Era irremediable. El sonido que emitía la cámara automática de
fotos indicaba el final del rollo y empezaba a rebobinarse. Ocurría casi
siempre en la estación de micros para la vuelta de las vacaciones, convirtiendo
a la última foto en sinónimo del fin de esos días de descanso. Hoy no hay
rollos que llevar al laboratorio recién llegados a casa, para esperar -y a
veces, desesperar- por ver nuestras caras en la puerta de la fábrica de
alfajores. La digital nos permite sacar hasta lo indecible y ver el resultado a
los pocos segundos. Ese sinfín se extiende al resto del año, porque
difícilmente hagamos copias en papel, y para volver a sentir la arena caliente tendremos
que encender la compu o ir a la
galería de imágenes del celu. Ya no
hay valijas con fotos dobladas que sacar después del almuerzo del domingo para
compartir anécdotas con la familia. Somos partícipes necesarios de las
vacaciones “3.0” que poco se parecen
a las de hace “30” años.
El micro frontal con el que salíamos de Retiro se transformó en un
doble piso monstruoso de dudosa estabilidad. La sombrillita de tela con flores
pasó a ser un paraguas de 2 metros de diámetro importado de China, con varillas
que se doblan en la primera brisa… eso sí, aluminizado.
Llegar al hotel del sindicato es otra historia. No hay que
registrarse en la recepción. Se hace el check
in en el lobby, y en vez de un
llaverito cuadrado de madera con el número de habitación, te dan una tarjeta
magnética. Antes, la gente bajaba para sentarse en los pocos sillones que había
delante del televisor a ver la repetición de algunos programas con una semana
de atraso, o el noticiero local. Ahora, va con sus hijos y ellos con sus notebook, netbook, ipad, ipod o lo que
venga, aprovechan las bondades del wi-fi
que ofrece el hostel.
Salir más temprano a la noche para hacer fila en la Unión
Telefónica es una imagen del pasado, los celulares barrieron con esa tradición
y también con los públicos que alguna vez se vieron en la peatonal. Se habla y
se mensajea todo el día, y desde cualquier
lugar. Obvio, se aprovecha el modem móvil. Difícil ver a alguien tumbado en
la carpa con una radio y la antena levantada para sintonizar algo. Ganan los mp3 con auriculares in-heard, o las consolitas mp4,
mp5, mp6 y la mar en coche.
Tristeza nao tem fin al
comprobar que el viejo “cabeza dos contra dos” cedió su trono playero al
futbol-tenis, que es más cool. Los
bares son confiterías y tienen, mínimo, un LCD
o LED. De los quiosquitos volaron las postales, porque ya no es necesario
buscar estampillas en el correo para enviar unas líneas a los parientes que se
quedaron. Internet gana la partida, hay MSN
en los cíber y Facebook te muestra al instante lo que hiciste, lo que hacés, y
hasta lo que vas a hacer, y si no, se manda un tweet, se whatsappea a full, o
con una selfie en Instagram se soluciona todo.
Ir a los fichines está medio out,
proliferan los sucuchos con un par de Play
o la Wii para no perder la costumbre
que se trae de la capital. Nadie lee los títulos de las noticias en la vidriera
del diario, para eso están el blackberry o la tablet. Con suerte llevábamos un bronceador, pero ahora la batería
de tubitos con protección solar abarca todos los factores, y hasta el gel con
aloe vera para después del sol, no paramos.
El dúo de titiriteros se tecnologizó
y el teatrito que arman tiene una pantalla que reproduce los horarios de
presentación y hasta adelanta algunos fragmentos de la obra. El mate y las
facturas no son top. Hay choclos,
ensaladas y jugos de frutas, pizza en cono y pochoclo (ni siquiera pororó) que
vienen traídos por un carrito con motor, garrafas y heladeras.
Aquellos endebles barrenadores de telgopor que no bancaban más allá
de un verano, ahora son re-fashion y
por muy poco no vienen con la música de los Beach Boys incluida. Ir a mirar
cómo se envuelven los conitos de dulce de leche bañados en chocolate, es sólo
un recuerdo. Hay que estar conectados y la webcam
se ocupará de mostrar en el chat la
mesa que se elige para cenar y cuántos esperan por ella.
Si antes se hacían listas para no olvidar las paletas y el libro
de crucigramas que nos había regalado Papá Noel en Navidad, ahora hay que tener
cuidado de no dejar los chips, los cargadores, los adaptadores y las pilas
recargables. Ya casi no queda espacio para el mazo de cartas o los dados.
No compraremos una batería para el radiograbador porque el coche tiene stereo digital, pero hay que llevar los cd, los dvd, y hasta el reproductor para ver películas en alguna tarde
lluviosa. Y un par de pendrives, con info de archivos indispensables, que
servirán para descargar las memorias
que van llenándose.
Se paga on line con
tarjetas y los billetes grandes ya no se doblan para esconder en las medias. Y
no importa a la hora que uno vuelva, al final del día hay que subir todo a la web. El video con el “hombre empanada” de la peatonal no puede
esperar… Y no sigo porque tengo que editar la foto en jpeg que me saqué con “la Beldi” (la profe de inglés de la
secundaria) con la que me encontré mientras desayunaba las mismas tostadas con
mermelada que hace 30 años, mientras repasaba las tres columnas de conjugación
de los verbos. Quedamos que se la pasaba por mail.
