Es un momento único, que se disfruta aún antes de hacerlo. Uno
puede sentirlo. Merecería, inclusive, cierta ceremonia previa. Pero sucede que
muchas veces el apuro que llevo por alcanzarla, hace que todo eso quede de lado
y simplemente caiga en ella.
La siesta es de los pocos instantes a los que deliberadamente me
entrego. Prefiero el abandono del cuerpo a la rigurosidad del despertador. El
solo hecho de caminar hacia el dormitorio con la puerta apenas apoyada sobre el
marco despintado, provoca que todas las banalidades vengan a mí y me dominen.
Soy un prisionero, y lo acepto.
Me basta con mirar el tibio rayo de sol que al entrar por la
ventana semiabierta trasluce miles de partículas flotando en el aire. Pero en
el intento de contarlas, el cansancio me abraza y se convierte en sueños. En
ocasiones, los elijo. En otras, ellos me eligen para transformarme en todo lo
que, despierto, no soy, no hago, no tengo. Me convierten en galán irresistible,
fornido atleta, notable jugador de básquet, exitoso conductor de programas de radio
o televisión… Me visten de lugarteniente, terrateniente, o teniente (que salva de
una vez al colimba que cada tanto se repite en tormentosos recuerdos).
Pero las pesadillas quedan para las noches, excepto que algún
malestar más profundo me arruine ese lapso inconsciente. La media hora de rigor
que corta el día y repone alguna energía perdida en el ir y venir de la mañana,
se hace eterna cuando las piernas se estiran adivinando que por fin van a
reposar. Los dedos apretados se abren en abanico y respiran aliviados. Los
brazos escapan, buscando lo más mullido de la almohada para acomodarse sobre
ella. El pecho se hincha y procura una bocanada de aire, para dejarlo salir de
inmediato en una exhalación profunda, que desemboca en el cerrarse de los ojos,
como una persiana pesada, humedecida por las lluvias.
La última mueca estira la pereza y termina por enfilar los huesos
sobre el colchón, algo más blando y acunado en ese lugar que pareciera
elegir con exactitud todos los días. La claridad que se refleja pálidamente
sobre los vidrios, y un ropero de madera, marrón y desencolado en los extremos
superiores, son testigos obligados de cuanto movimiento producen mis músculos.
El silencio atraviesa en todos los sentidos el aire de la tarde hasta que una
licuadora se pone en marcha e inquieta mis oídos mientras prepara la mezcla
para los buñuelos de la merienda.
Una mirada (nublada aún) sobre el reloj a cuerda, oxidado en la
ruedita que lo pone en hora, machucado por el tiempo pero firme en su andar,
asegura que todavía faltan unos cuantos minutos para levantarse, y a esa altura
ese puñado de vida cotiza como un lingote de oro. Se apura el corazón sabiendo
que de a poco tendrá que latir más veloz, pero el esqueleto lo niega, se
enfurece, cruje, y simula ignorarlo intentando seguir inerte. Al final, la
mente domina, despabila, aturde, se embala y hasta entorpece los movimientos.
Hay partes que de tan dormidas se endurecieron, y sólo un leve hormigueo en la punta
de los dedos logra volverlas en sí.
El rayo tibio del sol se ha movido un poco y ya no entra por la
ventana semiabierta, las miles de partículas siguen flotando en el aire, pero ya
no se dejan ver. El ropero de madera mantiene su inmovilidad de testigo poco
comprometido con la causa, y el último ladrido de un perro callejero hace el
resto.
Es tiempo de volver a andar. Y de aflojar de entre las manos esa
blusa azul que la mujer que amo usó hace algunas horas impregnándole su
perfume, y que yo escondí cuidadosamente para que me acompañe también cuando
duermo.
