Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

DE COMPRAS INELUDIBLES Y HARTAZGOS REITERADOS.

Es llegar y pensar en él. No importa cuán larga sea la lista de necesidades a cubrir. Ni siquiera se sabe si podrán satisfacerse, pero la búsqueda es inmediata. Papel en mano y mirada anticipatoria en la puerta que se abre y se cierra justo delante de uno, el ingreso a un supermercado pareciera no ser tal si no se fuera empujando un carrito. Y es literal el empujar porque rara vez se los puede hacer rodar. Sus ruedas empastadas o rotas, no cumplen la función que tienen y llevar ese armatoste de acero o aluminio se torna un ejercicio de fuerza. Sobre todo porque el que conduce apunta para un lado y el changuito se va para otro, como si algún imán lo atrajera hacia una góndola distinta de la elegida por el comprador. De todos modos, el supuesto rodado pronto se convertirá en varias cosas más que un simple carro y servirá para amontonar camperas, bufandas y carteras, o bien para que algún niño -contraviniendo las recomendaciones de rigor- viaje allí dentro y descanse sus piernas, o no meta mano en cada estante por el que pase con el riesgo que ello implica y pudiera derivar en el pago de elementos que no se llevan. También será propicio para que los pies cansados de tanto dar vueltas se apoyen sobre su base o para que, reclinado sobre sus brazos, más de uno amortigüe la espera en una esquina cualquiera del súper o en la fila de las cajas registradoras. Para no pocos de sus usuarios el carrito también es punta de lanza y sirve para llegar primero a alguna oferta o para desplazar a algún entrometido en la espera de una última bandeja de pescados que duerme sola en el freezer, a precio rebajado. Obvio que los inconvenientes en el desplazamiento por los desniveles de piso que supone pasar de un rubro a otro no es lo único de engorroso a la hora de recorrer el híper. Además debe contarse con los habituales cambios de ubicación que -por marketing o promociones- suelen sufrir los artículos. Entonces, el paquete de fideos que hasta hace poco estaba en la tercera fila, estante del medio, del exhibidor dos, luego puede encontrarse en la sexta, y bien abajo. Difícil, por no decir imposible, es comprar o ver todo de una sola recorrida. Por lo general hacen falta varias idas y vueltas para completar a gusto el espinel que va desde Limpieza hasta Vinos. Y más aún para irse conforme con lo que se coloca en el pequeño rodado, porque seguro que varios productos se descartan por precios, por desacuerdos entre los integrantes de un matrimonio que compran de a dos pero pagan de a uno, por no ser los preferidos, por importar demasiado peso para llevar, o porque sí. La tentación está a la vuelta de cada punta de góndola, aunque allí no haya gondoliere que cante o reme. Y en todo caso habrá que hacer un nunca reconocido esfuerzo por no llevarse eso que no es vital ni necesario, pero es tan rico o tiene tan buena prensa, que amerita la mirada deseosa. Inclusive porque nadie explica cuál es la relación que provoca que cuánto más grande sean los números menor sea ser el precio. Las promotoras -porque pareciera imposible que ese rol lo cumplan los hombres- insisten en demostrar las bondades que tiene un nuevo caldo Light o por qué ese shampoo es mejor que todos los otros ante la mirada interesada de una dama y el ojo libidinoso de un caballero, justo en lo que pensó el publicista de esa y todas las marcas. ¿O se ha visto alguna vez a un mecánico explicar porqué esa herramienta es mejor que otra para llevar en el auto? ¿0 a un pintor dar indicaciones sobre un nuevo pincel que distribuye la pintura en forma más homogénea que otros? El espacio del varón es el de repositor, inclusive en muchos casos en el área de Perfumería. Es que más que saber hace falta ver, ubicar y levantar cajas, frascos, botellas y envases, lo mismo de colonias y enjuagues que postres, sopas y aceitunas. Pasar por los sectores de frío implica un arte no siempre bien valorado, toda vez que los descuidos podrían derivar