Espacio de lectura
Por Marcelo Canda.

VACACIONES 3.0


Era irremediable. El sonido que emitía la cámara automática de fotos indicaba el final del rollo y empezaba a rebobinarse. Ocurría casi siempre en la estación de micros para la vuelta de las vacaciones, convirtiendo a la última foto en sinónimo del fin de esos días de descanso. Hoy no hay rollos que llevar al laboratorio recién llegados a casa, para esperar -y a veces, desesperar- por ver nuestras caras en la puerta de la fábrica de alfajores. La digital nos permite sacar hasta lo indecible y ver el resultado a los pocos segundos. Ese sinfín se extiende al resto del año, porque difícilmente hagamos copias en papel, y para volver a sentir la arena caliente tendremos que encender la compu o ir a la galería de imágenes del celu. Ya no hay valijas con fotos dobladas que sacar después del almuerzo del domingo para compartir anécdotas con la familia. Somos partícipes necesarios de las vacaciones “3.0” que poco se parecen a las de hace “30” años.
El micro frontal con el que salíamos de Retiro se transformó en un doble piso monstruoso de dudosa estabilidad. La sombrillita de tela con flores pasó a ser un paraguas de 2 metros de diámetro importado de China, con varillas que se doblan en la primera brisa… eso sí, aluminizado.
Llegar al hotel del sindicato es otra historia. No hay que registrarse en la recepción. Se hace el check in en el lobby, y en vez de un llaverito cuadrado de madera con el número de habitación, te dan una tarjeta magnética. Antes, la gente bajaba para sentarse en los pocos sillones que había delante del televisor a ver la repetición de algunos programas con una semana de atraso, o el noticiero local. Ahora, va con sus hijos y ellos con sus notebook, netbook, ipad, ipod o lo que venga, aprovechan las bondades del wi-fi que ofrece el hostel.
Salir más temprano a la noche para hacer fila en la Unión Telefónica es una imagen del pasado, los celulares barrieron con esa tradición y también con los públicos que alguna vez se vieron en la peatonal. Se habla y se mensajea todo el día, y desde cualquier lugar. Obvio, se aprovecha el modem móvil. Difícil ver a alguien tumbado en la carpa con una radio y la antena levantada para sintonizar algo. Ganan los mp3 con auriculares in-heard, o las consolitas mp4, mp5, mp6 y la mar en coche.
Tristeza nao tem fin al comprobar que el viejo “cabeza dos contra dos” cedió su trono playero al futbol-tenis, que es más cool. Los bares son confiterías y tienen, mínimo, un LCD o LED. De los quiosquitos volaron las postales, porque ya no es necesario buscar estampillas en el correo para enviar unas líneas a los parientes que se quedaron. Internet gana la partida, hay MSN en los cíber y Facebook te muestra al instante lo que hiciste, lo que hacés, y hasta lo que vas a hacer, y si no, se manda un tweet, se whatsappea a full, o con una selfie en Instagram se soluciona todo.
Ir a los fichines está medio out, proliferan los sucuchos con un par de Play o la Wii para no perder la costumbre que se trae de la capital. Nadie lee los títulos de las noticias en la vidriera del diario, para eso están el blackberry o la tablet. Con suerte llevábamos un bronceador, pero ahora la batería de tubitos con protección solar abarca todos los factores, y hasta el gel con aloe vera para después del sol, no paramos.
El dúo de titiriteros se tecnologizó y el teatrito que arman tiene una pantalla que reproduce los horarios de presentación y hasta adelanta algunos fragmentos de la obra. El mate y las facturas no son top. Hay choclos, ensaladas y jugos de frutas, pizza en cono y pochoclo (ni siquiera pororó) que vienen traídos por un carrito con motor, garrafas y heladeras.
Aquellos endebles barrenadores de telgopor que no bancaban más allá de un verano, ahora son re-fashion y por muy poco no vienen con la música de los Beach Boys incluida. Ir a mirar cómo se envuelven los conitos de dulce de leche bañados en chocolate, es sólo un recuerdo. Hay que estar conectados y la webcam se ocupará de mostrar en el chat la mesa que se elige para cenar y cuántos esperan por ella.
Si antes se hacían listas para no olvidar las paletas y el libro de crucigramas que nos había regalado Papá Noel en Navidad, ahora hay que tener cuidado de no dejar los chips, los cargadores, los adaptadores y las pilas recargables. Ya casi no queda espacio para el mazo de cartas o los dados. No compraremos una batería para el radiograbador porque el coche tiene stereo digital, pero hay que llevar los cd, los dvd, y hasta el reproductor para ver películas en alguna tarde lluviosa. Y un par de pendrives, con info de archivos indispensables, que servirán para descargar las memorias que van llenándose.
Se paga on line con tarjetas y los billetes grandes ya no se doblan para esconder en las medias. Y no importa a la hora que uno vuelva, al final del día hay que subir todo a la web. El video con el “hombre empanada” de la peatonal no puede esperar… Y no sigo porque tengo que editar la foto en jpeg que me saqué con “la Beldi” (la profe de inglés de la secundaria) con la que me encontré mientras desayunaba las mismas tostadas con mermelada que hace 30 años, mientras repasaba las tres columnas de conjugación de los verbos. Quedamos que se la pasaba por mail.