Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

ATARDECER

Es un momento único, que se disfruta aún antes de hacerlo. Uno puede sentirlo. Merecería, inclusive, cierta ceremonia previa. Pero sucede que muchas veces el apuro que llevo por alcanzarla, hace que todo eso quede de lado y simplemente caiga en ella.
La siesta es de los pocos instantes a los que deliberadamente me entrego. Prefiero el abandono del cuerpo a la rigurosidad del despertador. El solo hecho de caminar hacia el dormitorio con la puerta apenas apoyada sobre el marco despintado, provoca que todas las banalidades vengan a mí y me dominen. Soy un prisionero, y lo acepto.
Me basta con mirar el tibio rayo de sol que al entrar por la ventana semiabierta trasluce miles de partículas flotando en el aire. Pero en el intento de contarlas, el cansancio me abraza y se convierte en sueños. En ocasiones, los elijo. En otras, ellos me eligen para transformarme en todo lo que, despierto, no soy, no hago, no tengo. Me convierten en galán irresistible, fornido atleta, notable jugador de básquet, exitoso conductor de programas de radio o televisión… Me visten de lugarteniente, terrateniente, o teniente (que salva de una vez al colimba que cada tanto se repite en tormentosos recuerdos).
Pero las pesadillas quedan para las noches, excepto que algún malestar más profundo me arruine ese lapso inconsciente. La media hora de rigor que corta el día y repone alguna energía perdida en el ir y venir de la mañana, se hace eterna cuando las piernas se estiran adivinando que por fin van a reposar. Los dedos apretados se abren en abanico y respiran aliviados. Los brazos escapan, buscando lo más mullido de la almohada para acomodarse sobre ella. El pecho se hincha y procura una bocanada de aire, para dejarlo salir de inmediato en una exhalación profunda, que desemboca en el cerrarse de los ojos, como una persiana pesada, humedecida por las lluvias.
La última mueca estira la pereza y termina por enfilar los huesos sobre el colchón, algo más blando y acunado en ese lugar que pareciera elegir con exactitud todos los días. La claridad que se refleja pálidamente sobre los vidrios, y un ropero de madera, marrón y desencolado en los extremos superiores, son testigos obligados de cuanto movimiento producen mis músculos. El silencio atraviesa en todos los sentidos el aire de la tarde hasta que una licuadora se pone en marcha e inquieta mis oídos mientras prepara la mezcla para los buñuelos de la merienda.
Una mirada (nublada aún) sobre el reloj a cuerda, oxidado en la ruedita que lo pone en hora, machucado por el tiempo pero firme en su andar, asegura que todavía faltan unos cuantos minutos para levantarse, y a esa altura ese puñado de vida cotiza como un lingote de oro. Se apura el corazón sabiendo que de a poco tendrá que latir más veloz, pero el esqueleto lo niega, se enfurece, cruje, y simula ignorarlo intentando seguir inerte. Al final, la mente domina, despabila, aturde, se embala y hasta entorpece los movimientos. Hay partes que de tan dormidas se endurecieron, y sólo un leve hormigueo en la punta de los dedos logra volverlas en sí.
El rayo tibio del sol se ha movido un poco y ya no entra por la ventana semiabierta, las miles de partículas siguen flotando en el aire, pero ya no se dejan ver. El ropero de madera mantiene su inmovilidad de testigo poco comprometido con la causa, y el último ladrido de un perro callejero hace el resto.

Es tiempo de volver a andar. Y de aflojar de entre las manos esa blusa azul que la mujer que amo usó hace algunas horas impregnándole su perfume, y que yo escondí cuidadosamente para que me acompañe también cuando duermo.