
Una creencia urbana, recientemente revelada, indica que cierto
hombre había sido penado de por vida a pasar todos los santos días por los
mismos lugares que frecuentaba en su juventud con noviazgos perdidos, truncos,
rotos en mil pedazos o no correspondidos.
Nada haría justificar semejante ensañamiento del Destino, si no
fuera conocido el motivo de la condena. Una voz de oráculo escuchada en una
logia de varones, tan ilustres como pusilánimes, reunidos de tanto en tanto
para probar el vino que en público no bebían, sentenciaba:
“No arriesgar todo por un
amor, aceptar el hecho de perderlo y, siendo consciente de lo irreversible de
la situación, aquietar la rebeldía que exigen tales circunstancias, debe
castigarse”.
Puesto en autos de esta constante que debería afrontar (sólo en
sueños y sin recordarlo) el sujeto se vio obligado a pisar frecuentemente esas mismas
veredas por las que paseó de la mano con un temprano amor, a bajarse del
colectivo a un par de metros de ese bar en el que tomó varios cafés con otra
acompañante, o a pasar con extraordinaria frecuencia por la puerta de un
gimnasio al que solía ir a buscar alguna dama; lo mismo que con ese balcón sin
flores que le recordaba el departamento donde vivió otro amor, o mirar esa
plaza desierta, oscura, que aún guardaba besos inconfesables, prodigados con
alguna mujer más.
Fue así como ese hombre, escapando de un destino se incrustaba en
otro a cada momento, recordando permanentemente situaciones, diálogos, fragancias,
sensaciones, mínimas banalidades o grandes promesas, casi siempre sin saber por
qué. Sólo que, con el paso del tiempo, todas se teñían de un sabor amargo que
acaso formara parte de la condena. Fue convirtiéndose en un hombre torturado por
la culpa, por deseos imposibles de cumplir, por búsquedas erráticas. Entendía
como simple capricho de la vida tener que recapitular cada día esos pasados. De
vez en vez solía creer que las reiteraciones le traerían la esperada sanación,
pero lejos estaba de cumplirse su lábil esperanza.
Las horas no hacían más que apresurarse para situarlo nuevamente
ante sus fantasmas. La constante de ese ser pasaba por preguntarse cómo hubiera
evolucionado si tal o cual circunstancia hubiese tenido una conclusión distinta.
Y como en esos cuentos de “elige tu propia aventura” avanzaba hilvanando
suposiciones, mientras seguía recorriendo a repetición aquellos lugares que le
resultaban tan propios como conocidos. En muy rara ocasión solía encontrar
finales felices y el único recurso del que disponía para evadirse, era pensar
-como muchos- que por algún motivo había sucedido así, con una mezcla de dosis
igualmente reprochables, de resignación y de optimismo.
Su caminar no lograba disimular las mil fatigas que acarreaba, por
más veloz que quisiera andar, y este suceso inconsciente lo lanzaba a intentar sin
éxito alejarse de sus ingratos recuerdos. Era portador de una figura atildada y
respetable, y por lo general llevaba gafas de sol; lucía entrecano desde
temprana edad y su débil musculatura denunciaba una vida sedentaria y ociosa. De
rebuscado, ocultaba su desprecio por el humo de los autos que esquivaba cruzando
las calles en zigzag y a mitad de cuadra, y se jactaba de tomar decisiones
cruciales, aunque nada estuviera más lejos de eso.
Nunca supo qué hacer para evitarse las espectrales apariciones que
tenía en la mesa de una confitería donde se había dado un primer beso de amor, ese
beso que todas las madrugadas observaba desde la vereda. Tampoco supo cómo
eludir la parada del ómnibus que lo dejaba a una cuadra y media de un juvenil
enamoramiento. Nadie lo advertía, pero él reconocía sus penurias. Tenía por
seguros los sinsabores que ese recorrido de flashbacks
le provocaba en cada ocasión.
Y en eso de encontrarle una solución andaba, cuando el Destino
-como hace a menudo- decidió tomarse vacaciones de un sitio para imponerse en
otro. Sabido es que no deja un ápice librado a su eterno enemigo, el Azar. Por
lo tanto, ordenó una serie de acciones que le asegurarían que su víctima
siguiera cumpliendo el derrotero de angustias, pero de forma tan moderada que
nada lo impulsara a buscar por otros rumbos un nuevo sendero. Y lo ubicó
entonces en los mismos escenarios con retoques cosméticos para disimular su
ausencia.
Así, por ejemplo, hizo que
alcanzara casi siempre el colectivo que corría, con los minutos contados para llegar
al trabajo; lo dotó de una mirada más contemplativa para sus remembranzas, y le
apaciguó el dolor en el pecho cada vez que tomaba un cortado. El hombre,
acostumbrado a su condena, apenas pudo percibir esas deferencias y continuó inmutable.
Ni siquiera la intromisión, veloz y breve como un rayo cegador, de acertar la
lotería lo alejó de su resignación. Y eso lo advirtió el Destino al volver de
su periplo con las valijas llenas de nuevas imposiciones. Lo vio tan apesadumbrado
y acostumbrado que lo dejó, y ya no volvió a colocarle fichas anilladas, como se
hace con un viejo libro de historia fotocopiado. Inclusive, envió a su oráculo para
que alertara a los desahuciados de aquel arrabal que ya no encontraba disfrute
en aquella sanción y abandonaba al hombre.
Lo extraño es que no hubo
modificaciones ostensibles en esa vida hecha carga de burro, y ya nunca pudo evitar
la reiteración cada día de los pasos convertidos en rito, por lo que -se
supone- permaneció en ese estado durante décadas. El Azar -dicen, sin
confirmación fehaciente- le hizo conocer nuevas amistades, lo cambió varias
veces de trabajo, le dio la oportunidad de emprender los proyectos que había
archivado, le hizo ver películas de amor y de acción, lo condujo a escuchar
recitales de música que no conocía, y hasta puso en sus manos libros que harían
reflexionar a un adoquín.
Siempre
vestidos de casualidad, estos acontecimientos tampoco hicieron mella en el
hombre condenado, que de tanto aceptar sin cuestionar, sin enfrentar, terminó
con sus reflejos anestesiados, incapaz de liberarse de sus frustraciones.