, por contar lo mal que la pasan, por imaginar cómo es el hueco del infierno al que pretenden mandar a la princesa encantada o al superhéroe. ¿Será que no advierten que acaso sea una réplica casi exacta del que les tienen reservado los dioses a ellos mismos?
Viven en la oscuridad, y no es para menos: se esconden por precaución  y por ladinos, por buscar complicidad en el mundo de las sombras, por tener una oportunidad para sorprender. De tan malos, suelen enfrentarse entre ellos y desnudan allí sus egoísmos, sus excentricidades, sus reptares. Se debilitan, empañan los cristales de sus escondites con el más fétido aliento a venganza, y nunca avizoran la salida.
Las luces, las marquesinas, las portadas, los relieves, no son para estos seres despreciables. Sus espacios están reducidos a un triste segundo plano, cuando no más lejos. De mirada corta, torva y sombría, juegan a la defensiva con sus mejores trucos y emboscadas, pero se desintegran al menor contacto con el largo brazo de la ley. Para ellos no hay victorias en el campo de la guerra, y sólo tienen asegurada alguna batalla para dar más lustre a la épica de los buenos.
Son grandes estrategas y sus mentes elucubran mil posibles escenarios para conseguir el mejor triunfo, el poder absoluto sobre todo cuanto existe y existirá. Pero dentro de sus trajes grotescos no piensan en la finitud propia y pretenden comprar a cualquier precio esa inmortalidad. De todas formas, ellos saben que esa opción sólo les está permitida a las fuerzas del más allá que hacen inmunes a los agentes del Bien.
No hay Kaos sin Control, ni Cipol sin espías. A cada Guasón le llega su Batman y a cada Luthtor un Superman. Imposible que las brujas les ganen a las hadas. Policías y detectives harán denodados trabajos para dejar otra vez al descubierto las maléficas tramas de estos tipos que, de tan enfrascados en sus proyectos, se han vuelto incautos. Son partícipes necesarios y la justificación primera de la existencia de toda Liga de la Justicia. Para qué buenos si no existieran malos… 
Y resulta extraño pensarlo, pero alguna vez hasta dejan caer de sus ojos inyectados en sangre y rencor, alguna lágrima, amarga, penosa, y siempre efímera. Atribulados, también pierden en el amor porque pocas veces les es correspondido, algo que los lleva a tejer macabras telarañas para recuperarlo. Inexorablemente lo ven partir de la mano de otras compañías y el dolor los arroja a los escenarios dantescos que conocen perfectamente de tanto ir y venir por sus anillos interminables.
En cierto modo, generan una mirada compasiva desde el trono vencedor y en muchas ocasiones los cubre una suerte de perdón que pretende ser sanador. Pero nada puede cambiarlos. Difícilmente salgan de las celdas con deseos benévolos y renovados. Es casi imposible que vayan a tomar esa opción para modificar sus esencias. No pueden, no quieren, no lo sienten. Eso contrasta con el mandato demoníaco que los abraza en la noche de los tiempos. Se niegan a mudarse de polo y llevan consigo a sus secuaces, a esos que no son otra cosa que aprendices de malos.
Algo más torpes y desprejuiciados que sus mentores, estos personajes de segunda categoría se hamacan en un ridículo del que nunca volverán. Dispuestos a congraciarse con sus jefes, no tienen miedo a nada y se juegan enteros demostrando una virtud que no muchos tienen al otro lado de la muralla. Peor aún para sus impulsores, estos tarambanas son los primeros en arrepentirse y en darse vuelta ante una encrucijada, con lo cual, al advertir que fueron expuestos, no les queda otra opción que hacerles ver las estrellas desde muy cerca. Papanatas por admiración, son presa fácil casi de costumbre, porque tampoco se los pinta muy instruidos, y cuando lo son, pecan por querer ir más lejos, superar al tutor, o quedarse con su botín. Mimetizados y laderos, terminan por caminar hacia el mismo final de sus amos.

Un mercenario furibundo, un ladrón con pronóstico de celda, una despiadada madrastra y un multipoderoso enmascarado, todos van a la hoguera, mucho más cerca del calefón que de la Biblia. Sin embargo, por alguna ley de compensación desconocida, logran resurgir de entre las cenizas y vuelven a inventarse. Todo sea por sentir el amargo sabor de una segunda parte que una vez más los venza, aunque nunca definitivamente.