en manchas o contaminaciones. Los compradores cuidadosos se proveen de bolsas de residuos para guardar las bandejitas de carne que llevan, no vaya a ser cosa que los jugos rojos se escapen y dejen su marca en la escobilla de baño o el paquete de harina que se acaban de llevar. Es de esperar que también embolsen los detergentes y las lavandinas para no regar con esos líquidos la polenta o una caja de tomates. Pero tan importante como estos cuidados es llevar los productos de modo tal que ninguno deje su estela indeleble en una remera o un zapato y muchísimo menos signifique hacer un caminito de Hansel y Gretel con gotas de un sachet de leche que se pinchó al apoyarlo sobre un borde metálico del changuito. Señal de los tiempos que se viven seguramente, es dable destacar que casi todos van apurados, o al menos eso parece cuando se arriman a la fila que hay que hacer para pagar. Odiosa espera que adelanta y corrobora en más de una ocasión cuánto habrá que desembolsar por ese paseo de compras. La impaciencia reina en cada sucesión de personas ubicadas entre las estanterías y el reloj es consultado en reiteradas veces para saber cuánto está demorando la cajera para pasar una tarjeta de débito que quizá no tenga los fondos suficientes. Una mirada a la cola de al lado revelará cuán equivocado se estuvo al elegir ésta en vez de aquella otra, que por supuesto va más rápido. Es de esperarse que en un día de poca suerte además se caiga el sistema, con lo cual se encenderá una lucecita en la cabecera de la caja para alarmar a vaya a saberse qué gerente sobre el fatídico suceso que frena e irrita aún más a quienes ya perciben que el ratito que destinaron para adelantar otras tareas se convertirá en una larga demora. No bastará mirar hacia delante ni hacia atrás para consultar con los otras víctimas si esa espera desespera, además habrá que correrse cuando otro quiera tomar de esa estantería, sobre la que se ha recostado, algún artículo y también contenerse para no llevar esa golosina que a menos de 30 centímetros de la cinta corrediza llama insistentemente desde sus tonalidades chocolate pero que para nada forma parte de las necesidades básicas por las que se fue hasta allí. En ese punto todos son personajes. El impaciente que por celular avisa a su casa que habrá que cambiar el menú de la noche. La que ya no puede mantener quieto a su pequeño, y la que se hizo la distraída para ir a una caja rápida con más productos que los que corresponden, pidiendo que le hagan dos tickets para dividir y disimular. Un señor incontenible de furia, que pide por la apertura de nuevas líneas y otro de más atrás que espera a que ese termine por cansarse, se vaya y él pueda ganar un lugar. Llegar implica cierto desahogo y sólo será necesario sacar las cosas compradas del carro, que un joven las pase por el escáner, pagar e irse. Pero no es tan sencillo. Más de uno respeta religiosamente el orden inverso en el que adquirió los elementos y hasta los separa para resguardarse de indeseables sorpresas. Y otros tantos, acomodan una y otra vez lo que ya han ubicado estratégicamente y miran fijo a la registradora para saber si le cobran lo mismo que vieron en los papelitos que tienen en cada sector. Más aún, todos deberán apurarse a vaciar el chango para ir del otro lado a volver a guardar todo en bolsas de dudosa estabilidad si es que no le llevan el pedido a domicilio, por unos cuantos pesos más. El ruido, que se mantiene constante a lo largo del recorrido por el laberíntico salón, se funde con una suerte de música funcional que cada tanto recuerda las últimas ofertas y todas las promociones bancarias, ésas que de seguro ya se acabaron cuando se va a buscarlas o perdieron vigencia justo el día en que se pretende aplicar. Salir, con una bolsita de papas fritas para ir comiendo en la vuelta al ansiado anclaje hogareño hace que el regreso sea menos tedioso, pero igual de estresante. Claro que antes habrá que dejar el carrito, estacionado y encastrado con los otros para que lo sigan usando… si se puede.